EL CASO ANDRES BALLESTEROS (I): EL CURANDERO DE CAMPANILLAS





Una profunda tristeza… Esa es la conclusión a esta investigación que, en mi caso, se inició hace tres años. 

Conocí a Andrés Ballesteros en 1999. Y desde aquella primera visita a Campanillas (Málaga), desde aquellas primeras operaciones de “cirugía mediúmnica” que presencié -y en alguna de las cuales colaboré asistiendo a Andrés en las intervenciones-; aquellas primeras conversaciones con Andrés; y aquellas primeros “testimonios del milagro” recogidos entre sus pacientes, el “curandero más espectacular de España” estaba presente en mi pensamiento cada cierto tiempo. Andrés podría ser la respuesta a todas mis preguntas, la llave para abrir la puerta del misterio y desvelar las tinieblas que abrazan el mundo de lo paranormal desde la noche de los tiempos. 




Si lo que mis ojos habían visto era lo que aparentaba, y si los relatos que mis oídos habían escuchado reflejaban hechos objetivos, me encontraba, después de tantos años de angustiosa búsqueda, ante un trascendental fragmento de La Verdad. Y exactamente eso es lo que creen cientos, quizás miles de seguidores de Andrés en toda España. Aparentemente Andrés Ballesteros presentaba en su piel los estigmas de la pasión de Jesucristo. Teóricamente era capaz de “adivinar” en el agua de una palangana todos los problemas físicos y psíquicos de sus pacientes. Supuestamente la “energía” que emanaban sus manos podía abrir el cuerpo de los enfermos –como si de un bisturí invisible se tratase-, para extirpar tumores, reparar arterias, “limpiar la sangre”, etc, cerrando las espectaculares heridas si dejar ni la menor cicatriz. Presuntamente sus manos generaban una llamativa luz fosforescente, que aplicada sobre los enfermos, aliviaba sus dolores… ¿Qué más podía pedir?

Yo había visto con mis propios ojos la luz que “manaba” de las manos de Andrés. Había visto varias operaciones e incluso había podido ayudarle en alguna de ellas, tirando de las piernas del paciente, mientras el manipulaba lo que parecía una columna vertebral asomando entre los algodones ensangrentados que rodeaban la herida abierta en la espalda del enfermo. Había recogido docenas de testimonios, desbordantes de agradecimiento, de los agradecidos enfermos que habían puesto sus vidas en manos de el curandero de Campanillas. Y lo que más me impresionó; había podido disfrutar de la entrañable conversación de aquel hombre del campo, de parca formación cultural, escasos recursos académicos, y nula formación teológica.

Sin embargo Andrés parecía conocer profundamente las Sagradas Escrituras. Yo estudié teología durante cinco años (más los que he dedicado a estudiar el cristianismos fuera ya del seno de la Iglesia Católica), y podía certificar que los conocimientos bíblicos de Andrés –aunque de marcada tendencia protestante- eran cuando menos desconcertantes.

Por todo ello, y por mucho más, yo acudí a Andrés como buscador, nunca como investigador, y menos aún como periodista. En aquellos primeros contactos con Andrés Ballesteros no se me pasó por la cabeza tomar una sola fotografía, ni grabar un solo minuto… ni siquiera tomé notas. Algo que tan solo había hecho en dos ocasiones en los veinte años que llevo dedicado a la investigación paranormal: durante los días que pasé con el médium brasileño Luiz Antonio Gasparetto, y cuando pude conocer personalmente al otrora antropólogo, y después chamán, Carlos Castaneda. Ni una foto, ni un minuto de grabación, ni una nota en mi cuaderno. Quienes me conocen saben de mi compulsiva obsesión por anotar, fotografiar y grabar todo. Esta es la única forma de poder compartir posteriormente todos los hechos tal y como ocurrieron.

Pero Gasparetto, Castaneda y Andrés Ballesteros no eran algo que pensase en compartir. No eran un caso rutinario, ni una entrevista, ni un reportaje. Aparentemente eran un punto de inflexión en mi trayectoria como buscador. Su experiencia (y su aparente calidad humana) desbordaban mi capacidad como investigador, y me devolvían a los años de devocional vocación religiosa. A aquella feroz hambre de Verdad que un día me acercó a la Iglesia Católica, y que ahora me llevaban hasta una pequeña barriada en la periferia de Málaga.

Por todo ello. Por la trascendencia que encerraba la posibilidad, por remota que fuese, de que Andrés Ballesteros pudiese reventar nuestra percepción de la realidad, nuestro paradigma newtoniano, nuestra concepción del universo, decidí que sería totalmente sincero. Impecable. Y por eso, cuando, finalizada su jornada de trabajo, disfrutaba de una generosa cena, a la que me había invitado Andrés en compañía de sus mas cercanos, tuve que responder con toda transparencia a su pregunta. Me interrogó sobre lo que había visto, y le respondí lo único que podía: la verdad. Creía que un hombre tan trasparente, tan aparentemente ingenuo y sabio a la vez, presuntamente dotado de poderes tan espectaculares, podría leer en mi mente.

