MAURITANIA: EL HOMBRE SANTO DE ATAR


Si hay alguien divinizado en el mundo árabe son los marabúes y los chej. En mis viajes por numerosos países de tradición islámica he encontrado diferentes traducciones para estos términos, aunque en todos los casos se trata de hombres, rara vez mujeres, rodeados de una aureola de santidad y misterio, que nada tienen que envidiar a nuestros santos cristianos. Y si en Mauritania existe uno relevante es el Chej de Atar. 

Despegué del aeropuerto de Nonuadhibou a las 15:27 y aterricé en el de Atar a las 16:15. Por tierra, a través del desierto, habría tardado una eternidad en llegar a esta ciudad de veinticinco mil habitantes, situada en la antigua ruta de las caravanas. Allí volvería a encontrarme con cooperantes y voluntarios españoles que desarrollan su labor humanitaria en diferentes puntos del Sáhara. Médicos Sin Fronteras, AECI, Tierra de Hombres, Cáritas, Médicos Mundi o mis antiguos compañeros de Cruz Roja Internacional tienen diferentes proyectos en todo el norte de África, y en Atar se encontraba, en ese momento, un nutrido grupo de periodistas desplazados a Mauritania para informar sobre el trabajo de dichas organizaciones de la mano de Pedro Fusté. Me uní a ellos.

En Atar nos alojamos en el albergue Le Mehariste, pero no había camas para todos. Así que las damas ocuparon los dormitorios, los caballeros la jaima improvisada en el patio interior, y como ya no quedaba sitio, Pedro Fusté y yo nos fuimos a dormir al raso, en el tejado del albergue. Pedro es un tipo duro, curtido en el trabajo social por toda África. Creo que ni el marine más veterano, ni el GEO más endurecido, ni el comando más entrenado, tiene los huesos más curtidos que este cooperante que se ha dejado la salud en todas las hambrunas, sequías y conflictos de Africa. 

Yo disponía de mi saco de dormir, pero Pedro sólo tenía una ridícula manta de las que regalan en los aviones, y con ella pasó la noche tan ricamente, mientras los murciélagos aleteaban sobre nuestras cabezas y nos comían vivos las chinches africanas. Por la mañana nuestro aspecto no era el más atractivo precisamente. Los insectos se habían cebado con nosotros durante toda la noche. Conmigo más que con Pedro, que debe haber desarrollado algún tipo de anticuerpo natural contra esos bichos. Gajes del viajero. Pero era un precio barato por continuar mi viaje en busca del secreto de los dioses. 

Allí pasamos varios días. Y entre los periodistas y cooperantes que nos encontramos en aquel apartado rincón del mundo se creó una camaradería extraña, poco habitual entre un gremio tan competitivo. En general no me gustan los periodistas y no tengo una buena opinión sobre esta profesión. Sin embargo, entre los cámaras, fotógrafos y reporteros de Antena 3, TVE, Tele 5, Telemadrid, Onda Cero, Cope, etc., allí desplazados nació un vínculo que hemos mantenido con el paso del tiempo. «Los locos de Atar», nos bautizamos. Y doy fe del extraordinario fenómeno que se daba cada día, cuando los periodistas se desplazaban para cubrir las incidencias de la misión humanitaria. Lejos de entorpecerse unos a otros, de competir por el mejor tiro de cámara o la mejor fotografía, los reporteros se prestaban una colaboración que sorprendió hasta a los coordinadores de Mano a Mano e Iberia, que habían facilitado el transporte de los reporteros hasta Mauritania. Estoy seguro de que la bondad, como la maldad, son contagiosas. 

Presenciar el esfuerzo con el que los ópticos primero, y los dentistas después, desplazados al Sáhara por la Ruta de la Luz, hacían su labor conseguía sacar lo mejor de cada uno de nosotros. 

Una noche, reunidos en el albergue, y después de que los periodistas hubiesen enviado sus respectivas crónicas, surgió la inevitable tertulia. En las noches del desierto, sin radio ni televisión, el viajero puede volver a sentir el placer de la conversación al calor de la lumbre y saboreando los típicos tres tes del desierto. El primer té se sirve «amargo como la vida», el segundo «dulce como el amor» y el tercero «suave como la muerte». 

La conversación evolucionó desde el trabajo de los voluntarios hasta las duras condiciones de vida de los nómadas. La marginal situación de la mujer y la rigidez de la ley islámica dieron paso a elucubradas conjeturas sobre el origen de las religiones, sus mitos y la historia de la humanidad. Y como no podía ser de otra forma, alguien sacó a colación las nuevas teorías que suplen a los viejos mitos 

—¿Y si ni Roma ni el Vaticano tuvieran razón? ¿Y si Yahvé y Alá sólo fueron una inteligencia un poco superior a la humana, pero nada de divina? En la Biblia, en el Corán, en los libros sagrados de la India... en todas las culturas hay pruebas de la presencia de inteligencias superiores en el origen de las civilizaciones. ¿Quién te crees que construyó las pirámides de Egipto? ¿O las estatuas de la isla de Pascua? ¿O las pistas de Nazca? Además, el Vaticano lo sabe, y lo oculta. Hay otros seres inteligentes en el universo y nos visitan. 

