LA HOSPITALIDAD DE DASHDARZHA BALZHINNYAM


Abandoné Hüvsgol entusiasmado por la experiencia de la mujer chamán, aunque no puedo decir que haya visto nada que deba considerar sobrenatural en ella y que no formara parte de las ciencias humanas.

Como he visto en tantas ocasiones, el hombre de poder (mujer en este caso) consuela y aconseja y recurre al trance, en este caso por agotamiento, para alcanzar ese estado de conciencia alterada que ellos denominan «mundo de los espíritus», y al que yo también terminaría viajando personalmente más adelante, de la mano de otros chamanes. Incas, en este caso...



Antes de continuar ruta hacia el oeste, hubo que desandar un trecho hasta Morón para cambiar de coche. Esta vez era la correa del ventilador. Tomé nota del cuentakilómetros del nuevo vehículo para seguir teniendo una referencia de las distancias recorridas en mis notas. El nuevo 4x4 marcaba noventa mil seiscientos seis kilómetros. Para evitar más contratiempos llenamos la furgoneta rusa de repuestos mecánicos, combustible, víveres, agua, etc. Nos quedaban todavía muchas semanas de viaje. Así que mejor partir cuanto antes.

Viajamos hacia el oeste atravesando Bürentogtokh, Tsagaan-Uul o Tsetserleg para dejar la región de Hóvsgol y entrar en Dzavhan. A nuestro paso, jornada a jornada, dejamos nuevos ovoos, templos budistas y nuevos menhires y petroglifos, algunos de mayor tamaño y labrado más elaborado que los de Morón.

Y fue en esa provincia del norte, muy cerca de la frontera soviética, donde vivimos una de las situaciones más angustiosas del viaje. Resulta difícil describir lo incómodo que pueden resultar jornadas de viaje de diez, doce o catorce horas atravesando la taiga y la estepa campo a traviesa, sin cesar de dar botes dentro del coche ante la inexistencia de carreteras ni pistas.

Los conductores se orientan por la brújula, por el dibujo de las montañas, o por las marcas que hayan dejado en el terreno otros vehículos. Imposible ir más rápido de treinta kilómetros por hora sin destrozar los coches o nuestras espaldas. Y en esa situación es muy difícil poder echar siquiera una cabezadita, por mucho que la somnolencia del automóvil te pueda. Bastaba cerrar los ojos para que en el siguiente bache la cabeza saliese disparada, a punto de la luxación del cuello. Así que, cuando no podía más, me ataba la cabeza al respaldo del asiento con un pañuelo, y así conseguía dormitar al menos unos minutos. En uno de esos lapsos, nos perdimos.

Me di cuenta cuando noté que el coche reducía demasiado la velocidad. Kanaa, el conductor, fruncía el entrecejo mientras escrutaba las montañas y la brújula. La brújula y las montañas. Después miraba el mapa y volvía a la brújula, y luego de nuevo a las montañas. Estaba claro, nos habíamos perdido. Y lo peor es que no teníamos ni idea de cuánto tiempo llevábamos rodando en dirección equivocada. Para colmo empezaba a anochecer. No había forma de comunicarse con la camioneta que llevaba las tiendas de campaña, sacos de dormir y provisiones, así que empezamos a preocupamos. Lo único que podíamos hacer era buscar un lugar lo más refugiado posible y preparamos para pasar una noche muy dura y muy fría. Pero la Divina Providencia es compasiva.



Mientras el Dios graffitero continuaba su exhibición de colores en el crepúsculo y las sombras comenzaban a descender, como la temperatura, sobre nosotros, avistamos unas luces a lo lejos. Eran dos gers de una familia nómada, y nos dirigimos allí. Intentaríamos comprar un poco de comida y quizá alquilar unas mantas y algo de leña para pasar la noche. Pero nada de eso fue necesario. Como los tuaregs en el Sáhara, los pastores mongoles acatan la ley universal de todos los nómadas: acoger y ayudar al viajero. Fue una noche inolvidable.

La familia nos cedió uno de los gers para apilarse ellos, con gran incomodidad, en el que quedaba. Nos prepararon una cena opípara que disfrutamos con una buena conversación sobre todo lo divino y lo humano. El general tuvo mucho trabajo como traductor esa velada. La familia nos comentó detalles de su forma de vida y cómo habían vivido la llegada de los rusos y después su abandono. Toda la provincia, por ejemplo, carecía de luz eléctrica desde la caída del bloque comunista. Moscú les proveía de electricidad hasta que dejó de hacerlo, y desde entonces no podían pagar la instalación del tendido. Nos hablaron de las leyendas locales y nos pusieron en la pista de nuevos emplazamientos arqueológicos: grandes complejos funerarios, que visitaríamos al día siguiente. Y en la sobremesa, desinhibidos por el airag, intercambiamos canciones hasta bien entrada la noche. La música, como la magia, es una lengua universal. Afortunadamente no grabé mi vergonzosa actuación como tenor en el ger.

Allí aprendí un poco más sobre las fórmulas de cortesía y el gran ritualismo de las costumbres nómadas. Se considera una gran grosería despreciar la pipa, sin duda ancestro de la «pipa de la paz» amerindia, el alimento o la bebida que te ofrece el anfitrión. Siempre deben tomarse los cuencos o los platos con la mano derecha, jamás con la izquierda. Antes de beber se introduce ligeramente el dedo medio en el vaso y se salpican unas gotas como ofrenda a los espíritus. Etcétera. Las normas de cortesía nada tienen que envidiar, en su variedad y complejidad, a nuestras escuelas de protocolo. 

