MORIR EN BENARÉS


Varanasi, conocida como la Ciudad de la Luz, es también llamada Benarés o Kashi y está considerada por los hindúes como la ciudad más antigua del mundo. Claro que en mi viaje rodeando el planeta he conocido media docena de ciudades que pujan por el mismo honor. Sin embargo, lo cierto es que un millón de personas vive aquí y otro millón por año llega en peregrinaje para adentrarse en las aguas del Ganges, justo en Benarés, desde hace miles de años. Yo quise unirme a esos peregrinos viviendo episodios insólitos y escalofriantes.

En las recónditas callejuelas de Benarés me perdí, infiltrado en la maraña humana que no cesa de moverse, rezar, mendigar y vivir al filo de la calle. Y me dejé conducir por la Providencia. Ella puso en mi camino a Alí, un pequeño hindú de ascendencia islámica que se convirtió en amigo y guía. De su mano conocí, por supuesto, las mejores tiendas, los mejores restaurantes y las mejores mujeres en edad de merecer. Claro que con cualquier otro de los guías que se ofrecen al viajero despistado en cuanto pisa Benarés, habría conocido otras tiendas, restaurantes y doncellas que serían siempre las mejores de Varanasi.

Sin embargo, al final Alí entendió que yo no quería mujeres, baratijas ni comidas exóticas, sino fe. Y reconozco que se ganó a pulso el puñado de rupias que le pagué por mostrarme los templos del Kama Sutra, las escuelas brahmánicas y hasta las delegaciones de la Sociedad Teosófica y de otras escuelas esotéricas, astrológicas y místicas que han convertido Benarés en su base de operaciones. Pero lo más importante de aquel primer día llegó al anochecer. Alí me condujo hasta la casa de Mr. Awy. En ese lugar siniestro, a orillas del Ganges, descubrí una de las facetas más duras y despiadadas de la espiritualidad india.

Awy acoge en su casa a ancianos llegados en peregrinación desde todos los rincones de la India. Viajan hasta Benarés porque creen, como manda la tradición, que muriendo en la ciudad santa romperán su ciclo de reencarnaciones para integrarse inmediatamente en el Nirvana. Y allí nos los encontramos. Tirados por los suelos, semidesnudos, silenciosos...

Al entrar en aquella casa de acogida nos vimos rodeados por un grupo de ancianos escuálidos que esperaban la muerte en silencio... Para un occidental es sencillamente imposible comprender aquella resignación suicida y aquella vocación mártir. Aquellos ancianos y ancianas semidesnudos que nos rodeaban habían recorrido miles de kilómetros simplemente para dejarse morir en el suelo sagrado de Varanasi, a orillas del Ganges. Llevo las imágenes de aquellos ancianos más incrustadas en la retina que en la cámara. Y no tiene mérito decir que esa noche no pude dormir. El primer impulso de cualquier ser humano sería intentar ayudar a aquellas personas a sobrevivir, a sanar de sus enfermedades, a sonreír. Lo espeluznante es que ellos sonreían ante la muerte y la enfermedad.

Me pasé la noche pensando en tres ancianos que estuvieron a mi cargo, años atrás, en el programa de asistencia a domicilio de Cruz Roja donde colaboraba. Todas las mañanas, de lunes a sábado, acudía a casa de Josefa para levantarla de la cama y colocarla en la silla de ruedas. Mi trabajo consistía tan sólo en auparla de la cama a la silla, colocarle la sonda y esperar a que llegase la asistente social para dejar el caso en sus manos. Y mientras esperaba observaba a José, su anciano marido, que vivía sólo por y para Josefa, que era ya una paralítica cerebral. Josefa, desde su silla de ruedas, fijaba la mirada en la ventana, por donde entraba el sol, y a lo largo de todo el día sólo movía los ojos, muy lentamente, como la rotación de la tierra, para seguir la luz del sol hasta el otro extremo de la ventana. Como una flor. Mientras, su marido la observaba tan enamorado como el primer día. Como Sha Yahan lo estaba de Mumtaz Mahal. Josefa era todo su mundo, y lo había sido durante los últimos sesenta años. De hecho, un día que Josefa tuvo una insuficiencia cardiorrespiratoria y tuvimos que ingresarla en la UVI, José sólo resistió veinticuatro horas la soledad. Tuvimos que ingresarle también por los violentos brotes de ansiedad que padecía. Y así permanecíamos los tres mientras llegaba la asistente social. Josefa mirando a la luz, su esposo admirándola a ella y yo observándolo a él.

