EL MUSEO DEL DOCTOR CABRERA EN ICA


El Museo del Dr. Cabrera, que se encuentra en unas dependencias anexas a su despacho, en una antigua mansión colonial, es visitado a menudo por grupos de turistas atraídos por los misterios de Perú. Al entrar en el museo (y conste que este nombre a lo mejor es un poco generoso) no es difícil escuchar comentarios por parte de dichos turistas del mismo tipo de los que he oído tantas veces en los museos egipcios. Si quieres creer que existieron otras humanidades tecnológicamente desarrolladas antes que ésta, o que nuestros antepasados fueron contactados por «dioses» alienígenas, el Museo Cabrera te lo pone fácil. Pero si lo que buscas son pruebas...


Al entrar en el museo, esquivando a los turistas, lo primero que llamó mi atención fue la primera colección que nos topamos, empezando el recorrido por el extremo izquierdo de la sala principal. Según el doctor Cabrera, la humanidad gliptolítica, como los antiguos sabios griegos, mantenía unas costumbres sexuales algo licenciosas. Y pretendía el buen doctor que en aquellas piedras, en las que se apreciaban escenas de marcado contenido homosexual, se encerraba la clave (nunca descubierta por el médico de Ica) para obtener una vacuna contra el sida. Yo, que soy más bruto, no vi en aquellas escenas nada que me recordase a los filósofos griegos, sino más bien a una versión pornográfica gay del templo de Khajuraho. Felaciones, sodomía, tríos y orgías siempre protagonizadas por varones de falos desproporcionados. No es difícil entender por qué esta serie de piedras de Ica jamás fue publicada por los defensores de la autenticidad de los gliptolitos. Resulta un poco embarazoso justificar la crudeza sexual de aquellas escenas, que nada tienen que envidiar a las más tórridas secuencias pornográficas del cine X para homosexuales. No sé si en ellas existe clave alguna para luchar contra el sida, aunque por más que examiné la serie gay de Ica no encontré ni un solo hombre gliptolitico que utilizase preservativo en aquellos grabados. Así que mal comienzo para una civilización que se supone intelectualmente más desarrollada que la nuestra. 

Otra cosa que me resultó chocante es que, sin esforzarme demasiado, me fue fácil descubrir en muchas de las piedras, incluyendo las de gran tamaño y grabados más trabajados, elementos que no encajaban en una civilización que se supone que era tecnológicamente desarrollada. ¿Cómo es posible que algunos de los hombres gliptolíticos apareciesen luciendo los cascos típicos de los conquistadores españoles, o sus lanzas y espadas? Esa imagen me produjo tanta perplejidad como los dibujos rupestres del Sáhara, donde los supuestos «dioses» de cabezas redondas aparecen portando arcos y flechas... ¿No sería que el origen de dichos «dioses» era mucho más cercano de lo que suponemos?



Pero el colmo se produjo cuando, ante el objetivo de mi cámara, ocurrió algo increíble... Carlitos, nieto de la secretaria del doctor Cabrera, era el encargado de guiar la visita por el museo, explicando a los turistas los secretos de las piedras de Ica, o al menos las osadas interpretaciones que de ellas hacía el buen doctor. Como saben todos los que me conocen, mi compulsiva pasión por el dato me hace viajar normalmente con dos o tres cámaras de fotos y una o dos cámaras de vídeo, como mínimo. No puedo arriesgarme, después de invertir todos mis ahorros en un viaje, a que se me estropee una cámara en el momento más inoportuno y pierda la foto o el plano definitivo. Así que alterno mis anotaciones y mediciones con el uso de la cámara de fotos o la cámara de vídeo. En el momento en que aquello ocurrió quiso la Providencia que fuese la cámara de vídeo la que estuviese en mis manos, y por eso pude grabar el instante exacto del incidente. Nada hay de meritorio en mí porque grabara esas imágenes, ya que fue la fortuna, y no mi pericia, la que posibilitó el documento. 

