PIEDRAS DE ICA, LOS IMPOSIBLES DOMADORES DE DINOSAURIOS


Recobramos la noción del tiempo cuando el encargado del Museo Regional de Ica nos dijo que iban a cerrar. Aun así, todavía nos entretuvimos un rato más en los puestos de venta de souvenirs y réplicas que rodean el museo, comprando excelentes cartas y mapas de la región, donde aparecían reseñados los principales emplazamientos arqueológicos. Por supuesto, cuando llegamos al museo del doctor Cabrera llevaba horas cerrado, así que hicimos noche en Ica, y a primera hora de la mañana yo insistía en mi empeño por ver y tocar por mí mismo las misteriosas piedras.


El doctor Javier Cabrera Darquea lamentablemente falleció el 30 de diciembre de 2001 a los setenta y siete años de edad. Pero su legado continúa. Su hija Eugenia Cabrera y Ricardo Jochamowitz, discípulo del doctor durante veinte años, codirigen actualmente la Asociación Dr. Javier Cabrera Darquea, fundada el 17 de junio de 2001, y su famoso museo. Cuando llegamos al mismo nos recibió la que fue su secretaria. Doña Sara es una mujer apasionada por su trabajo y muy amable. Llevaba muchos años al lado del excéntrico coleccionista de reliquias del pasado que, con su museo, intentó reescribir la historia de la humanidad. 

Todo empezó en mayo de 1966. Al consultorio del doctor Javier Cabrera llegó su amigo Félix Llosa Romero llevándole un regalo. Se trataba de una piedra ovalada, de color negruzco y aristas redondeadas, que tenía grabada la imagen de un extraño pez. Llosa se la regaló a su amigo como pisapapeles. La piedra provenía de un caserío de Ocucaje, donde un «huaquero» (campesino que realiza excavaciones arqueológicas clandestinas) tenía docenas. El nombre de ese huaquero era Basilio Uchuya. 

La historia llamó la atención del doctor, que inició una singular colección de miles de piedras que presentaban pequeños petroglifos con escenas en las que aparecían seres humanos conviviendo con los grandes saurios del Pleistoceno. Algo totalmente inviable desde nuestro conocimiento actual de la historia de la humanidad. Y si la humanidad conocida no convivió con los dinosaurios, los hombres que aparecían en aquellos anómalos petroglifos debían pertenecer a otra humanidad anterior. Esto es lo que debió de pensar un humilde médico local, el doctor Javier Cabrera Darquea, que se convirtió en el principal coleccionista de aquellas piedras, adquiriendo todas las que podía y llegando a confeccionar todo un museo, el museo en el que ahora me encontraba y en el que, según algunos cálculos, podían reunirse unas once mil piedras de todas las formas y tamaños; eso sí, presentando todas ellas unos grabados de unas características similares.


No obstante, para alguien que ha visto tantos petroglifos en diferentes partes del mundo como quien esto escribe, es verdad que los de Ica no se parecen a ninguno de los estilos de petroglifos conocidos. Aun con eso, que debería levantar ciertas suspicacias, no hace más que azuzar el interés del curioso. Si los petroglifos de Ica no se parecen a ningún petroglifo hecho por ninguna de las culturas antiguas que he conocido, sólo significa que no fueron hechos por ninguna de las culturas antiguas conocidas. Nada más. 

El tema es fascinante sin duda. Incluso para alguien que, como yo, lo primero que pensó al ver las primeras fotos de algunas piedras de Ica fue: ¿cómo encaja esto con la historia de la humanidad que cuenta la Biblia? La respuesta es simple: perfectamente. 

Para el creyente en la literalidad del texto bíblico los humanos existen desde el principio de los tiempos. Por consiguiente no hubo un momento en que existiesen grandes saurios y no existiesen seres humanos. De hecho, para todas las corrientes creacionistas de los siglos XX y XXI, cuando se descubrieron los primeros fósiles de los grandes dinosaurios, la interpretación fue sencilla: los dinosaurios se extinguieron porque su tamaño era demasiado como para entrar en el arca de Noé. Y si existió una humanidad en Ica antes del Diluvio, pues pudo extinguirse también. A lo que no responden los creacionistas es a por qué los pequeños saurios, algunos más diminutos que un perro, cuyos fósiles pude ver en el desierto del Gobi, tampoco entraron en el arca de Noé. Pese a esta incongruencia, las piedras de Ica tuvieron una gran aceptación entre los lectores norteamericanos porque en la última década del siglo XX todavía un 20 por ciento de profesores de biología en EE.UU. creía que los hombres habían convivido con los dinosaurios. 

La Biblia puede ser compatible con las piedras de Ica, pero la ciencia no. Los dinosaurios se extinguieron hace 60 millones de años, y en aquella época, según lo que sabemos, el primer sapiens todavía no había sido concebido en el valle del Rift. Por lo tanto, ¿cómo es posible que los petroglifos de Ica mostrasen inequívocas escenas en las que unos seres humanos convivían e incluso parecían haber domado a los dinosaurios como animales domésticos? Si fuesen auténticas, aquellas piedras nos obligarían a reescribir la historia de la humanidad y la de sus dioses. Y eso exactamente fue lo que hizo el doctor Cabrera cuando publicó su libro El mensaje de las piedras grabadas de Ica (Inti Sol Editores, 1976), otra pieza difícil de encontrar en las librerías peruanas. En ella el doctor defiende la tesis de ablandamiento de la roca, como Davidovits en Egipto, para explicar la perfección de los dibujos en sus piedras. 

No cabe duda de que se trataba de un problema apasionante. Tanto es así que cuando el famoso periodista y autor de bestsellers, y ante todo mi querido amigo, Juan José Benítez presentó a la editorial española Plaza y Janés el primer libro que había escrito: Ovnis, SOS a la humanidad, la editorial consideró que el tema de Ica era mucho más comercial, por lo que Ovnis, SOS a la humanidad se convertiría en el segundo libro publicado por Benítez, editándose primero. Existió otra humanidad, que en realidad escribió después. En este clásico, el periodista navarro, recién llegado al mundo del misterio, exponía el enigma de las piedras de Ica con toda la ingenuidad y esperanza del idealista. Y toda una generación fuimos prendados, embriagados y seducidos por este misterio. No podía ser de otra forma. 

El doctor Cabrera había bautizado a sus petroglifos con el nombre de «gliptolitos», y había clasificado su sin par colección en series ordenadas temáticamente: medicina, astronomía, antropología, etc. Incluso abandonó el ejercicio de la medicina para dedicar todo su tiempo a las enigmáticas piedras y a su interpretación. Según Cabrera, hace sesenta millones de años existió otra humanidad, la humanidad gliptolitica, que había desarrollado una gran tecnología. Interpretando los dibujos que aparecen en las piedras, Cabrera llegó a la conclusión de que aquella humanidad gliptolitica había desarrollado un sistema para ablandar la piedra, como los egipcios, y poder realizar así sus dibujos, legándonos las claves de su tecnología. Pájaros mecánicos, humanos domando dinosaurios, y hasta operaciones quirúrgicas con trasplantes de corazón incluidos, parecen grabados en las piedras de Ica. 




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