SIJISMO: LA QUINTA RELIGIÓN DEL MUNDO


Y si la vieja Delhi tiene mucho que ofrecer al viajero, la Nueva Delhi no le va a la zaga. Hay suficientes mercados, museos y templos como para pasarse semanas enteras disfrutando de cada rincón de la capital. Como la Puerta India, un arco triunfal de cuarenta y dos metros donde se han tallado los nombres de los ochenta y cinco mil soldados hindúes muertos en la Primera Guerra Mundial, y donde se mantiene, además, encendida una llama que recuerda a los muertos de la guerra de 1971 con Pakistán. Todo un monumento a la estupidez humana y a su mayor expresión: la guerra. O el majestuoso templo de Vishnu, que parece un gigantesco pastel de crema y caramelo, y que ofrece las mejores fotografías al atardecer, cuando la iluminación interior confiere un aspecto fantasmagórico a la fachada, presidida por dos grandes esvásticas. No es difícil escucharle a algún turista ignorante que los hindúes son nazis. En realidad fueron los nacionalsocialistas de Hitler quienes usurparon ese símbolo religioso ancestral para encabezar su diabólica guerra racial, tan influenciada por el paganismo indoeuropeo.

Sin embargo, entre todas esas visitas, yo tenía especial interés por una: el templo de una nueva religión, que pese a su escasa antigüedad se ha extendido rápidamente por todo el mundo. Hasta el punto de presentarse como la quinta religión más importante del planeta.

«El sijismo no es una mezcla o reproducción de anteriores religiones, sino una nueva revelación en su totalidad. Las enseñanzas que los gurús dieron a este mundo llegaron directamente a ellos de Dios, lo cual confirman los gurús. Esta palabra viene de El, Quien ha creado el mundo», escribió Gurú Nanak, pilar teológico de este sorprendente culto.

Sij significa «discípulo», y es muy fácil reconocer a los discípulos de esta religión entre la sin par amalgama colorista que caracteriza las calles de la India. Su cuidado aspecto, siempre barbado en los varones, su característica pulsera, su rictus circunspecto y, sobre todo, su particular turbante los hacen inconfundibles, tanto en las calles de Nueva Delhi como en cualquier otra parte del mundo. Y es que Gurú Nanak, fundador del culto sij en el siglo XV, consideraba que ninguna comunidad sirve con mayor eficiencia a los objetivos comunes que una debidamente uniformada y con conciencia de clan:

«Las personas que llevan uniforme y tienen aspecto disciplinado son mejores para conseguir unidad de propósito y adquirir un sentido real de hermandad que aquellos que no han establecido sus propias normas». 

Un argumento demasiado castrense para mi gusto.

Gurú Nanak nació en 1469 en un pueblo cercano a la ciudad de Lahore. Concretamente en Talwandi, hoy llamada Nankana Sabih. Y ya desde su infancia se convirtió en un inconformista rebelde para todo lo relacionado con las supersticiones características del hinduismo o del islam. Gurú Nanak abominaba del sistema de castas, de los rituales sangrientos o de prácticas radicales como los sati (inmolación de la viuda junto al cadáver de su marido durante la incineración). Y ofreció una alternativa al hinduismo y al islam: el sijismo. Tanto el Gurú Nanak como los nueve gurús que le sucedieron en el liderazgo de la creciente comunidad sij dieron un ejemplo de rectitud, moralidad y sabiduría durante casi tres siglos. A saber: 

Gurú Nanak Dev (1469-1539)
Gurú Angad Dev (1504-1552)
Gurú Amar Das (1479-1574)
Gurú Ram Das (1534-1581)
Gurú Arjun Dev (1563-1606)
Gurú Hargobind (1595-1644)
Gurú Har Rai (1630-1661)
Gurú Harkrishan (1656-1664)
Gurú Tegh Bahadur (1621-1675)
Gurú Gobind Singh (1666-1708) 

Ese liderazgo espiritual, similar al papado católico, concluyó con el último de ellos: Gurú Gobind Singh, quien inició la ceremonia del bautismo sij en 1699, dando lugar a un «sacramento» de especial importancia para esta religión desde entonces. El mismo Gurú Gobind Singh ofició los cinco primeros bautismos del culto a cinco sijs conocidos desde entonces como panj pyare (los «cinco amados»), y a continuación pidió a los discípulos que le bautizasen a él. A partir de entonces el amrit (bautismo sij) es un ritual fundamental en esta religión, accesible para toda persona, sin distinción de raza, sexo, edad, nacionalidad... o casta.

