EL ILUSIONISTA SAN JUAN BOSCO Y EL BRUJO NYAU


Mwanza se encuentra a unos trescientos kilómetros de la capital y es una de las fronteras de Mozambique. Es una zona ligeramente más peligrosa que el interior y sobre todo lo fue hace unos años, cuando un millón de desesperados refugiados mozambiqueños huían de la guerra y entraban en territorio malawita en busca de recursos para sobrevivir. Casi lo sufrí en mis propias carnes.

Ya había oscurecido y conducíamos por una incómoda pista de tierra batida que no permitía excesivas velocidades. De pronto pude ver, justo delante de los faros del coche, que en una curva estratégicamente situada, que obligaba a reducir a segunda las velocidades del coche, surgió un individuo armado con una enorme barra de metal o madera que intentó hacernos parar. Todo ocurrió muy deprisa. El conductor, Idif, me gritó que me echase al suelo, mientras pegaba un volantazo. No sé cómo consiguió evitar el golpe, ni a los individuos que surgían de entre la maleza cuando hundió el pie en el acelerador. La cosa quedó en un susto, pero no está de más recomendar especial prudencia a los viajeros que transiten por esa frontera tras la puesta del sol.

No dormí bien esa noche. Además, el albergue donde me alojé era muy humilde y tenía el techo de hojalata. Para colmo hubo tormenta, y la lluvia sonaba de forma infernal al golpear contra el tejado. Y por si no fuese bastante, a mitad de la noche el viento rompió una de las ventanas de mi cuarto y tuve que pasar el resto de la vigilia conformándome con una manta más. Así que a la mañana siguiente no estaba de muy buen humor. Y necesitaba toda mi capacidad de atención para conocer a uno de los brujos nyau de la región.

El aspecto de Oguedó, como el de todos los nyau, no es muy tranquilizador, y no es por casualidad. Los cascabeles de sus pies sirven para despertar a los espíritus. El traje de paja que le cubre completamente simboliza una coraza contra los ataques de otros brujos o de los «malos espíritus», y su hacha y su bastón son sus armas en el mundo invisible. Lo interesante es que, más adelante, me encontraría ese mismo uniforme en chamanes de otros continentes, que nada tienen en común con los nyau. ¿O sí?

Los brujos, hechiceros y médicos tradicionales africanos son los herederos de una tradición milenaria en la que todo vale. Unos conocimientos y unas prácticas secretas que han ido pasando de padres a hijos durante generaciones. Secretos que han permitido a estos personajes conservar su poder sobre la sociedad a lo largo de milenios. Y en muchas ocasiones, su abuso de poder y su falta de escrúpulos.

Siendo un niño, Oguedó había comenzado su formación como brujo nyau. De igual manera que sus «colegas» de profesión, había tardado años en conocer las claves de la danza, pero también los secretos de ciertas plantas y raíces, la confección de ciertos venenos y, sobre todo, el poder de la ilusión. Los brujos africanos fueron los primeros en descubrir el inmenso poder de la mente humana a través de la sugestión. Un poder que puede utilizarse a favor o en contra de los demás, dependiendo de quién sea el que contrata los servicios del hechicero.

Sin embargo, a ojos del hombre blanco, las tretas y estrategias de curación, o de maleficio, de los hechiceros, con mucha frecuencia fueron tomadas por poderes sobrenaturales. Sobre todo por los misioneros, que recordemos fueron los primeros exploradores de la historia.

Los misioneros cristianos, por definición, son personas abiertas a la creencia en lo sobrenatural. Toda su vida se basa en esa fe en la gracia santificante, los milagros, la existencia de ángeles y demonios, etc. Por lo tanto, a la hora de enfrentarse a un supuesto suceso anómalo, es lógico y comprensible que su primer impulso sea precisamente la interpretación sobrenatural. Sea para considerar aquel prodigio como una intervención de Dios, o un acto del diablo. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de misioneros o exploradores carecen de formación en el campo de la investigación de los fenómenos anómalos y del ilusionismo como para poder discernir si existe una explicación alternativa a esos supuestos fenómenos sobrenaturales. Todos menos uno. No puedo dejar escapar la ocasión de mencionar que, aunque pocos profanos lo sepan, el santo patrón de David Copperfield, Juan Tamariz, Harry Houdini y los demás ilusionistas del mundo fue precisamente un sacerdote que volvía loco a su superior con los prodigios que realizaba y que sólo otro mago podría comprender. «Está poseído, no es normal lo que hace», decía divertido el obispo al contemplar cómo aquel sacerdote, hoy santo, atraía a los jóvenes a la iglesia utilizando la fascinación del ilusionismo. Me refiero a san Juan Bosco, fundador de la orden de los salesianos. 