Por eso, y por cumplir una promesa, debo agradecer públicamente a Dashdarzha Balzhinnyam, a su esposa Namsraizhav Lazhar, a su hijo Sergueln y a su nuera Bertsetsg Myagmarzhav, y a los hijos de ellos dos, la hospitalidad de aquella noche. Dormir a la intemperie habría sido verdaderamente incómodo, o quizá algo peor.

Nos despedimos con grandes muestras de afecto, y tras detenemos en el complejo de tumbas antiguas que nos habían indicado —que medí, dibujé y fotografié convenientemente—, desandamos el camino hasta la última ciudad importante que habíamos dejado atrás antes de perdernos: Tes.

Allí, afortunadamente, nos encontramos con la furgoneta y continuamos viaje, entrando ya en la provincia de Uvs, donde el destino me tenía guardada la mayor sorpresa arqueológica de mi vida. Dejamos atrás Baruunturuun y Zuungov antes de llegar a la capital de la provincia de Uvs: Ulaangom, donde, aviso para el viajero, tuvimos serios problemas para conseguir gasolina. El combustible estaba racionado, y fue necesario acudir a toda la influencia del general para que el director de la gasolinera nos la vendiese. Por eso no me cansaré de insistir, una y otra vez, en la conveniencia de tomar todas las precauciones antes de aventurarse a un viaje como el mío.

Esa noche acampamos en las afueras de la ciudad. Encontramos un pequeño bosque ideal para montar el campamento. Y por primera vez en varias noches no fue necesario utilizar excrementos secos para cocinar: había leña de sobra, y eso es un lujo que sólo se puede valorar en esas circunstancias. Ahora, con la perspectiva del tiempo, recuerdo ese día como si fuese un sueño. Por fortuna hasta el último detalle está recogido en mi cuaderno de viaje. ¡Bendita afición al dato! Por eso puedo decir que aquella mañana fui el primero en levantarme, exactamente a las 6.30 de la mañana.

El campo olía a vida, y el aire frío de la montaña se te metía en las fosas nasales limpiándote hasta lo más profundo de los pulmones. Di un paseo por el bosque y reuní un poco de leña. Pensé que mis compañeros agradecerían un buen fuego cuando se despertasen, cosa que no sucedió hasta una hora y media más tarde. Desayunamos juntos a las 8.15 las 9.10 ya estábamos desmontando el campamento. Era un día precioso y el sol creaba un curioso efecto óptico sobre el horizonte. En mi cuaderno anoté: «El efecto del calor produce el espejismo del agua», exactamente igual que en el desierto del Sáhara.

A las 9.40 estábamos atravesando ya el cañón del monte Rojo, donde pudimos avistar ciervos y buitres. En mi diario escribí: «La vista de las estepas desde aquí es muy hermosa. Los poetas mongoles la llaman "la verde con perlas blancas"», aludiendo a los gers circulares que se dibujan en las verdes praderas, como si fuesen pequeñas perlas derramadas e un mantel. Y más allá, a nuestra derecha, dejamos el lago Uvs, que da nombre a la región. Uvs Nuur es casi tan grande como el lago Hövsgol pero más redondeado. Es una frontera natural con Siberia ya que, aunque la mayor parte del lago está en suelo mongol, la orilla norte es ya territorio ruso.

Por fin, a las 10.53 avistamos el valle del lago Uureg. El cuentakilómetros del coche marcaba noventa y un mil cuatrocientos cuarenta y dos kilómetros. Es decir, que nos encontrábamos exactamente a ochocientos treinta y seis de Morón. Creo que no se puede ser más preciso. Prometo solemnemente que lo que ocurrió a continuación fue tal y como lo relato. Pongo a mis compañeros de viaje, a las fotos y a las cintas de vídeo por testigo.

Nos acercamos a la orilla del lago para tomar unas fotografías. Fue una parada de apenas media hora, según mis notas. Cuando volvimos a los coches para continuar viaje no fui yo, que soy miope, el primero en percatarse de que a la izquierda, en medio del colosal valle, se adivinaban unas extrañas esculturas. Ni que decir tiene que detuvimos los vehículos y me puse a medir, dibujar y fotografiar con detalle las tres esculturas elaboradas con roca de pizarra. Dos de ellas, las de los lados, aparecían decapitadas y medían cuarenta y ocho por cuarenta y un centímetros (la de la izquierda) y cuarenta y cuatro por treinta y cinco (la de la derecha). La del centro, que conservaba la cabeza, medía ochenta y cinco por treinta y dos centímetros. Tras cada una de las estatuas había unos cuadrados que, con toda seguridad, eran tumbas. También los medí. Según mi brújula estaban orientadas hacia el este, y por su estilo, según el general, podrían pertenecer al periodo turco, es decir, siglos VI al IX. Cualquier amante de la arqueología se sentiría tan gozoso como yo de poder examinar aquella escultura, que alguien bautizó como el Vigilante, por su semejanza en la apariencia, que no en el tamaño, a los moai pascuenses.

Yo ya había concluido mis mediciones...

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