El speech de mi compañero de viaje, cámara de televisión, podía sonar absurdo en la sobremesa de un lujoso restaurante europeo, o en la tertulia del café, pero en medio del desierto, sumidos en la magia y el misterio del exótico Sáhara, hasta las conjeturas más audaces pueden sonar verosímiles. 

Al fin y al cabo, mi interlocutor representaba a un amplio sector de la población occidental, descreído de las religiones convencionales y al que resulta más fácil imaginar a una astronauta alienígena cruzando el universo en una nave espacial para instruir a los atrasados primates de un planeta azul, que conceptos teológicos abstractos como la Santa Trinidad, o la Gloria de Yahvé. Y ese fenómeno cultural, de empatía tecnológica, es el que ha convertido las audaces teorías sobre el origen extraterrestre de nuestra historia en una alternativa razonable a la religión para cada vez más occidentales. Por supuesto, el mito de que la Santa Sede conoce ese y otros secretos y lo oculta es mucho más popular aún. Pero ¿y si tuviesen razón? 

—¿Sabíais que se han encontrado jeroglifos con aviones en Egipto? ¿Y piedras grabadas en Perú con pájaros metálicos prehistóricos? ¿Y objetos antiguos que no tienen explicación, como las pilas eléctricas de Bagdad, calaveras prehistóricas con agujeros de bala o hasta tornillos fosilizados, aquí mismo, en el Sáhara? ¿Y qué me decís de las pinturas rupestres de extraterrestres que hay por todo el mundo? Muy cerca de aquí, en Tassilli, hay muchas... 

Las sonrisas irónicas dejaron paso a un silencio expectante, que yo disfrutaba divertido. Porque, pese al descontento de la comunidad científica y religiosa para con ese revisionismo de la historia, que pretenden los partidarios de tan atrevidas teorías, es un fenómeno incuestionable que cada vez más occidentales las consideran como una explicación alternativa a la presencia del hombre en la tierra y al origen de todas las religiones conocidas ¿Y si fuese así? ¿Y si a lo largo de todo el planeta se hubiesen desperdigado las piezas de un gigantesco puzle que, una vez compuesto, nos obligase a replanteamos todas nuestras creencias? Para acabar de azuzar la polémica, una de las cooperantes nos mostró, a mí al menos, una interesantísima pieza arqueológica que otro cooperante acababa de traer de Sudamérica. Visto en el contexto de una conversación tan aventurada, aquella figura, de diez por cinco centímetros, parecía realmente la representación de un astronauta pero en el folclore antiguo. Esta estatuilla encajaba como un guante en el discurso de mi compañero y en el conjunto de supuestas evidencias sobre la presencia de inteligencias no humanas en la historia. ¿Pero es lo que parece? ¿Un astronauta con su casco y su mochila a la espalda? Aún tardaría unos meses en averiguarlo. 

Prometo solemnemente que no me asusta esa posibilidad. Siempre he pensado que el buscador sincero debe desnudarse de prejuicios y estar dispuesto a aceptar la verdad, sea cual sea. Y si mi búsqueda de Dios implicaba olvidar todo lo que había aprendido sobre el origen de la religión y buscar en la arqueología o en la historia la pista de esos otros dioses, estaba dispuesto a hacerlo. Desgraciadamente, las mismas dudas racionales que me impedían aceptar a priori cualquier tipo de fe en un sistema doctrinal teológico me dificultaban la creencia en dioses extraterrestres. Necesitaba pruebas, pero estaba dispuesto a dejarme la piel en encontrarlas en cualquier rincón del planeta. Y un buen comienzo podía ser acudir a los líderes religiosos que, con sus consejos, condicionan las creencias, y por tanto la conducta, de millones de seres humanos. Y en Atar tenía a uno de ellos. 

Había oído hablar mucho de los supuestos poderes sobrenaturales de los marabúes. Mi amigo Ahmed me había contado cosas increíbles al respecto. El joven universitario mauritano afirmaba, por experiencia propia, que esos individuos prodigiosos eran capaces de levitar, de materializar objetos, de curar enfermedades mortales... Y nada de ello gracias a méritos propios, sino al infinito poder de Alá, el Compasivo, el Misericordioso. Dios les escogió entre los demás mortales para dar un testimonio de su poder y ellos aceptaron esa misión. Más o menos lo mismo que dicen los cristianos de sus santos, beatos y místicos. O los budistas. O los judíos. O los hinduístas... 