Poco antes de su fallecimiento, el Gurú Gobind Singh ofreció otro elemento que persiste desde entonces para este culto. Tras su muerte no se renovaría el liderazgo religioso encarnado en un nuevo gurú, sino que a partir de su desaparición la última autoridad espiritual sij se limitaría al Gurú Granth Sabih o Libro Sagrado.

Antes de penetrar en el templo sagrado de los sijs en Nueva Delhi, Gurudwara Rakab Ganj, el custodio me invitó amablemente a que me descalzase y a que cubriese mi cabeza con un pañuelo que presentaba los símbolos característicos de esta comunidad en la India. Es un precio muy bajo el que me exigen para poder contemplar y fotografiar el Libro Sagrado y el interior de uno de estos exóticos recintos espirituales.

Atravesé una gran plaza exterior al templo, donde pude observar a docenas de hombres, mujeres y niños orando o charlando respetuosamente. Llama la atención que las ropas, joyas y hasta los turbantes que lucen aquellas personas revelan inmediatamente su diferente extracción social. Sin embargo, en el templo sij no existen castas ni estratos sociales superiores o inferiores, algo impensable en ningún templo hindú.

«Donde fueres haz lo que vieres», me decía mi abuela. Así que al entrar en el templo me arrodillé respetuosamente para saludar el pequeño «altar» que preside el centro del habitáculo. Se trata de una especie de trono en el que se conserva el Gurú Granth Sabih o Libro Sagrado de los sijs). El Gurú Granth Sabih fue compilado y editado en 1604 por el quinto gurú en la línea de sucesión de Gurú Nanak, Gurú Arjun Dev, dos años antes de su muerte. Dicen de ella los devotos que se trata de la única Sagrada Escritura del mundo recopilada por los mismos fundadores de una religión durante su propia vida. Claro que los bahais de la vieja Delhi dicen lo mismo. Desde ese instante el Libro Sagrado preside todos los templos sijs de mundo, y se considera objeto de respeto y especial veneración.

Por esa razón a los visitantes del Gurudwara de Nueva Delhi se nos insistía mucho en que tanto al entrar como al salir del templo, e incluso al desplazarnos por su interior, tuviésemos cuidado en no dar jamás la espalda al Gurú Granth Sabih. El Libro Sagrado sintetiza las creencias, dogmas y rituales que caracterizan a la quinta religión del mundo. Una religión radicalmente monoteísta que contrasta con los trescientos millones de dioses existentes en el hinduismo.

«Oh espíritu mío, tú eres la encarnación de la luz, conoce tu esencia. Oh espíritu mío, el Señor está siempre contigo a través de la palabra del Gurú. Disfruta su Amor, conociendo tu esencia conoces a tu Señor y conoces el misterio de la vida y de la muerte», dice Gurú Granth Sabih, (página 441). 

Teológicamente el sijismo presenta importantes diferencias doctrinales y litúrgicas respecto a sus religiones vecinas (hinduismo, islam y budismo). El espíritu individual del hombre es el objeto de esta religión, que abomina de la pluralidad de dioses, del celibato, la penitencia, o el sufrimiento gratuito. Más aún, a diferencia de otras religiones orientales, los sijs manifiestan una gran preocupación por el «más acá» y por los problemas sociales, siendo sus primeros diez gurús un ejemplo de liderazgo espiritual a la vez que de un compromiso social y «material» con sus contemporáneos. Por esa razón los sijs no discriminan, ni siquiera en positivo, a pobres o ricos. Todos, hasta los terratenientes más adinerados, son valorados de la misma forma que los pobres, otra diferencia teológica importante de la máxima cristiana «Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el Reino de los Cielos» (Marcos 10:25), ya que «aquellos que están en armonía con el Señor, por la gracia del Gurú, alcanzan a Dios en medio de Maya (o mundo material)» (Gurú Granth Sabih, página 921). 0, como diría un viejo proverbio ruso: «Reza, pero no dejes de remar hacia la orilla». 