Sabría que cuando le dijese que estaba impresionado por lo que había visto, aunque no podía garantizar a nadie que fuese algo sobrenatural, entendería que le hablaba con el corazón. Y que cuando le dijese que necesitaba alguna prueba más sólida, algo irrefutable –ya que lo que había visto hasta entonces yo podría reproducirlo con trucos de ilusionismo- podría escrutar en mi alma y ver que mis intenciones eran sinceras. Pero no fue exactamente así. Reaccionó con una cierta violencia, que yo interpreté como fruto del ego, intrínseco a la naturaleza humana, que todos tenemos en menos o mayor medida, sin que ello afecte a nuestra calidad como personas. Y es que todos, hasta Andrés, somos humanos… 


Me desconcertó que aquel “hombre milagro” no entendiese mi prudencia, ya que yo no le había visto abrir ni cerrar el cuerpo en las operaciones importantes. Como hacía con todos los demás testigos que yo interrogue, me invitaba a salir de la habitación justo antes de empezar a “abrir”, permitiéndome entrar de nuevo en la sala cuando el enfermo ya tenía la espalda abierta, los órganos extraídos sobre el cuerpo, etc. Haciéndome salir de nuevo antes de cerrar la herida. En otras palabras, yo solo había visto un ser humano tumbado en la camilla, con una herida –a veces muy espectacular- en el cuerpo, y posteriormente veía salir a ese enfermo de la habitación, sin la menor cicatriz.

Solo pude presenciar las operaciones de “limpieza de sangre” completas, cuando operaba a una persona más o menos rellenita, y siempre por detrás de una línea de sal que Andrés marcaba en el suelo, a unos 2 metros de la camilla donde operaba, impidiendo, a esa distancia, que se pudiese percibir ningún detalle de la apertura y cierre de la herida. En otras palabras, ni yo, ni ninguno de los testimonios que recogí, podría afirmar que vio como los “rayos laser” que supuestamente salen de los ojos de Andrés, o la “luz” que mana de sus manos, rasgaban la piel, abrían la carne, y permitían que el curandero arrancase el intestino, el riñón, o cualquier otro órgano. Sin embargo que yo no hubiese podido presenciar todo el proceso, y que no conociese a nadie que lo hubiese presenciado, no significaba que todo fuese un fraude. Pero Andrés no comprendía mi prudencia. No me importó, y disculpé su suspicacia.

Lo que no pude comprender fue la llamada que me hizo Andrés meses mas tarde: “Alguien de Madrid y que te conoce bien me ha dicho que vas diciendo en la radio que lo que hago yo es mentira. ¿No te da vergüenza, después de lo bien que yo te he tratado?”. Naturalmente yo no había hecho ningún comentario sobre la autenticidad o falsedad de los poderes sobrenaturales de Andrés Ballesteros. Tan solo, y durante el transcurso de una entrevista con la Dra. Ana Cisneros (emitida en Mundo Misterioso el 31 de enero de 1999), con quien había coincidido en Campanillas, había comentado que acabamos de regresar, pocas horas antes, de visitar a un curandero excepcional… ¿Por qué entonces Andrés daba crédito a aquella calumnia? ¿Acaso “Jonathan” –el ser espiritual que supuestamente lo acompaña desde niño- no conocía la verdad? ¿Dónde estaban sus poderes clarividentes?

Evidentemente, y a pesar de lo visto en Campanillas, las supuestas capacidades extrasensoriales de Andrés eran falibles. Yo jamás había sugerido que sus operaciones psíquicas fuesen un fraude, ni tampoco había dicho que fuesen auténticas. Simplemente había guardado un respetuoso silencio al no tener pruebas irrefutables en un sentido u otro. Sin embargo Andrés Ballesteros y yo nos enzarzamos en una acalorada discusión, que por momentos rozó el insulto personal, al acusarme de algo que no había hecho.

Confieso que en un primer momento disculpé la torpeza de Andrés (y del despistado de “Jonathan”) al atribuir aquella difamación a alguno de mis abundantísimos enemigos en el mundo paranormal español. Alguien me dijo que Manuel Delgado, Iker Jiménez y otros componentes de la revista Enigmas habían visitado Campanillas, y supuse que ellos eran los responsables de esa nueva calumnia. Habían practicado ese juego en muchas otras ocasiones para enemistarme con viejos amigos como J.J. Benitez, J. Sierra, etc. poniendo en mi boca auténticas barbaridades que jamás había dicho (creo que he dejado muy claro en todos estos años que cuando tengo algo que decir sobre alguien, lo hago directamente).

Confieso que me sentí furioso. 

POR LA LARGA EXTENSIÓN DE ESTE ARTÍCULO SE HA DIVIDO EN 4 PARTES

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