Y... LLEGAR A DIOS POR EL FUEGO EN LA INDIA



Me pasé la noche acompañado por Josefa, Pepe y Bernardino, que viven en mi Sasa y continuarán viviendo en el Zamadi, por lo menos mientras sus nombres permanezcan en el último ejemplar de estas páginas que sobreviva a la corrosión del tiempo. Y muy temprano, a las 3.30 de la madrugada según mi diario, me duché y salí al encuentro de Ali. Quería llegar al borde del río antes de que saliese el sol en el rickshaw que ya habíamos contratado la noche anterior. 

Es importante llegar a los ghats, a la orilla del Ganges, antes del amanecer, ya que ésa es la hora en que miles de hindúes surgen de las sombras, como zombis, para darse cita en las sagradas aguas. Sin embargo, nuestro objetivo en esta nueva incursión vespertina a orillas del río sagrado era otro. Queríamos llegar a un lugar vetado a las cámaras de los turistas antes de que el recelo de los vigilantes me impidiese tomar unas fotos exclusivas. A esas horas tan intempestivas no hay turistas indiscretos que intenten hacerse con el ansiado souvenir fotográfico. Sin embargo, muy lejos de ese fetichismo turístico, mi intención era la de registrar una de las prácticas religiosas más impresionantes y antiguas del mundo.


Alquilamos una barca para bordear los ghats hasta llegar a nuestro objetivo. En seguida el olor a carne humana quemada nos envolvió. Pagamos al barquero, que atracó a la orilla del río, y nos reunimos con un amigo de Alí quien nos escoltaría hasta nuestro destino, una terraza cercana a los crematorios de cadáveres, que habíamos localizado la noche anterior. Una vez parapetados en la azotea del edificio, y con la ayuda de un teleobjetivo de trescientos milímetros, pude ejercer la labor de «paparazzi espiritual». 

En los crematorios de cadáveres están prohibidas las cámaras de fotos y de vídeo, y la única manera de inmortalizar ese ritual milenario fue a una prudente distancia, reptando por el tejado hasta conseguir un buen tiro de cámara en el borde del edificio. Así como voyeurs acechantes, con un prudente distanciamiento que impidiese a los operarios de aquel siniestro ritual verse entorpecidos por los ojos profanos, nuestras cámaras registraron las imágenes del singular espectáculo. 

Tras una compleja sucesión de cánticos y letanías, los sacerdotes prendían fuego a las pilas de leña, sobre las que reposaban los cadáveres, y poco a poco el fuego purificador iba consumiendo la carne, la sangre y los huesos hasta convertir en ceniza lo que antes había sido un cuerpo humano...


Afortunadamente los cuerpos están cubiertos de flores y vistosas telas de colores, pero a veces los perros, intentando llegar al botín de la carne, consiguen arrancar un pedazo de cadáver, o simplemente rasgar las telas que cubren los cuerpos, dejando a la vista un brazo, una pierna, una cabeza, etc., antes de que las llamas realicen su cometido purificador. Me impresionaron especialmente los pequeños cuerpos de unas niñas muertas, en sabe Dios qué traumáticas circunstancias, que esperaban turno para ser colocados en las piras funerarias. Al menos ya eran cadáveres. En algunos rincones de la India todavía se incinera vivas a las esposas de los maridos muertos.

La cremación de cadáveres es una costumbre religiosa anterior en milenios al cristianismo. Una tradición tan incomprensible para el occidental como morbosa y fascinante. Como en tantas otras ocasiones, los dioses de la fe conspiraron a favor del sentido común porque en un país que en pocos años se convertirá en el más poblado del planeta... no existe suelo para enterrar a tantos muertos. Si no fuese por las incineraciones y por el padre Ganges, los cadáveres se apilarían en impías fosas comunes, focos de enfermedades y dolor. Como siempre, hasta las creencias y prácticas religiosas más insólitas tienen un porqué. 

Las fotos y las filmaciones están ahí, pero no pueden reflejar los olores, el calor y el profundo sobrecogimiento que sentíamos, agazapados en aquel tejado, mientras robábamos aquellas imágenes de un ritual ancestral para intentar comprender mejor una forma de espiritualidad tan profunda como antigua.

Muy cerca de allí, y cuando los primeros rayos de sol se dibujaban en el horizonte, pudimos asistir fascinados al otro reverso de la moneda. Lejos del silencio y la vocación suicida de la muerte, y de los crematorios de cadáveres, presenciamos el espectáculo de la vida, que se repite cada amanecer, en los ghats de Benarés. Los ghats son lugares sagrados al lado de los ríos hindúes donde se baña y se reza. La mayoría de los más de cien ghats que existen en Benarés, como el ghat Munshi, Prayag, Man Mandir, Ayanabai, etc., fueron construidos entre los siglos XVIII y XIX. Y ningún viajero debería perderse el sin par espectáculo que ofrece cualquiera de ellos cuando los primeros rayos del sol surgen tras el horizonte.

Como fantasmas salidos de sus tumbas, como espectros aparecidos de las sombras, poco a poco docenas, después cientos y al fin miles de hombres, mujeres y niños acuden a los ghats para su baño ritual diario. Mi dedo casi se entumece en el botón de mi cámara disparando fotos en todas direcciones, porque en los ghats el espectáculo de la vida se transforma en colores, risas y músicas que rodean al viajero y lo empapan de esa particular forma de ver la vida. 

Por supuesto no es recomendable para ningún turista participar activamente de ese ritual de ablución. El grado de contaminación del Ganges supera en cientos de veces el tolerable por el cuerpo humano. Durante miles de años, desperdicios, cadáveres y basuras han sido arrojados a ese río y lo han convertido en el más contaminado del mundo. Nosotros mismos presenciamos cómo, sin ningún pudor, un grupo de hombres arrojaban el cadáver de una enorme vaca a sus aguas tras denodados esfuerzos, y podemos imaginar la putrefacción de cadáveres que reina bajo la superficie del río... Un verdadero problema ecológico.

Sin embargo, y saltándose a la torera todos los razonamientos científicos, los hindúes no sólo se bañan, sino que incluso beben el agua bendita del Ganges sin sufrir ningún tipo de intoxicación. Evidentemente han desarrollado unos anticuerpos naturales de los que carecemos los occidentales. Así que mejor ni intentarlo.

«San Newton» me enseña que todos podemos caminar descalzos sobre el fuego, pero no estoy seguro de que me atreviese a bañarme en el Ganges. 




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