El sagrado Gurú Granth Sabih enuncia todas las virtudes que debe mostrar en su vida el buen «devoto» o sij, como no fumar ni consumir drogas que obnubilen la mente, no disfrutar de la calumnia, la falsedad o la mentira, vivir la castidad moral y la total condena del adulterio o llevar una vida honesta en la comunidad: «La verdad es valiosa, pero todavía más valioso es el vivir honestamente».

El código de conducta sij, conocido como Sij Rehat Maryada, recoge otros «mandamientos» importantes como son: 

—Naam Japo: invocar o meditar constantemente sobre Dios, «pues un cuerpo yace muerto sin la vida, y la vida misma yace muerta sin Naam» (nombre de Dios).

—Kirat karo: ganarse el sustento por métodos honrados y honorables.

—Vand Chhaki: «En nombre de Dios compartir el futuro de tu labor y trabajo como expresión de amor y compasión con la humanidad.» 

En contrapartida se enumeran los cinco vicios que corrompen el corazón de los pecadores en el culto sij: lujuria, cólera, opulencia, codicia y orgullo. Antes de abandonar el templo creyentes y visitantes somos agasajados con el karah parshad, un delicioso dulce hecho de sémola, mantequilla, agua y azúcar que se reparte entre los asistentes tras cada oficio religioso. Exquisito pero pringoso. Lo llamativo es que, a diferencia de lo que ocurre en otros templos espirituales que visitamos en el norte de la India, en el caso de los sijs la cocina no está limitada a las mujeres. Devotos y devotas comparten por igual las tareas litúrgicas, y entre todas ellas la cocina tiene un valor especial. Esos comedores ofrecen una ordenada anarquía en la que hombres y mujeres, pobres y ricos, señores y sirvientes, comparten el alimento sin distinción de razas, credos o nacionalidades. Para los sijs, como para otros muchos cultos religiosos, «un estómago vacío no puede pensar en Dios». Inevitable recordar en ese momento al Chej de Atar, que había conocido en Mauritania.

En el hinduismo, como en otras religiones, las tareas domésticas estaban limitadas a las mujeres. Por contra, tanto en este como en otros aspectos, el Gurú Nanak presentó una auténtica revolución teológica:

«Se considera que la mujer tiene la misma alma que un hombre y el mismo derecho a crecer espiritualmente y atender la congregación religiosa y recitar los himnos divinos en el templo. Puede también ser elegida para participar y celebrar todas las ceremonias, incluido el bautismo». 

Es decir, la mujer sij tiene mayor presencia en la teología incluso que la mujer católica, que, a diferencia de lo que pasa en este culto, no puede impartir sacramentos.

Este detalle, que a las activistas feministas occidentales podría parecer una minucia, encierra un importante reflejo social, ya que el Gurú Nanak, amparándose en estos principios teológicos, abolió en la religión sij una serie de tradiciones milenarias que sin embargo todavía persisten, de una forma u otra, en el hinduismo, como el considerar desgracia el nacimiento de una hija, las dotes para casarlas o los abominables satis.

Sin embargo, no podemos evitar mencionar que el carácter audaz y guerrero de los sijs y el hecho de ir siempre armados según sus preceptos religiosos han originado muchos enfrentamientos violentos entre éstos y los fieles de otros cultos en el subcontinente. No olvidemos que un sij asesinó a Indira Gandhi, y que entre sus cinco preceptos sagrados figura portar un arma. Eso nunca es bueno.

Todos los sijs se caracterizan por cinco elementos que definen su estética y, de alguna manera, simbolizan los cinco pilares de su filosofía de vida. Son las cinco k: 

—Kes: pelo y barba larga, que puede ser recogido bajo el turbante y nunca cortado.

—Kanga: peine para limpiarse el cabello y las barbas, que pueden ser recogidas también a lo largo de la cara.

