EL SANTO PREPUCIO DE CRISTO


Aunque pudiese sonar a cachondeo, nada más lejos. El Santo Prepucio de Cristo ha supuesto un dilema teológico que ha obsesionado a los padres y doctores de la iglesia durante siglos. Amén, de haber protagonizado los trances y éxtasis de los grandes místicos de todos los tiempos.




La explicación a esta trascendental reliquia ha de buscarse en el dogma –decretado por Santo Concilio- de que la naturaleza del hombre Jesús es a la vez divina. Pero Jesús, como judío que era, fue sometido a las circuncisión, y ese trozo de pellejo de su pene, por lógica, habría de ascender a los cielos de la misma forma que ascendió todo el cuerpo de Jesús resucitado. Durante siglos, los grandes pensadores de la Iglesia se devanaron los sesos intentando dilucidar la respuesta al enigma: ¿se unió el prepucio de Cristo al resto del cuerpo tras la ascensión física de Jesús a los cielos? ¿acaso ascendió una vez operado el pene del Mesías y aguardó a la derecha del Padre a que se consumase la pasión de Cristo? ¿tal vez el prepucio de Jesús –y la primera sangre derramada por el Hijo de Dios en su misión salvífica- encerraba en si mismo parte de la redención prometida?

Mientras los grandes teóricos especulaban sobre tan inquietante dilema teológico, las místicas del medievo protagonizaban insólitos éxtasis en los que el Santo Prepucio se manifestaba en toda su gloria.

Sor Agnes Blannbekin, por ejemplo, una monjita mística muerta en Viena en 1715, vivía unos espectaculares trances en los que se le aparecía el Divino Prepucio, comulgando con él como lo que es: la carne y sangre de Cristo (no olvidemos que en el sacramento de la comunión precisamente comemos la carne y sangre del Mesías). Y, según describía en sus éxtasis místicos, el Santo pellejillo se materializaba en su boca, con un sabor dulce y carnoso, llenándola de una gran sensación de gozo.

Tras Sor Agnes Blannbekin, otras muchas místicas protagonizaron comuniones prepuciales parecidas, e incluso se escribieron tratados monográficos sobre el tema, como el célebre “El sagrado prepucio de Cristo” , publicado en 1907 por el erudito A. V. Müller.

Como no podía ser menos, los traficantes de reliquias dirigieron su atención ante tan estimulante fetiche, y por obra del Espíritu Santo, comenzaron a venerarse Divinos Prepucios en diferentes catedrales, basílicas, monasterios, iglesias, ermitas y capillas del mundo.

Hoy en día se puede rendir pleitesia a un prepucio de Cristo en la basílica laterana de Roma, pero también en Charroux, o en Amberes. También se profesa devoción a un Santo pellejo en París, y a otro en Brujas. Existe otro Santo Prepucio en Bolonia, otro en Besanson, uno más en Nancy, y otro en Mentz. Tambien hay un divino pellejo en Le Puy, otro en Conques, y otro en Hildesheim. Por no hablar del Prepucio de Cristo de Callcuta, el de Burgos y un largo etcétera.




En algunas ciudades, como Charroux (Francia) era tal la devoción que inspiraba el Santo pellejo, que llegaron a crearse cofradías organizadas, como La Hermandad del Santo Prepucio, encargados de custodiar la reliquia conservada en esa ciudad, muy venerada por las mujeres embarazadas, o que deseaban estarlo.




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