ZOMBIS: LOS RESUCITADOS MALDITOS



“Es mejor zombificar a alguien condenado por la sociedad, que una vez esclavizado al menos trabajará, que meterlo en la cárcel o matarlo, ya que de esta forma no aporta nada a la comunidad”, explica el bokor Max Bobuard.

Según la religión vudú, los zombis son fruto de la separación de cuerpo y espíritu. Cuando la esencia del no muerto queda atrapada en un ritual en el interior de una botella blanca, el cuerpo al que perteneció se convierte en un esclavo perfecto. 


“Esta es mi tumba, aquí me enterraron. Cuando fallecí el 3 de mayo de 1962, al día siguiente me metieron en esta tumba. Estuve más de dos días sepultado. Después vinieron a buscarme”, asegura un zombi que trabajó durante años como esclavo en una plantación. 

Los haitianos procuran a los cadáveres una segunda muerte, es decir, la mutilación del cuerpo de una persona fallecida para que ningún brujo pueda levantarlo de su tumba y valerse de él como esclavo zombi.

Para la gran mayoría del pueblo haitiano, los zombis son producto de una suerte de ritos mágicos. Sin embargo, existe una explicación mucho más razonable. Su nombre, el de un producto químico: la tetrodotoxina.

“Los zombis son el mayor secreto del vudú y los loas (los dioses) no os permitirán desvelarlo.” El recuerdo de aquella sentencia del brujo vudú, allí en Haití los llaman bokor, estaba bien presente en mi recuerdo cuando decidí salir por una ventana del tam-tam, un camión convertido en autobús a golpe de soplete, en el que circulábamos camino de Puerto Príncipe, la capital de aquel país que junto a República Dominicana forma la isla caribeña de La Española. 

Nos encontrábamos atravesando las plantaciones de caña de Hinche, en donde según nos había asegurado el cónsul de la Embajada de España en Haití Juan Blázquez, algunos zombis trabajaban como esclavos. Con la intención de avistar uno trepé desde la ventana al techo zarandeado por los bamboleos del autobús y, como buenamente puede, me acomodé entre los fardos de alimentos y cajas de ron de la baca. 

Tras dos horas allí arriba lo vi...

Era un hombre extremadamente delgado y harapiento que caminaba entre las mazorcas de maíz con paso inseguro, mirada perdida y una decrépita expresión en su rostro vacío de conciencia. ¿Sería uno de los míticos zombis? Sin ceder un segundo a la duda, me dispuse a pulsar con firmeza el disparador de mi cámara fotográfica... Si era un zombi, lo inmortalizaría, pero en aquel mismo instante un impacto brutal me hizo girar en el aire. Había sido la rama de un árbol; sin saber cómo, tuve arrestos para agarrarme al camión y segundos después, desplomado de nuevo entre los fardos y con la conciencia y el aliento plenamente recuperados, recordé las palabras del bokor... Por de pronto, aquel primer intento de acercarme al secreto zombi me había costado una brecha en la cabeza, un susto indescriptible y un teleobjetivo ahora inservible. ¡Como para no recordar la advertencia del brujo vudú! 

Acababa de comenzar nuestra aventura. 

Justicia vudú

Andriord Aolély es un houngan miembro de la sociedad Grand Drop de Puerto Príncipe. La suya es una de las muchas sectas herméticas en la que todos los componentes aceptan el compromiso estricto de no revelar sus secretos. El mayor de ellos, la zombificación. Estas sociedades secretas haitianas operan a modo de pequeños feudos en los que el poder del houngan o bokor está por encima de la autoridad política o militar de la provincia. Y es que más allá de ser los responsables del bienestar de su comunidad, los sacerdotes vudú tienen la misión de repartir la justicia tradicional en clara contradicción con la legislativa, que hasta hace bien poco tipificaba en su artículo 246 el delito de zombificación con la pena capital. “Es mejor zombificar a alguien condenado por la sociedad, que una vez esclavizado al menos trabajará, que meterlo en la cárcel o matarlo, ya que de esta forma no aporta nada a la comunidad”, nos explica el bokor Max Bobuard. A pesar de ello, el zombi no siempre ha sido condenado por la sociedad, ya que muchas sociedades secretas asentadas en pueblos y ciudades del país ofrecen sus servicios a quien pueda contratarlos para que un pariente, amigo, enemigo o vecino sea convertido en un “muerto viviente”. 

Hombres sin espíritu

Pocas cosas incomodan más a las autoridades haitianas que la existencia de los zombis. Creen los altos mandatarios –tal y como nos explicó Alix L. Laford, jefe del gabinete de Turismo- que los no muertos ahuyentan a los turistas y trasmiten una imagen primitiva, feroz y supersticiosa de Haití. Ante tal panorama, la respuesta de la clase política y la alta sociedad ha sido ironizar sobre el asunto en la medida de lo posible, pero hasta ellos acaban reconociendo la siniestra realidad que suponen los zombis.