Los martes y jueves, después de dejar al matrimonio en manos de la profesional pertinente, acudía a casa de Pepe, un ex camarero dinámico y alegre pese a sus sesenta años y a haber sufrido una terrible amputación en sus extremidades inferiores. A Pepe lo acomodaba en la silla de ruedas, y me lo llevaba a pasear por la plaza del ayuntamiento y a su bar favorito, donde aprendí a jugar a las cartas de su mano. Confieso, sin arrepentimiento, que pese a las estrictas indicaciones de su familia, yo le permitía fumarse algún pitillito cuando estaba a mi cargo, e incluso una copita de chinchón de vez en cuando, mientras piropeaba a las estudiantes que desfilaban ante las ventanas del bar, camino de la calle Real. Pepe era un viejo verde. Tenía derecho.

Los lunes, miércoles y viernes, tras dejar la casa de Josefa, me iba a la de Bernardino, un anciano de ochenta y dos años que había sufrido una parálisis de cintura para abajo después de un infarto. Mi trabajo con Bernardino consistía en bajar a la calle su silla de ruedas y luego bajarlo a él en hombros, ya que vivía en un primer piso y no tenía ascensor. En la calle siempre lo acompañaba a dar un paseo por el barrio antes de subirlo otra vez a su casa.

Y aprendí mucho en aquellos paseos. Sobre la soledad de los ancianos. Sobre la necesidad de atención, aunque sea a base de absurdas competiciones para ver quién está más enfermo. Aprendí también mucho sobre la dignidad humana cuando cargaba con él sobre mis espaldas, y no podía evitar que su vejiga se liberase sobre mí por el esfuerzo, con la consiguiente vergüenza, pese a mis intentos por restar importancia a esas anécdotas. Y aprendí que, tengamos lo que tengamos, acumulemos lo que acumulemos, al final todos nos encontraremos en el mismo lugar: la vejez. Y allí sólo poseeremos nuestros recuerdos y la memoria de lo que hayamos vivido. Nada más nos servirá. A veces, cuando no podía contenerse por el esfuerzo, y se me orinaba encima, o simplemente cuando nos cruzábamos con algún amigo del barrio que podía caminar con sus propias piernas, Bernardino se echaba a llorar. La resignación del mutilado es una falacia. El dolor siempre permanece agazapado en algún rincón de la memoria, esperando para atacar. Entonces yo le hablaba de Pepe, el camarero sin piernas. Y le decía que debería dar gracias a Dios —yo aún era creyente— porque él conservaba las dos. Inútiles, pero suyas. Y entonces, ante una desgracia mayor, Bernardino se sentía menos desgraciado.

Cuando era Pepe el que sufría la añoranza del pasado, y se me echaba a llorar en los brazos, decía que ya sólo era medio hombre. Como si la hombría se midiese en centímetros de pierna, o de carne. Pepe había vivido durante años de sus piernas como camarero, y aquella silla de ruedas se le antojaba una cárcel. Entonces yo le hablaba de Josefa. Su cárcel era su mente. Pepe no tenía las piernas, pero tenía sus pensamientos. Josefa no tenía ni siquiera eso. Y entonces, ante una desgracia mayor, Pepe se sentía menos desgraciado.

En aquella época de mi vida aprendí que lo mejor de ayudar a quienes tienen menos que tú es que eso te hace sentirte más rico, amén de útil. Y cada vez que regresaba de un viaje por países miserables con hambres, guerras o enfermedades, me sentía millonario. No importaba que no tuviese un céntimo en el banco, la luz cortada o el teléfono anulado. Yo comía todos los días, poseía un techo bajo el que dormir, tenía una salud razonable y, sobre todo, tenía mi mente.

Pero en aquel cuarto de moribundos, a orillas del Ganges, encontré cosas que no figuraban en esta ecuación. Porque aquellos ancianos enfermos, tullidos y absolutamente pobres no necesitaban conocer una desgracia mayor que la suya para sentirse menos desgraciados. No existen. Sus sonrisas, en bocas desdentadas, y la luz que irradiaban sus ojos rompieron todos mis esquemas racionales. Aquéllos eran los parias de la sociedad, la casta más baja, la indigencia social más absoluta. En la India no existe nada peor. Y aun así, sonreían. Y la única razón por la que lo hacían era porque iban a morir en el Ganges. Lo que significaba detener el cruel ciclo de reencarnaciones hinduistas y por fin descansar en la oscuridad profunda.

Carl Sagan decía, muy acertadamente:

«Si quieres salvar a tu hijo de la polio puedes rezar o puedes vacunarlo... Aplica la ciencia». 

Pero cuando no hay vacunas, la oración al menos consuela. Compadezco a los ateos que no puedan comprender la maravillosa esperanza y el infinito consuelo que puede encontrar un creyente. En lugar de insultarlos, deberíamos envidiarlos. Nuestra soledad será mucho mayor el día que nos toque el turno de cruzar nuestro Ganges particular. 



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