MAURITANIA, EL ISLÁM Y LA RUTA DE LA LUZ


«En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso.» Por fin, Dios había tenido piedad de nosotros. Con siete horas de retraso, el destartalado bimotor de Air Mauritanie, que debía transportarme hasta Nouakchott, había hecho su aparición en cabecera de pista. Facturación, control de pasaportes y acceso a la sala de embarque. 

Sin embargo, y pese a que nos encontrábamos a unos pocos metros del avión, todavía tuvimos que esperar casi media hora, en la pista de despegue, al aire libre, mientras los operarios del aeropuerto acomodaban el equipaje bajo los asientos de los pasajeros. Al parecer, la bodega de la aeronave ya estaba llena. Así que, resignados, sólo podíamos esperar a que el piloto o su copiloto diesen la señal. No había azafatas en este vuelo, y los pasajeros nos lanzamos a una carrera absurda para acomodarnos en los asientos que quedasen libres. Y el último se queda en tierra... 

Según las notas de mi cuaderno, eran las 19.55 y, de pronto, allí mismo, en la pista de despegue del aeropuerto, a los pies del avión que debía transportarnos a las entrañas del Sáhara, varios pasajeros se echaron rodilla al suelo, en dirección a La Meca, para rezar. Los europeos no estamos acostumbrados a esta falta de pudor. Para nosotros la oración, como la desnudez, es algo casi vergonzante. Y es muy improbable que podamos ver a un creyente católico o protestante expresar individualmente su fe en público. Rezando, por ejemplo, un rosario o un credo, en una boca de metro, o en la cola de supermercado. 

Sin embargo, aquellos musulmanes se habían arrodillado a mis pies, sin el menor recato, porque ése era el momento de Dios. Uno de los cinco momentos al día destinados a Alá a través de la oración. Como los nudistas que se pasean sin ropa por las playas naturistas, aquellos musulmanes desnudaban públicamente su alma ante mí, sin avergonzarse de sus creencias. Como si quisieran retarme. Como cruzándome la cara con su guante espiritual, mientras sentenciaban: 

«Cristiano, tu fe es frágil. Yo creo en Alá y no me avergüenzo de mi religión». 

La ilaha illa-la, Muhanz-mad rasubulah: 

«No hay más Dios sino Alá y Mubammad es su Profeta». 

Y yo no pude recoger el guante. Porque era culpable de lo que me acusaban. Mi fe era frágil. Lastrada por mil dudas. Así que opté por no enfrentarme a otras creencias, sino, siguiendo la estrategia de Sun Tzu, observarlas para aprender de ellas. Cuando entramos en el avión me acomodé como pude entre las cajas y maletas, y me abracé a las dos que llevaba en mis. brazos; dos cajas con cientos de lentes ópticas que unos médicos amigos me habían pedido que transportase hasta la capital de la República Islámica de Mauritania, aprovechando mi viaje. 

El aspecto del avión no era el más tranquilizador. Sin embargo, no encontré temor en los ojos de los viajeros que, unos instantes antes, se habían arrodillado en la pista de despegue. Supongo que habían puesto sus almas en manos de Alá, y por eso parecían serenos. Sin duda esa paz de espíritu, esa serenidad que da la oración al creyente, es una de las ventajas de la religión que tanto envidiamos los agnósticos. Y es que, como han demostrado neurólogos, psicólogos y psiquiatras, la oración (no importa en qué religión se dé) puede tener efectos psicosomáticos muy beneficiosos para la mente, el alma y hasta la salud física del creyente. 

No sé si fue por la misericordia de Alá o por la pericia del piloto, pero despegamos sin contratiempos a las 20.30 y aterrizamos en el aeropuerto de Nouakchott, enteros, sanos y salvos, a las 23.05. 

Del aeropuerto me dirigí directamente a la Embajada de España. Había sido invitado a unirme a una pequeña fiesta que el embajador, Juan María López de Aguilar, había preparado para los voluntarios y cooperantes españoles que se encontraban en Mauritania llevando adelante una iniciativa humanitaria encomiable: la Ruta de la Luz, y para los que yo transportaba las cajas de lentes. Terminaría compartiendo con ellos parte de mi viaje. 

Entre los voluntarios y cooperantes que asistían a la fiesta había componentes de diferentes ONG, como Médicos del Mundo o Tierra de Hombres; funcionarios de la Agencia Española de Cooperación Internacional y, por supuesto, misioneros católicos. Personas de diferente estrato social, formación e ideología que, sin embargo, habían acudido hasta África con un solo elemento común: la vocación de servicio. Me senté en una esquina de la piscina observándolos. 

Llevo muchos años vinculado a las organizaciones humanitarias no gubernamentales, y confieso que nunca he visto saciada mi curiosidad. ¿Qué lleva a una persona, en un momento determinado, a decidir dejar a un lado su profesión, su familia y su prestigio para ayudar a desconocidos más necesitados, en los rincones más remotos del mundo? 

Cada uno de aquellos voluntarios, reunidos en la Embajada de España en Nouakchott, tenía una motivación diferente para estar allí. Culpabilidad, vanidad, ambición, solidaridad... En aquella fiesta conocí a personas extraordinarias, como Pedro Fusté, un tipo excepcional, en aquel momento responsable de la ONG Tierra de Hombres y con quien terminaría compartiendo viajes y aventuras por otros continentes; el comandante Quique Arnau, piloto de Iberia que conoce el desierto del Sáhara mejor que muchos nómadas; el doctor Juan Bartolomé, uno de los arietes en cualquier tragedia de la Agencia Española de Cooperación Internacional; Carlos de la Bella, intrépido conductor de 4x4 y optómetra, inspirador del proyecto que había reunido a aquellos voluntarios; o el doctor José Luis Casado, oftalmólogo y cirujano que había dejado en su lujosa y lucrativa consulta para viajar a las entrañas del desierto durante su mes de vacaciones, dispuesto a cambiar el destino de cientos de nómadas condenados por la malnutrición, el calor y el polvo del desierto a una ceguera irremediable. Y por supuesto, gratis. 

No tiene ningún merito confesar que me sentí tan subyugado por aquella iniciativa solidaria, organizada por la cooperativa de ópticas CIONE, en colaboración con varias ONG, que terminaría volviendo a Mauritania con ellos en tres ocasiones más. Aunque ésa es otra historia. 


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