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LAS RUEDAS DE PIEDRA DEL LAGO UUREG EN MONGOLIA


No intento dramatizar el momento al decir que ya nos disponíamos a regresar a los coches para continuar viaje, pero es que ocurrió así. Entrábamos ya en los coches para dejar atrás el lago Uureg, y entonces lo vi.

Era sólo un amontonamiento de piedras, una especie de túmulo en medio de la nada. Quizá lo lógico hubiese sido que no le diese mayor importancia, pero la intuición es obstinada, y a mí nunca me ha fallado. Así que me descolgué del grupo para ir a echar un vistazo ante el desconcierto de mis compañeros. Si hay un amontonamiento de piedras en medio del valle, pensé en un alarde de ingenio deductivo, es que alguien las ha amontonado...



Elemental. Aquel amontonamiento de piedras se encontraba más lejos de lo que yo pensaba, a unos cien metros de los coches; lo cual significaba que también era de mayor tamaño. Cuando lo alcancé, me subí a lo alto, y sólo en ese momento me di cuenta de dónde estaba. Me encontraba en el centro de una gigantesca rueda, una especie de enorme «sol» rodeado de siete «rayos», demasiado grande como para poder apreciarla con claridad a nivel del suelo. Creo que me puse a gritar como un loco pidiendo que alguien me acercase mi equipo. Tenía claro que nadie se iba a mover de allí hasta que yo terminase todas las mediciones que considerase pertinentes. O sea, varias horas. Cuando descubrí aquel «sol» o «rueda» del lago Uureg todavía no conocía las lineas de Nazca, en Perú, más que por los libros.

Sin embargo, en seguida me vinieron a la mente. Aquella gran «rueda» se había construido a base de piedras amontonadas en el surco, dibujando una especie de sol o estrella de siete rayos. El túmulo, círculo o «plaza» central medía cinco metros de diámetro y estaba rodeado por un perímetro exterior o «murallita» de cuatro metros de grosor y casi uno de alto. De ahí partían los siete radios, de veinte metros de longitud cada uno; lo cual nos da un diámetro de unos cincuenta y tres metros en la figura del «sol». Pero es que alrededor de la misma, exactamente a catorce metros del borde exterior, pude contar hasta veintinueve pequeños círculos de piedras de un metro de diámetro cada uno, que terminaban en un pequeño menhir. Exactamente a setenta metros de distancia al norte de esa formación de pequeños monolitos se encontraban el Vigilante y sus compañeros decapitados.

Los círculos pequeños, de un metro, que parecen satélites en torno al «sol» central, formaban un semicírculo alrededor de la figura principal, pero sin llegar a rodearla totalmente. Y justo de la parte que no está rodeada por los «satélites», es decir, en el extremo sur de la «estrella», parte una nueva formación de piedras. A veinte metros del perímetro exterior de la «estrella», decir, la distancia de uno de sus rayos, encontramos una especie de túmulo del que sale un perfecto alineamiento de más piedras, que se extiende en línea recta, a lo largo de setenta y seis metros de longitud, compuesto por pequeños monolitos. Debo apuntar que dicho alineamiento no es perpendicular al eje central de la «estrella», sino que tiene una deriva a sudeste de unos veinte grados más o menos. En otras palabras, todo el complejo que forma esa enorme figura mide, si mis mediciones son conectas, cerca de ciento cincuenta metros (setenta más si incluyésemos las tumbas y esculturas del Vigilante en el mismo) Pero lo mejor aún estaba por llegar.

Supongo que cualquier lector aficionado a la arqueología, o más aún, a la astroarqueología, podrá comprender mi entusiasmo ante el descubrimiento. Nunca había leído nada sobre algo parecido en Mongolia, ni lo he leído después. Tampoco me atrevo a considerarme autor de ningún descubrimiento arqueológico relevante, pero, como viajero, dejo constancia de lo que he visto en mis viajes. No obstante, sí puedo confesar que, por unos instantes, y sin hacer ningún tipo de comparación que sería absurda, pude comprender el gozo, la alegría y la excitación de Howard Carter, Hiram Bingham o Heinrich Schliemann. La emoción que produce creer, sea cierto o no, que has hecho un descubrimiento importante, que puede ayudar a comprender mejor nuestro pasado, es indescriptible.



Presumo de tener un buen equipo fotográfico, pero aquella formación era demasiado grande como para tomar una foto completa de la misma, ni siquiera con el objetivo angular de veinticuatro milímetros. Además, y como ocurre con las lineas de Nazca, era demasiado grande como para que su forma pudiese ser apreciada desde el nivel del suelo. ¡Cuánto lamenté en ese momento no tener a mano un globo aerostático (¿vimana?) para poder tomar unas fotos aéreas del complejo! Así que lo único que se me ocurrió fue buscar una zona más alta en el terreno para intentar tener un ángulo suficiente y poder fotografiar la forma completa de las figuras. Por desgracia estábamos en el centro del valle y hubo que recorrer mucha distancia con los coches, y después trepar a lo alto de una insignificante loma, para tener una visión más elevada de la zona. La figura quedaba muy lejos, sólo apreciable con los prismáticos. Y sin duda era una estrella de siete rayos.

