EL SECRETO DE LOS DIOSES


Hace ya varios años que un grupo de investigadores soviéticos presentaron esta teoría en un congreso mundial de arte rupestre celebrado en Lisboa. Los arqueólogos rusos vinculaban esas coincidencias en los diseños rupestres con las experiencias psíquicas de los chamanes, líderes sociales en todas las culturas del pasado, y sus viajes mágicos. Según aquellos investigadores, las reacciones neuroquímicas que producían en el cerebro las plantas de poder y los trances chamánicos podían generar esas imágenes mentales, que luego serían reproducidas en los «mapas» rupestres del mundo mágico. 


Yo hoy suscribo esa teoría basándome, una vez más, en mi experiencia personal. ¿Acaso algo ha condicionado más el arte, la arquitectura o las expresiones creativas del ser humano que sus emociones y sus visiones? 

Desde aquellos primeros menhires, grabados en la piedra y pinturas rupestres, han sido la fe, el amor, la esperanza o el miedo de los hombres lo que les ha llevado a crear lugares de poder. Sin esas emociones nunca habría existido la ciudad de Petra (Jordania), el monumento Angkor Wat (Camboya), la Sagrada Familia (España), los jardines de Versalles (Francia), la ciudad de Tombuctú (Mali), el Palacio Imperial de Kyoto (Japón), o las pirámides aztecas de México. Todos ellos lugares llenos de magia y misterio.

Igual que las siete maravillas del mundo antiguo, de las que sólo conservamos las pirámides de Egipto, fueron obra del esfuerzo basado en una fe religiosa, las siete maravillas del mundo moderno no tendrán nada que envidiarles. Y es que a principios de 2006 concluirá una insólita votación, ideada por el cineasta suizo Bernard Weber, para escoger las siete maravillas del mundo moderno.

Weber organizó una fundación con el fin de incentivar a los ciudadanos de toda la tierra a votar a través de Internet para elegir las nuevas siete maravillas del mundo. Hasta el momento, ya han votado dieciséis millones de personas. Y las candidatas más votadas son: la Gran Muralla China, el Palacio de Potala (Tíbet), el Coliseo Romano (Italia), las ruinas mayas de Chichén Itzá y su gran pirámide, el Castillo (México), los moais de la isla de Pascua (Chile), la Torre de Pisa (Italia) y el Taj Mahal (India).

Por supuesto entiendo que algunas personas, al admirar la grandiosidad de cualquiera de esos monumentos, sienta la tentación de renegar del potencial creativo de la especie humana y prefiera pensar en dioses sobrenaturales... Yo no lo necesito. Creo que el mismo tesón, esfuerzo y pericia que se necesitaron para fabricar, uno a uno y todos diferentes, los guerreros de Chiang (se han desenterrado mil y se cree que puede haber otros cinco mil) es lo que se utilizó en la construcción de Machu Picchu, de mis ruedas del lago Uureg, de los templos vimanas, de las líneas de Nazca o la Gran Pirámide de Keops. Jesús tenía razón al decir que la fe mueve montañas... Montañas de piedras.

Probablemente me habría ahorrado mucho dinero, muchos sustos, esfuerzos y sinsabores si hubiese comenzado mi viaje por el interior de la mente, como han hecho todos los místicos de la historia, en lugar de peregrinar por miles de emplazamientos arqueológicos, templos y vestigios de antiguas civilizaciones, alrededor del mundo. Tal vez habría sabido mucho antes qué representaban el candelabro de Paracas o los petroglifos, pero la investigación de todos esos enigmas que figuraban en mi lista de misterios sin resolver me ha hecho aprender tantas cosas que ha merecido la pena el rodeo. Como decían mis chóferes en Mongolia, lo importante no es el destino, sino el viaje.

En este viaje tras el secreto de los dioses, y en busca de las respuestas a los misterios de nuestro pasado, he visto y experimentado cosas maravillosas. Ahora sé de qué color se pone el sol en la estepa y en la sabana, en el Gobi y en el Sáhara. Conozco el sonido del Nilo en la proa de las falucas y también el del Ganges. Sé cómo huele un cadáver al arder en los ghats de Benarés y he sentido el tacto de las momias, y el de la piel de los delfines, las águilas y los renos, aliados secretos de los imaghen, los kazakos y los tsa-tan. He visto qué se oculta en las cámaras prohibidas de la Gran Pirámide y en los cuartos de secretos de los fabricantes de zombis. He presenciado los increíbles trances de las chamanas siberianas, de los sacerdotes incas y de los brujos nyau. He escuchado el bramido del hipopótamo blanco africano, y también los poderosos tambores vudús en Haití. He caminado descalzo sobre las brasas y he compartido las plantas de poder de los sacerdotes incas...

Pero sobre todo, aunque he fracasado en mi búsqueda de dioses extraterrestres, he encontrado a terrestres extra, cuya mano me siento orgulloso de haber estrechado: misioneros católicos como el padre Paco Donaire o sor Carmen García, patriarcas coptos como Bigoal Mussa, lamas budistas como Gueretlod Davá o santos chef musulmanes como Elycheij Oulol Moma. O simplemente cooperantes y voluntarios de todo tipo de organizaciones humanitarias, o de ninguna, que me devolvieron la fe en el género humano: una especie animal capaz de las mayores atrocidades y de las mayores maravillas en el nombre de los dioses.

Sí, realmente ha merecido la pena seguir la pista a todos aquellos misterios que fueron cayéndose de mi lista a medida que los investigaba. Pero el camino recorrido en busca del secreto de los dioses ha sido casi tan gratificante como descubrir que ese secreto siempre estuvo oculto en el mejor escondite de todos. Y es que, en realidad, la respuesta ha estado siempre ahí, oculta en las parábolas y en los cuentos.

Los cuentos, desde las parábolas de Jesús a los relatos sufíes de Las mil y una noches, pasando por las imposibles fábulas zen, han sido siempre los grandes confidentes de los sabios para esconder las claves del conocimiento. Y existe un antiguo relato, extraído de la mitología hindú, pero que he encontrado repetido y versionado, con más o menos variantes, en distintas tradiciones espirituales del planeta: sufíes, animistas, incas...

Dice ese relato que un día se reunieron todos los dioses del pasado para decidir cuál era el mejor lugar en el que esconder su conocimiento secreto para que no fuese hallado por los humanos. Y uno de los dioses más ancianos dijo:

«Lo esconderemos en la cumbre de la montaña más alta». 

Entonces otro de los dioses replicó:

«No, porque algún día existirá un humano lo suficientemente audaz como para trepar hasta la cumbre más elevada y lo encontrará». 

Un tercer dios dijo:

«Entonces lo ocultaremos en lo más profundo del océano». 

Y otro le respondió:

«Tampoco, porque algún día los humanos idearán máquinas para navegar como los peces y lo descubrirían». 

Y así los dioses estuvieron meditando durante muchas lunas cuál sería el mejor lugar para ocultar el conocimiento secreto, hasta que por fin el más anciano de todos dijo:

«Ocultaremos el secreto en el único lugar donde al hombre jamás se le ocurrirá buscarlo: dentro de sí mismo». 


© Carballal, 2005




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