Así nos los hizo ver Françoise Dresse, canciller de la Embajada de Bélgica en Haití. Él ha tenido la posibilidad de asistir a auténticos rituales de vudú, entablando amistad con houngans y bokors, facilitándonos algunas pistas y consejos sumamente útiles en nuestra investigación. Como nos explicó detalladamente, la religión vudú considera que el cuerpo humano está habitado por dos espíritus: el gro bonanj (gran ángel) y el ti bonanj (pequeño buen ángel). Gracias al poder de la magia, un bokor tiene potestad para expulsar ambos espíritus del cuerpo de un hombre y aprisionarlos en una botella blanca. De esta forma conseguiría controlar el cuerpo físico del desafortunado que, despojado de su identidad íntima, pasaría a convertirse en su esclavo... ¡Así se fabricaría un zombi según la religión vudú! 

A ese ritual mediante el cual se roba el espíritu de un hombre para aprisionarlo en una botella hemos asistido en diversas ocasiones. Pero, ¿son realmente las cosas como parecen? Françoise Dresse, hombre de extraordinaria formación cultural, nos sugirió otra línea de investigación más “lógica” que partía del siguiente precepto: una cosa es lo que crean los haitianos y otra, muy diferente, es cómo se fabrica realmente un zombi, un proceso presumiblemente químico más próximo a la utilización de la farmacopea natural, y a los venenos que en ella pueden encontrarse, que a brujeriles abracadabras y encantamientos. Pero –y he aquí el quid de la cuestión- son los mismos bokors quienes prefieren fomentar esa superstición con la que ejercen un férreo control sobre la sociedad... 

En 1938, la aventurera y exploradora Zora Hurston publicó en su libro Tell my horse la fotografía de una zombi hospitalizada en un sanatorio psiquiátrico de Haití. Aquello hizo despertar el mito y desde entonces, muchos enfermos mentales solitarios, cabizbajos, harapientos y en estado de inanición han pasado a ser considerados zombis. Nosotros pudimos fotografiar alguno de esos presuntos muertos vivientes vagando por los bosques; hombres sin nombre y voluntad que en el mejor de los casos acaban confinados en un hospital o en un centro de acogida evangélico de los muchos que existen allí. 

Sin embargo, a finales de los años setenta, Lamarque Douyon, un audaz neuropsiquiatra haitiano formado en Canadá, decidió investigar científicamente algunos de aquellos “deficientes mentales” sospechosos de haber sido convertidos en zombis. Aquello abrió las puertas a una posible resolución del misterio que esclarecería –en parte- el investigador Wade Davis. 

“Soy un zombi” 

“Esta es mi tumba, aquí me enterraron. Cuando fallecí el 3 de mayo de 1962, al día siguiente me metieron en esta tumba. Estuve más de dos días sepultado. Después vinieron a buscarme. Oí que me decían: ‘¡levántate!’ y me levanté. Salí de la tumba contestando a los que me llamaban. Estaba muy agitado. Me amarraron los brazos con cuerdas... Después me llevaron a trabajar a una plantación durante dos años y nueve meses.” Esta cita es la transcripción literal del terrible y telegráfico testimonio que Clervius Narcise efectuó a un equipo de televisión que se desplazó hasta Haití para realizar un documental sobre los zombis. 

Narcise es probablemente el zombi más famoso del mundo. Un informe judicial al que tuvimos acceso, emitido el 26 de enero de 1980 expresa que, tras interrogar a los familiares y vecinos del interesado, el magistrado identificó como Clervius Narcise al individuo encontrado el 18 de enero de ese año vagando semidesnudo y en estado de shock cerca de su pueblo natal, Gonaives. Sin embargo, en mi archivo se encuentra una partida de defunción emitida el 3 de mayo de 1962 en la que se certifica que Clervius Narcise murió en el hospital haitiano Albert Schweitzer de la misma localidad. Así pues, ¿cómo es posible que 18 años después de morir Narcise reaparezca en las afueras de su aldea en tan patético estado psíquico y físico? Al margen de las incógnitas que plantea el caso, Narcise se recuperó casi totalmente gracias a la terapia del Dr. Douyon, que le ayudó a volver a la vida. 

El famoso zombi narró cómo su alma fue robada por un bokor y cómo su cuerpo, paralizado, fue enterrado. “¡Estoy vivo!”, quiso gritar. Pero le fue imposible: los médicos ya habían certificando su muerte. Luego, según explicaría, permaneció bajo tierra horas y horas, un tiempo que se hizo interminable y tras el cual fue desenterrado por el bokor y sus ayudantes. A continuación, fue golpeado, atado y vendido como esclavo en una plantación donde había otros zombis como él que a la muerte del capataz comenzaron a vagar por el país. Él fue uno de aquéllos. Años después, falleció... Esta vez para no volver a levantarse de la tumba. 

Rose Marie Thelusme es otra adolescente haitiana víctima de la maldición zombi. Su caso lo destapó el periodista alemán Ulrich Stein, que trabajaba para un documental de televisión titulado Brujos y Zombis. Todo empezó cuando un vecino le entregó un plato de comida... Según averiguó el reportero, quien se lo ofreció era un joven enamorado de ella que no soportaba la idea de que Rose Marie preparara su boda con otro muchacho. Así que decidió envenenarla y darle muerte el 25 de noviembre de 1984; el certificado de defunción se firmaría pocas horas después y... transcurridas seis semanas fue descubierta por su familia en las afueras de la aldea. En la actualidad lleva más de 15 años sin ser capaz de pronunciar una palabra de forma coherente y, como otros tantos muertos vivientes (ver recuadro), pasa sus días en un psiquiátrico de Puerto Príncipe.


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