Lo increíble, lo fantástico, lo extraordinario, es que desde allá arriba pude localizar hasta otras seis figuras de gigantescos soles similares a lo largo del enorme valle del lago Uureg. Creo que si Erich von Dániken se hubiese encontrado en mi piel en ese momento, le habría dado un infarto. ¿Qué significan aquellos dibujos en medio de valle Uureg? ¿Cuál fue el objeto de su construcción? ¿Qué simbolizan? ¿Realmente están hechos para ser vistos desde el aire, o su explicación es más terrestre?

Hoy tengo una teoría al respecto, pero antes de llegar a ella decidí que sería mucho más prudente consultar a los arqueólogos, así que puse las «estrellas» del lago Uureg en el primer puesto de mi lista de misterios pendientes, y salí en dirección a la ciudad más cercana con la intención de consultar al director del museo arqueológico local. Pero el día todavía me reservaba más sorpresas.

A sólo diez kilómetros del valle de las «estrellas» nos encontramos, de pronto, con una expedición arqueológica norteamericana en plena excavación. La Providencia no podía ser más generosa. Buscaba arqueólogos que me asesorasen sobre el descubrimiento, y me los encontraba a un tiro de piedra. La excavación estaba liderada por la doctora Jeannine Davis-Kimball, directora ejecutiva del Center for the Study of Eurasian Nomads, de Berkeley, quien llevaba ya un mes trabajando en la tumba de una reina mongola con absoluto secretismo.

La doctora Davis-Kimball había conseguido fondos del Discovery Channel para subvencionar el proyecto, y había firmado una exclusiva, así que no estaba dispuesta a darme mucha información sobre la tumba. Sólo me dijo que esperaba la llegada de unos técnicos daneses que analizarían el ADN de los restos encontrados y de los cámaras del Discovery Channel para unos días más tarde.

La doctora Davis-Kimball había trabajado en toda Siberia, Kazajistán, Mongolia y sitios cercanos. Era una experta en arqueología asiática, e incluso tenía algunas experiencias personales, muy interesantes, con los chamanes. Así que aproveché la oportunidad para mostrarle mis notas y calcos de algunos de los petroglifos que habíamos encontrado a nuestro paso. Deseaba conocer su opinión sobre las formas circulares labradas que aparecían en algunos de ellos, y para mi sorpresa me aseguró que probablemente se trataba de la representación de un espejo de chamán.

Un par de semanas más tarde yo podría hacerme con una de esas piezas en un anticuario local. Lo extraordinario es que pudiesen aparecer representadas en estelas petroglificas de la edad de bronce, ya que esto confiere al chamanismo una antigüedad extraordinaria. Por otro lado, supongo que un arqueólogo tan celoso como ella ocultaría la información sobre las «estrellas» del lago para evitar que le pisasen el descubrimiento, pero yo no soy arqueólogo, y la doctora Davis-Kimball me parecía la mejor fuente para consultar el hallazgo. Así que no tuve ningún problema en relatar a la doctora mi descubrimiento. Para mi sorpresa, y a pesar de encontrarse tan cerca del valle, no tenía ni la menor idea de qué le estaba hablando. Y tampoco pudo darme una hipótesis de trabajo para justificar la existencia de aquellas figuras, aunque inmediatamente después de despachar a los de Discovery Channel salió disparada hacia el valle.

Tampoco el doctor Enhpeok, uno de los coordinadores mongoles de la excavación, supo decirme nada concreto. Tal vez se trataba de alguna representación astronómica, o quizá algo relacionado con los cultos a la naturaleza, o a lo mejor un centro ceremonial o un enterramiento... Y las mismas respuestas obtendría del director del Museo Provincial de Uureg. Así que, finalmente, tuve que abandonar la región de Uvs sin tener una respuesta convincente sobre el origen de aquellas «estrellas» de piedra.

Decidí que intentaría averiguar más con los arqueólogos de Ulan Bator cuando regresase a la capital. Sin embargo, antes de marcharme, intenté obtener más información sobre el fresco de Fergana que tanto me obsesionaba. Aunque alguno de los arqueólogos mostraba gran interés por aquel increíble dibujo divulgado por Diniken, la mayoría se mostraban escépticos en cuanto a su autenticidad, basándose en la clara superposición de al menos tres estilos de arte rupestre distintos. Eso no sería un problema necesariamente, ya que he visitado infinidad de cuevas rupestres o enclaves petroglíficos donde diferentes autores, en diferentes momentos de nuestra prehistoria, han puesto sus pinturas y grabados sobre otros más antiguos. Igual que los textos en la Biblia, o que las insólitas pinturas rupestres de coches de los nyau malawitas. Sin embargo, el ajedrezado que domina la mitad inferior derecha del dibujo no tiene nada que ver con los ajedrezados habituales en petroglifos o pinturas rupestres. Y en cuando a la nave espacial... Demasiado bonito para ser cierto. 




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