Juan Melchor Bosco nació el 16 de agosto de 1815 en Becchi, en una aldea del norte de Italia. Se quedó huérfano de padre con sólo dos años y se vio obligado a contribuir a la economía familiar realizando pequeños trabajos como pastor, aprendiz y saltimbaqui. Y fue trabajando entre acróbatas, actores y saltimbanquis como aprendió el oficio de prestidigitador.

Una serie de visiones en sueños le marcaron su vocación desde muy joven, y lo fantástico es que Juan Bosco utilizaba la magia para atraer a los niños a la iglesia. Después de una actuación que haría palidecer al mismo Harry Potter, Bosco pedía como remuneración oraciones. A los veinte años entró en el seminario y el 5 de junio de 1841 fue ordenado sacerdote. Desde entonces su obra social no cesó de crecer: creó patronatos y escuelas primarias y construyó basílicas.

Fundó dos congregaciones y una orden tercera —los Cooperadores Salesianos— que cuenta actualmente con más de quinientos mil miembros. Según el P. Ramón Reguart S.I.:

«Debido a su fabulosa imaginación y extraordinaria capacidad intelectual, llegó a ser un excelente prestidigitador, con el único objetivo de ganar almas por medio de la práctica de este arte». 

Juan Bosco fue un gran ilusionista hasta el día 31 de enero de 1888, que falleció en Turín, y sus restos mortales fueron depositados como sagrada reliquia en el altar mayor de la Basílica de Nuestra Señora de la Ayuda. El 2 de junio de 1920 fue beatificado y el día 1 de abril de 1934 fue canonizado por el papa Pío XI. Como consecuencia de todo esto los ilusionistas le eligieron como su santo patrón celebrando dicha festividad el día de su fallecimiento, 31 de enero, San Juan Bosco.

El Bosco jamás intentó hacer pasar sus habilidades mágicas como poderes sobrenaturales, ni siquiera para ganar conversiones. Sin embargo, en el caso de los hechiceros africanos, la cuestión no es tan sencilla como si usan o no el ilusionismo. Debemos hacer una nueva cabriola mental a la hora de adentramos en los oscuros caminos del pensamiento mágico del hechicero. Con frecuencia no es tan fácil como afirmar que sus supuestos poderes mágicos son auténticos o un fraude. De hecho, la mayoría de las veces son las dos cosas y ninguna, a la vez.

Personajes como Oguedó tienen su propio código moral y consideran que todos los medios son válidos para obtener un fin, cuando ese fin es positivo... o negativo. Las cosas no siempre son blancas y negras, sino una compleja gama de grises. Los nyau, por ejemplo, conocen los secretos de las plantas: sus maravillosas virtudes curativas y su temible poder como venenos. Saben que la combinación de ciertas hojas con determinadas raíces, mezcladas con algunas semillas, produce un ungüento, o una pomada, o un polvo que, aplicado sobre la piel o ingerido, genera una determinada reacción en el cuerpo humano o en la mente. Es un conocimiento adquirido a través de siglos de continua observación y experimentación.

Como ya adelanté en mi libro La ciencia frente al misterio (Contrastes, 1995), esos médicos tradicionales, hombres de medicina o «wanganga», como se les llama en dialecto suahili y otras lenguas bantúes, pueden «iniciarse» de muchas formas. Unos sienten la vocación en la infancia, otros en la juventud o incluso en la madurez. Algunos heredan el oficio de sus padres, otros descubren que poseen «poderes» psíquicos, etc. Tras un prolongado aprendizaje, a veces acompañado de duras pruebas físicas, el iniciado adquiere sorprendentes conocimientos sobre las posibilidades ocultas de la naturaleza, que aplicará dependiendo del problema a tratar.

No me cansaré de repetir una y otra vez que es fácil mistificar los conocimientos de los antiguos y atribuirles poderes sobrenaturales; o por el contrario, negarles cualquier capacidad arquitectónica, técnica o cultural. Sin embargo, al convivir con ellos, no cuesta trabajo descubrir que sus magníficos conocimientos, que poco tienen de sobrenaturales, se deben exclusivamente a la aplicación del método científico —a su manera— y a su estudio sistemático de la naturaleza. Y de la misma forma que la alquimia evolucionó hacia la química y la astrología hacia la astronomía, la hechicería, la magia y la medicina tradicional africana son la auténtica aplicación de fenómenos y conocimientos científicos a una sociedad primitiva. Entre ellos reina el poder de la ilusión, que nuestros científicos comienzan a comprender ahora.

Miles de años antes de que la palabra «placebo» fuese pronunciada por un médico occidental, los hechiceros africanos utilizaban a diario ese recurso mágico para sanar enfermedades. En muchas regiones de África, por ejemplo, los misioneros cristianos tuvieron mucha aceptación porque los milagros de Jesús resultaban familiares a las culturas indígenas. Ellos también tenían hechiceros y brujos capaces de reproducir, aparentemente, los milagros atribuidos a Jesús. Incluyendo la resurrección de los muertos. 



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