FRAUDES, TIMOS Y EMBAUCADORES


Los atractivos naipes del tarot, de chillones colores y esotéricos grabados, se extienden sobre la mesa. María Jesús, ama de casa de cuarenta y dos años, que había acudido a la vidente como último recurso, expuso nuevamente la razón de su consulta: «Mi marido está en el paro y queremos vender la finca para pagar las letras del piso, ¿qué podemos hacer?».

Tras unas profundas inspiraciones, con el ceño fruncido y en tono solemne, la adivina emitió su pronóstico: «Su marido encontrará trabajo pronto; la fortuna les sonríe. No es momento de vender. Le voy a dar un amuleto de Orisha para frenar la mala suerte, y ya verá cómo en poco tiempo vendrá una herencia y su marido encontrará trabajo».

Tras abonar los treinta euros de la consulta, y los doscientos veinte del «amuleto de Orisha», María Jesús abandonó el gabinete esotérico de «la maga blanca y parapsicóloga diplomada» madame Épsilon, con la esperanza en el cambio de suerte asegurado. Pero su marido siguió en el paro más de un año, la herencia aún hoy no ha aparecido, y la finca perdió parte de su ya escaso valor a causa de la especulación comercial.

Meses después, con la desagradable sensación de haber sido timada, María Jesús acudió a mí rogándome conservar el anonimato. «Mi marido no sabe nada; tuve que decirle que me habían robado el bolso con los trescientos euros, y no quiero que se enteren él ni nadie; bastante ridículo he hecho ya…»

Este es el retrato robot de millones de personas en todo el mundo que han vivido experiencias similares. Víctimas de crueles «profesionales del misterio», numerosos ciudadanos han visto notablemente aligeradas sus cuentas bancarias por desaprensivos que han convertido las ancestrales prácticas esotéricas en una de las profesiones más lucrativas del siglo XX. Y es que uno de los riesgos inherentes de sumergirse en el mundo del misterio es el vasto, incontrolado y omnipresente fraude que orbita alrededor de todos los fenómenos paranormales.

Nos mienten los políticos, nos engañan los publicistas, nos timan en la cesta de la compra… Vivimos rodeados de mentiras, y los videntes no tenían por qué ser una excepción.

Hasta junio de 1989 el Código Penal podía perseguir a todos aquellos que «por interés o lucro interpretaren sueños, hicieren pronósticos o adivinaciones, o abusasen de la credulidad pública de manera semejante». Afortunadamente, las leyes cambiaron y la Ley Orgánica 3/89 derogó dicho artículo. Y digo afortunadamente porque sería injusto hacer tabla rasa y juzgar a todos los profesionales por el mismo rasero. Aun a pesar de que, en mi opinión, el 90 por ciento de los videntes profesionales terminan con el tiempo estafando a sus clientes.

La ley derogada en 1989 jamás fue empleada por iniciativa judicial, ya que la sociedad española acepta estas actividades esotéricas como normales. Un inspector de Policía me comentaba en una ocasión: «Nosotros no podemos hacer nada si no hay delito. Si una mujer cree que entregando seiscientos euros a un adivino va a tener más suerte en la vida, está en su derecho. Eso no es ilegal. Y solo podría procesarse a ese adivino por delitos fiscales en el caso de defraudar a Hacienda, pero no por recibir ese dinero». 

Y si en 1989 la «ley de los videntes» era derogada, en 1990 los españoles se gastaban más de doce millones de euros en adivinos y videntes. Sin embargo, esa cifra, basada en el control fiscal, probablemente sea mucho mayor, ya que casi ningún vidente profesional mantiene una licencia de «trabajador autónomo» y la mayoría de ellos forman parte de la economía sumergida que escapa al control de Hacienda.

Cierto es que existen idealistas sensibilizados por los problemas ajenos que llegan a consultar gratis, o a recibir fuera de consulta, a clientes desesperados que necesitan un poco de consuelo y de atención. De hecho, estoy seguro de que mucho del trabajo de los consultorios esotéricos tiene bastante de psicoterapia y poco de paranormal. Pero también es cierto que se multiplica año a año el número de «embaucadores del misterio» que, tras leerse dos libros y comprar un juego de tarot en unos grandes almacenes, montan un nuevo chiringuito esotérico. El acuciante incremento del paro es directamente proporcional al número de consultorios ocultistas que se crean en una ciudad.

Y no existe ni una sola ciudad o pueblo en toda nuestra geografía que no cuente con uno o varios adivinos capaces de conocer nuestro futuro y solucionar todos nuestros problemas por un módico —o no tan módico— precio.

La ignorancia, la angustia y la credulidad son las herramientas que utilizan numerosos videntes para ejercer su trabajo. A lo largo de los años, he obtenido de varios profesionales del esoterismo —algunos muy conocidos— confesiones desconcertantes: «No, yo no tengo poderes; ni siquiera creo en estas cosas, pero de algo hay que vivir». Varios de los individuos que me han hecho esta confidencia realizan programas de radio o de televisión en canales locales o nacionales…

Lamentablemente, es imposible diferenciar a primera vista el trigo de la cizaña esotérica. Por eso, es prudente mantener alerta el sentido crítico a la hora de internarse en este escurridizo mundo. De lo contrario, los peligros de ser estafados que acechan al curioso pueden terminar por devorarle. En ese caso lo mejor que le puede pasar a la víctima es que pierda su dinero. Porque, a veces, la estafa económica es solo el menor de los males.





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