MORIR EN EL GANGES, VIVIR EN EL CIELO


Según la tradición hindú, el rey Bhagiratha trajo el Ganges a la tierra desde los cielos, pero la corriente era demasiado fuerte para que la tierra pudiera soportarla. Por miedo a una catástrofe, Bhagiratha oró al dios Shiva, quien ofreció su cabello denso para sujetar el río a medida que descendía, y así suavizó su viaje a la tierra. De ahí que el Ganges se consagrara a Shiva, y por eso existen tantas estatuas, templos y monasterios dedicados a Shiva a su paso. Y tal vez por esa leyenda los hindúes consideran al río Ganges como amrita (una bebida sagrada que posibilita la inmortalidad). 

Popularmente se cree que el agua del río Ganges es como un medicamento que purifica al ser humano y salva a los muertos. Desde los albores de la historia, el río Ganges, como el Nilo o el Amazonas, ha sido considerado sagrado por las culturas que riegan sus aguas. 

Hace ya más de cinco mil años, y según relatan los sutras del Srimad-Bhagavatam Purana, el gran sabio Sukadeva le relataba al rey santo Maharaja Pariksit a sus orillas temas relacionados con la creación del universo fenoménico y de las naves vimanas. 

Swami Advaitananda, en su vida premonástica conocido como Gopal Chandra Ghosh y el mayor de los discípulos directos de Sri Ramakrishna, vivió, predicó y murió a la orilla del Ganges, y hasta Siddharta Gautama, el Buda, estuvo muy vinculado al río sagrado durante toda su existencia. 

E incluso fue en sus orillas donde, en el siglo V, nació el juego de estrategia más emblemático de la historia: el chatarunga, lo que nosotros conocemos como ajedrez. La leyenda asegura que fue un brahmán quien lo inventó para entretener a su rey. Quedó éste tan complacido que prometió al brahmán darle lo que le pidiese como recompensa. El brahmán, sin duda un formidable matemático, pidió al rey algo aparentemente modesto: un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, y así sucesivamente, duplicando la precedente, hasta completar las sesenta y cuatro casillas del tablero. Al sacarse las cuentas para satisfacer el pago del brahmán, los sabios del rey descubrieron con asombro que no bastaba con todo el trigo de la India, ni el del mundo entero, aunque no se sembrase otra cosa que trigo. 

El ajedrez pasó de la India a Persia, actual Irán, y posteriormente los árabes lo exportaron a Europa, desde donde los cristianos lo exportarían a América. Hacia el siglo XVII el ajedrez había alcanzado su forma actual, pero el origen de los místicos alfiles, los ágiles caballos, las poderosas torres y, por encima de todo, el poder absoluto de la reina se encuentra en las místicas orillas del Ganges desde hace quince siglos. No entiendo cómo ningún compañero de la AAS no se ha rendido ante la genialidad de este juego matemático, digno de Da Vinci o Imhotep, y ha sugerido que su origen no puede ser obra de la mente humana, ni siquiera en las orillas del Ganges. 

El célebre escritor galo Henri Michaux describía así la rabiosa, la furiosa espiritualidad que inspira este río: 

«El Ganges aparece en la neblina de la mañana. Vamos, ¿qué espera usted? ¿Acaso no es evidente que hay que adorarlo? ¿Cómo se queda usted parado y estúpido como un hombre sin dios, o como un hombre con un solo dios al que se prende toda su vida, incapaz de adorar al sol ni a nada? El sol asciende en el horizonte. Asciende y se enfrenta con usted. 

¿Cómo no adorarlo? ¿A qué hacerse violencia siempre? Entre en el agua y bautícese, bautícese mañana y tarde y deshaga la costra de las contaminaciones. 

¡Ganges, ser que nos bañas y nos bendices! Ganges, no te describo, no te dibujo. Me postro ante ti, me hago humilde bajo tus ondas. Fortalece en mí el silencio y el abandono. Oremos, oremos. En la India, si no se reza, se pierde el viaje. Es tiempo dado a los mosquitos». 

Esa furia espiritual se percibe a lo largo de todo el recorrido del río del cielo. Un río que inicia su viaje en el mismo cielo, literalmente. O al menos en el lugar del planeta más cercano a las nubes. Y es que desde su origen, en las altas cumbres de la cordillera del Himalaya, y nutriéndose del glacial Gangotri, hasta su desembocadura en el océano, el Ganges riega miles de kilómetros, dejando a su paso una interminable estela de templos y santuarios budistas e hinduistas. Entre los lugares más significativos que recorren esas aguas sagradas destacan: 

—Bindu-Sar, que se encuentra cerca de Gangotri, antes de que el río sagrado entre en los estados de Uttar Pradesh y Bihar. Según la tradición, aquí era donde Bhagiratha hacía penitencia. 

—Rishikesh, entrada a los Himalayas, y donde el peregrino comienza su viaje. 

—Haridwar, donde los turistas pueden participar en el Aarti (la ceremonia religiosa en la cual se reza y se ofrece regalos al dios ante una llama) que tiene lugar en las orillas del Ganges. 

—Prayag. Aquí el Yamuna se reúne con el Ganges en Allahabad, estado de Uttar Pradesh. Es un lugar antiguo de peregrinaje y también es el sitio del festival de Kumbh Mela (una feria que se celebra cuando los planetas se encuentran en una posición particular) que tiene lugar una vez cada doce años. 

—Tryambakeshwar, en Maharashtra. Aquí se venera al río Godavari igual que el Ganges. 

—Sagar, la confluencia del Ganges con el océano. Se asocia a este peregrino con la leyenda del santo Kapilmuni. 

Pero por encima de cualquier otro lugar, existe un punto en el recorrido del Ganges que acapara la devoción de los creyentes. Un lugar considerado por más de mil millones de hinduistas como el centro de su fe. El pilar de sus creencias. El cenit de la mística. El eje fundamental de la espiritualidad: la Ciudad de la Luz, Varanasi. 


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