—Kachha: ropa interior característica: un pantalón corto de guerrero que se portará debajo de la ropa «normal».

—Kara: pulsera de acero en la muñeca para recordar al creyente las enseñanzas del gurú. Suelen ponérsela cuando son niños y con el crecimiento del cuerpo ya no podrán sacársela nunca más en la vida.

—Kirpan: espada o puñal para la autodefensa y símbolo del poder, dignidad y espíritu invencible de los sijs y su compromiso de defender al débil. 

Es precisamente el kirpan, cuchillo o espada que debe portar consigo todo miembro de la comunidad sij, el más controvertido de sus símbolos. Sobre todo después de los atentados del 11-S, que originaron infinidad de problemas legales a los sijs de todo el mundo, especialmente en los aeropuertos internacionales.

A título de anécdota, resulta significativo que recientemente, durante la celebración del cuadringentésimo aniversario de la fundación de la religión sij en Amristar, la empresa helvética Victorinox, famosos por su producción de la conocida navaja suiza, ha sacado al mercado un kirpan especialmente destinado a la comunidad sij internacional. Sabedores de que tan sólo en la India hay más de diecinueve millones de sijs, y que todos deben portar un cuchillo o puñal, los fabricantes de la conocida navaja multiusos han comercializado un tipo de sable corto diseñado por la filial española de Victorinox incorporando un adorno de cobre y un esmalte de diseño que se venderán a partir de ahora en todos los gurdwaras o templos. ¿Oportunismo o facilidades para la devoción? Para que luego nos quejemos del comercio indiscriminado de la imaginería católica.

Dejando a un lado su afición a los uniformes y a las armas, aunque sean blancas, hemos de reconocer a los sijs el mérito incuestionable de sus reivindicaciones sociales. Sobre todo en el caso de las mujeres. Ciudadanas de segunda o de tercera regional, las mujeres viven una situación espeluznante en buena parte de la India. Y no podía sacarme de la cabeza esa horrible realidad social al dejar el templo sij y cruzar un cercano barrio residencial de Nueva Delhi, donde ahora vive Phoolan Devi, la Reina de los Bandidos, a pocas manzanas del templo sij.

Phoolan Devi nació en una aldea pobre, en una familia pobre y en una casta pobre. A los once años y sin haber pisado una escuela, como es tradición en la «capital mundial de la espiritualidad», fue dada en matrimonio a un hombre mucho mayor que ella por una dote compuesta por una vaca vieja y una bicicleta más vieja aún. Fracasada como precoz esposa fue repudiada, y a los trece años entró en prisión por primera vez, acusada de haber robado unos garbanzos en una finca familiar. Al salir de la cárcel, Phoolan Devi fue secuestrada por un grupo de bandidos y violada por veintidós de ellos. Lo que la convirtió en un personaje de leyenda y del celuloide que terminó fundando su propia banda de ladrones y, según dicen, asesinando uno por uno a sus veintidós violadores en 1981. Ella negó haber dirigido a los asesinos, pero se entregó a la policía en Madhya Pradesh en 1983. Tras su encuentro con la justicia, se sumó al partido Samajwadi, que representa a las castas bajas.

Convertida en una especie de Robin Hood hindú, y devota de la diosa Kali desde que conoció a un místico baba en las montañas, pasó varios años liderando su propia cuadrilla de bandoleros, lo que le mereció el título de Reina de los Bandidos, ya que robaba a los más ricos para ayudar a los parias de su casta. Hasta que fue detenida y pasó trece años en prisión. Liberada gracias a la presión popular, se convirtió en una heroína para sus compatriotas, que la eligieron miembro de la Cámara Baja del Parlamento en 1996. Perdió su escaño en 1998 y regresó en 1999.

En 1994 su vida fue llevada al cine. Pero, probablemente, si en lugar de hinduistas su familia y vecinos hubiesen sido sijs, Devi nunca habría sido vendida a un marido desconocido con once añitos de edad; no habría sido repudiada, ni secuestrada, ni violada por veintidós miserables. Y no se habría convertido en la Reina de los Bandidos. 







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