EL CHAMANISMO PERUANO


Viajar puede ser caro, más que nada si se recorren tantos cientos de miles de kilómetros. Y toda tarjeta de crédito tiene un límite. La mía ya estaba en las últimas cuando llegué a Lima. De hecho, para este último billete de avión tuve que echar mano de los puntos acumulados en mi cuenta como usuario de cierta compañía aérea y conseguir así un pasaje gratis. 

No quedaba dinero para más. Eso significa que tienes que someterte completamente a los caprichos de la compañía, porque a billete regalado no se le mira el asiento. Miguel Blanco había partido por su cuenta con un vuelo normal y acordamos reunirnos en Lima. 

La de Perú es una gran capital latinoamericana, que, como Buenos Aires, o México D.F., me recuerda las grandes urbes europeas, en el peor de los sentidos. La inmigración desde los pueblos y aldeas del interior ha hecho crecer la población capitalina de forma desproporcionada, y eso se nota en el paro y en la picaresca. 


El taxista que me condujo al hotel desde el aeropuerto me explicó que cuando un taxi tiene que recoger a un pasajero en cualquier barrio de Lima, la central sólo le da por radio la dirección del barrio adonde debe dirigirse. Y sólo una vez allí, le dan la dirección exacta. De esta forma intentan evitar los taxis piratas, que con escaner para interceptar la emisión de radio-taxi, «roban» los servicios a los taxis legales. Así están las cosas en Lima. 

Las infraestructuras, servicios y medios que Lima pone a nuestra disposición no los encontraremos a lo largo de la mayor parte del viaje por el país inca. Por ejemplo, me consta que sólo en las librerías de Miraflores pude haber encontrado los libros que busqué por medio país. Y si eres previsor, es aquí donde puedes cerrar el alquiler de la avioneta para sobrevolar Nazca, el pasaje para el tren de Machu Picchu, etc. Yo, como no lo soy, improviso sobre la marcha. 

De todas maneras, en la capital sí es recomendable visitar el cerro de San Cristóbal, ideal para tomar fotos panorámicas de toda la ciudad; el polémico Museo del Oro (aún no está claro qué piezas son auténticas y cuáles falsas); el Museo de la Nación, donde poder familiarizarse con las culturas Nazca, Paracas, etc., que después serían muy importantes para mi viaje; o la catedral de Lima, donde supuestamente continúan reposando los restos del conquistador español Francisco Pizarro.

El Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia necesitará un tiempo especial porque ayudará al viajero a entender por qué a Perú se le llama «el Egipto americano»: las estelas y obeliscos de la cultura Chavin, las pirámides moches, Machu Picchu, Nazca y otras maravillas. La arqueología peruana poco tiene que envidiar a la de la tierra de los faraones. 

Salimos de Lima en autobús. No existe una estación central de «colectivos», hay demasiadas compañías con horarios, precios y rutas distintas, pero para cubrir nuestra primera etapa peruana sólo hay un camino posible. Siguiendo la autopista Panamericana Sur, dejamos a nuestro paso el «kiló-metro 97», una concentración de clubes donde los peruanos, y algún viajero intrépido, bailan como si los loas de Haití los hubiesen poseído; Chicha, con más baile; el Alcatraz, que todavía deja intuir la herencia de los esclavos africanos; y Pisco, donde el alcohol es arte porque, digan lo que digan los cantantes de Maná, el aguardiente que lleva el nombre de la ciudad es sin duda peruano. Cualquiera se atreve aquí a decir que es chileno... 


A tres horas de autobús desde Lima, en Pisco, además de un licor fantástico, nos espera el primer gran misterio de mi lista: el signo de «las tres cruces», más conocido como el «tridente» o «candelabro» de Paracas. Rotundo. Inescrutable. Irritante. Fascinante. Provocador. Un misterio de más de ciento ochenta metros de largo, y origen desconocido. La técnica de su construcción, no obstante, no es un enigma, ya que básicamente se trata de un surco profundo en la tierra, de un metro de profundidad originalmente. Es verdad que la base cristalina de color blanco amarillento del surco en otro tiempo sin duda le hizo reflejar los rayos del sol, dándole más esplendor. 

Su inclinación de cuarenta grados con respecto al mar lo hace perfectamente visible desde el océano, y a una considerable distancia, lo que ha hecho que algunos sugieran que su uso podría ser el de un faro. Claro que esto es un poco absurdo ya que la función de los faros es señalar la presencia de la costa, y es necesario avistar la costa para poder ver el candelabro. Es tan evidente que da pudor, pero el candelabro se construyó para ser visto, no para señalar otra cosa. 

Cuanto lo contemplé por primera vez, no pude evitar relacionarlo con las célebres líneas de Nazca, que están ya muy cerca. Otros vincularon ambos misterios antes que yo, aunque ya en ese primer vistazo al tridente caí en la cuenta de que resulta un poco absurdo relacionar el candelabro de Paracas con las lineas de Nazca y a continuación afirmar que son figuras hechas para ser vistas desde el aire. Yo estaba viendo el tridente desde la popa de la lancha, así que, al menos en lo referente a él, lo de hecho para ser visto desde el aire, nada de nada. 

Para ver el candelabro de Paracas lo mejor es aprovechar cualquiera de las excursiones que salen desde el puerto de Pisco hacia las islas Ballestas. Puedes esperar y buscar sitio en cualquiera de las lanchas de turistas que comienzan a zarpar hacia las islas Ballestas a las siete de la madrugada, o intentar convencer a algún pescador para que te lleve. Si se decide esta opción, sugiero continuar de todas formas hasta las «Galápagos pobres» porque merece la pena admirar la increíble fauna que se da cita en esas islas. 

Igual que las focas monje, por razones desconocidas, dijeron que se quedaban en el litoral de Mauritania, en la islas Ballestas podemos admirar los nutridos harenes de los exuberantes leones marinos, las reconocibles aletas de mis queridos delfines, los difamados «pájaros bobo» y hasta pingüinos. Ante tal variedad de especies, insólitas a ojos profanos en estas latitudes, creo que en ese momento ver un Yeti asomando por las Ballestas me parecería lo más normal del mundo. 

Un consejo a los novatos: no es prudente gastar todo el carrete en los primeros cinco minutos, ni en la primera isla, ni en la primera colonia de leones marinos... Te vas a hartar de hacer fotos y sería una pena quedarse sin película, o sin tarjeta de memoria, al encontrarte los mejores ejemplares, que están más alejados. 

A la ida, el candelabro de Paracas queda a babor. A la vuelta volverás a encontrártelo, esta vez a la derecha, esperándote. Para volver a gritarte descarado: 

«¡Eh!, aquí me tienes. Como hace cientos de años. ¿Vas a descifrarme tú?». 

El candelabro me lanzó el guante, desde la loma, y yo se lo cogí al vuelo. Los retos me pueden, aunque sean tan imposibles de vencer como aquél. 

Cuando el tridente de Paracas iba menguando en la popa de la lancha, pensé en el Gigante de Atacama, la figura antropomorfa más grande del mundo, con sus noventa y cinco metros de longitud, y que se encuentra en Chile. Tanto su ubicación, en la loma de una colina, con su ángulo de inclinación similar al del candelabro, como la técnica con que se realizó, un surco en el suelo, recuerdan poderosamente al tridente, que se hacía cada vez más y más pequeño. 

El Gigante de Atacama representa al dios andino Huiracocha y fue realizado en el siglo X. ¿Representará también el candelabro de Paracas a un dios? 






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