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SAN PEDRO: EL CAMINO DEL SHAMAN




Contuve las nauseas y las ganas de vomitar cuando el shamán acercó el vaso a mis labios. Una sustancia viscosa, de color verde, desbordaba el recipiente, prolongando varias lenguas de babas hasta el suelo. Su apariencia era la de mocos. Apoyando la mano izquierda en la muñeca derecha, comprobé que mi ritmo cardíaco había subido a 100 pulsaciones por minuto, y mi respiración estaba muy agitada.


Intenté tranquilizarme al aceptar el vaso rebosante de aquella sustancia de aspecto repugnante, para llevármelo a la boca. Llené los pulmones, cerré los ojos, y empecé a tragar. Aquellos mocos verdes eran mucho más densos de lo que aparentaban, y más que bebidos debían ser masticados. Como si de puñados de algas se tratase, tenía que cortar con los dientes cada bocado para poder ingerirlo. Y con cada uno tenía que tragarme las arcadas para no vomitar.

Poco después de la segunda toma de aquella sustancia que me ofrecía el shamán, mi mente empezó a expandirse. El tiempo se dilataba. El espacio se contraía. Y de pronto me hice consciente de que era “invisible” y podía “volar”. El San Pedro, un cactus utilizado por los shamanes andinos desde hace miles de años, me había abierto las puertas de la percepción, proyectándome en un increíble viaje al fondo de la mente…

San Pedro, el guardián del cielo

El San Pedro, ha sido utilizado por brujos, hechiceros, médicos tradicionales y shamanes, desde los albores de la historia. Nadie sabe precisar cuando, y lo que es más importante, como, los antiguos sacerdotes de las culturas precolombinas, descubrieron que en la composición química de hongos, cactus o lianas, se encerraban sustancias químicas que, convenientemente preparadas, podían alterar la percepción de la mente humana.


De hecho existen imágenes de estas plantas de poder reflejadas en bajorrelieves como los del templo de Chavin de Huantar, donde se representa al shamán, vestido con la piel de un felino, que lleva en sus manos el citado cactus.

Ningún estudioso duda ya de la trascendencia que los antiguos incas conferían al cactus San Pedro, así como a los animales sagrados y a los seres mitologicos ya en los lejanos periodos del llamado "Horizonte Temprano" (1000-400 a.C.) y del "Intermedio Temprano" (400 a.C.-540 d.C.). 

Según estudiosos como Larco Hoyle, una serie de cerámicas de la Cultura Lambayeque y Mochica dejan claro que los mochicas estaban fuertemente familiarizados con el uso "medicinal" del San Pedro. Este cactus era cultivado cerca y en las inmediaciones de las viviendas con el fin de que su proximidad a ellas fuera propicio para que el espíritu de la planta protegiera a los moradores. Y cuando llegaba el momento de la recolección, esta se celebraba preferentemente en plenilunio y de noche. Entonces se efectuaba un misterioso ritual acompañado de rezos y cánticos destinados a solicitar al poder que residía en la planta que asistiera y favoreciera al curandero o shaman para poder darle una "vision" o para poder sanar la enfermedad. Este ritual era muy misterioso y sólo podían asistir a el los iniciados, ya que -según ellos- su consumo podía suponer un peligro para los profanos. Bien utilizado, no obstante, el San Pedro podía abrirles las puertas del cielo… de ahí su nombre.

Todas esas “plantas de poder” contienen elementos enteógenos (palabra que significa “experiencia interna de Dios”, y el cactus denominado San Pedro es en realidad la especie conocida como Trichocereus Pachanoi. Otra variedad importante es el Trichocereus Peruvianus, que parece tener más contenido en mescalina que el Pachanoi. Ambas son utilizadas en Perú, Ecuador, Bolivia o México como instrumento para acceder a otros planos de la conciencia. Su nombre, “San Pedro” hace referencia a las propiedades enteogénicas del cactus, pues lleva el nombre del santo cristiano que precisamente guarda las puertas del Cielo. En centroamérica el San Pedro recibe también los nombres de “aguacolla” o “gigantón”.

Carlos Iruri Palomino es shamán. Lleva más de 30 años trabajando con el San Pedro, y es uno de los sacerdotes incas que peregrina periódicamente hasta Machu Pichu para realizar sus rituales.

Machu Pichu, además de un centro turístico y un emplazamiento arqueológico de enorme importancia internacional, continua siendo el centro ceremonial, el templo shamánico que siempre fue. Allí concerté mi participación en el ritual de ingesta del San Pedrito que Carlos Iruri realizaría unos días después, en las entrañas del Valle Sagrado.


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