El bueno de Carlitos, un adolescente impulsado por el entusiasmo de su edad, llevaba un buen rato descifrando para el grupo de turistas todos los secretos de la humanidad gliptolítica, y tras completar el recorrido por el museo, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, llegamos a la gran sorpresa final. Algo que todavía no he visto publicado en ningún libro o revista que aborde el misterio de Ica. Se trata de una especie de parejas de discos superpuestas, que según nos explicaba el guía del Museo Cabrera, representarían «las naves de los dioses». Habrían sido descubiertas poco antes en el mismo yacimiento que las piedras gliptoliticas y al abrirlas, para mostrárnoslas, veíamos que en su interior presentaban figuras de las famosas líneas de Nazca. Se trataba, sin duda, de un intento de vincular las piedras de Ica con las pistas de Nazca, con objeto de conferir acaso más credibilidad a las primeras. En realidad ya se había hecho algo parecido, hace unos años, cuando Cabrera incluyó en su colección piedras en las que aparecían dibujos del mono o el cóndor, tal y como se encuentran en la llanura de Nazca. Pero esto era mucho más evidente. Pues bien, lo auténticamente increíble fue que, en un momento determinado, dejé de tomar fotos como un loco para grabar también algunos planos en vídeo. Y estaba grabando una de aquellas piezas recién llegadas al museo, que se suponen de una antigüedad de más de sesenta millones de años y por tanto de valor incalculable, cuando uno de los peruanos que acompañaba al grupo, manipulándola, la quebró ante mi cámara. Si hubiera querido hacerlo a propósito no habría podido grabarlo mejor. El peruano rompió la pieza y Carlitos miró disimuladamente hacia otro lado, sin darle mayor importancia. Ambos disimularon tan bien que ninguno de los presentes se percató de lo que había ocurrido, pero mi cámara sí. 

Cuando un suceso como éste, en cualquier museo del mundo, habría provocado un incidente gravísimo, allí no pasó nada. Como si realmente fuese muy simple reponer aquella pieza... Sospechoso. En realidad fue la gota que colmó el vaso. Porque con este incidente, recogido por mi cámara, ya no me quedaban argumentos para no considerar seriamente la posibilidad del fraude como me habían adelantado voces amigas. Siempre dije que antes de definirme tendría que verlas por mí mismo; y la decepción y el desasosiego de la sospecha no podían ser mayores. 

La respuesta al misterio de Ica quizá hay que buscarla en otra población situada a muy pocos kilómetros, en la misma Panamericana y siempre siguiendo la ruta del sur: Ocucaje. Allí vive Basilio Uchuya, un huaquero que ya en 1975 firmó un documento donde declaraba autor de las piedras al doctor Cabrera. Años más tarde, en 1981, este mismo artesano mostró al periodista Alex Chionetti algunos de esos dibujos que el doctor Cabrera le había proporcionado como modelo para sus encargos. Sin embargo, de todas las voces que apuntan a Uchuya, quien más confianza me merece es Vicente París. París creía, como muchos de nosotros, que Uchuya se había declarado autor de las piedras para proteger la cantera original, ya que en Perú el delito de saquear emplazamientos arqueológicos es muy grave. Pero cuál no sería su sorpresa al comprobar que, años después, Basilio vendía en su propio domicilio las «piedras auténticas», que llega a realizar ante los propios ojos del viajero. 

De la misma forma París presenció cómo Irma Guitierrez, otra vecina de Aparcana, grababa las familiares imágenes de los gliptolitos ante sus ojos sólo con la ayuda de una vieja sierra y en pocos minutos. Incluso acompañó a la anciana a la cantera donde recogía los cantos, de distintos tamaños, que luego utilizaba para fabricar las famosas piedras de Ica. Me consta que Vicente Paris invirtió muchísimo tiempo y dinero en su investigación, con la esperanza de poder demostrar que las piedras de Ica eran auténticas. Por suerte o por desgracia averiguó todo lo contrario, pero tuvo el valor y la honestidad de publicar el resultado de su impecable investigación. Así que, gracias a él, también podía tachar este misterio de mi lista. En las piedras de Ica no iba a encontrar nada que me ayudase a descubrir el secreto de los dioses. 




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