En otros países, como Túnez, los marabúes eran héroes locales, normalmente antiguos líderes guerreros que peregrinaron a La Meca y que terminaron asentándose en otros países, donde echaron raíces y murieron. Una especie de caballeros templarios o teutones, pero del islam, salvando las diferencias. Yo mismo he tenido la oportunidad de visitar algunas de sus veneradas tumbas por el norte de África. Sin embargo, en el oeste, intuyo que por la influencia animista del África negra, sus características teológicas son diferentes. Y un ejemplo excelente es el Oran Marabú de Atar. El Chej Ely-cheij Oulol Moma. 

El Chej de Atar es un personaje muy venerado en todo el mundo árabe. Y no sólo por musulmanes. Durante su visita oficial a Mauritania, Sus Majestades don Juan Carlos I y doña Sofía, reyes de España, solicitaron una audiencia con el Chej. Los reyes españoles habían oído hablar de los portentosos poderes sobrenaturales del Gran Marabú, y quisieron conocer personalmente a tan insólito personaje. En mi libro Los expedientes secretos (Planeta, 2001) ya expliqué la curiosidad de Su Majestad doña Sofía de Borbón por el mundo de lo místico. 

También el rey Hasán de Marruecos había sido recibido por el Chej tras esperar durante un día entero a que el santón dejase sus oraciones para atenderlo. Tuvo mucha suerte. El rey de Mauritania tuvo que esperar dos días enteros antes de pedir consejo al santón. Y es que el Chej no se deja impresionar por las coronas. Su trato con reyes, presidentes o jeques del petróleo es el mismo que dispensa a los camelleros, a los pescadores o a los mendigos. Pero el hecho de que se pemitiese el lujo de hacer esperar dos días a un rey antes de concederle una audiencia ilustra gráficamente la relevancia social y religiosa de este «Santo Padre» del Sáhara. 

En realidad tengo que agradecer al comandante Quique Arnao, quien posee innumerables contactos en Mauritania a causa de sus continuos viajes por el desierto, la posibilidad de conocer al Chej de Atar. Conocía mi profundo interés por los fenómenos de la religión, y me localizó en el albergue, junto con Pedro Fusté y los periodistas españoles, a primera hora de la mañana. 

—Manuel, no te hagas ilusiones, pero hay una posibilidad remota de que el Chej nos dé una audiencia a partir de mañana. Si quieres entrar en su palacio necesito que me dejes una tarjeta tuya o algún documento para que lo examine y decida si podemos entrar... 

La verdad es que el ofrecimiento del comandante Amao me sorprendió por dos razones. En primer lugar porque me parecía imposible que donde reyes y presidentes han necesitado largas jornadas y esperas, yo pudiese acceder con tanta facilidad. Y en segundo lugar porque me constaba que en Atar no había forma de comprobar mis antecedentes ¿Para qué quería entonces el Chej una tarjeta, o un documento con mi foto? ¿Acaso, como me había contado Ahmed, el Gran Marabú pensaba «percibir» en esos objetos la conveniencia o no de concederme la audiencia? Lo ignoro. Sin embargo, por una razón u otra, el Chej de Atar accedió a recibirnos, y un día después tendría la fortuna de conocer a uno de los personajes más carismáticos del desierto del Sáhara. 

Por la mañana muy temprano nos reunimos Enrique, Miguel Ángel (un médico español voluntario en Mauritania, que llevaba años esperando esta oportunidad) y yo. Nos dirigimos al palacete del Chej, en las afueras de Atar. Tuvimos que entrar en el palacio por la parte trasera, cerca de la piedra sagrada que se encuentra en uno de los muros del palacio, erosionada por el tacto de miles de peregrinos, ya que la puerta principal estaba llena de devotos que hacían guardia con la esperanza de poder ver al Chej, aunque fuese sólo fugazmente. 

Aunque no sea el caso de Elycheij Oulol Moma, muchos curanderos y santones africanos han hecho verdaderas chapuzas con sus enfermos, y los ópticos de la Ruta de la Luz son testigos de esas carnicerías. Como cuando un brujo o santón tradicional se atreve a «operar» unas cataratas utilizando una cuña de madera y una piedra, a manera de martillo, para saltar las cataratas de un enfermo, dejándolo ciego las más de las veces. Lo que demuestra que, pese a la aureola de exotismo y misterio que rodea a los hechiceros y médicos tradicionales, no siempre son conocedores del mejor remedio para sus pacientes. Sólo en las entrañas del África negra conocería casos de mayor incompetencia, como los de brujos aborrecibles que creen que amputando el pene de un niño virgen se pueden confeccionar afrodisíacos infalibles para viejos impotentes. 

En otras ocasiones son la ignorancia y la fe ilógica del enfermo, y no directamente las malas artes del senador, las responsables de su empeoramiento. En el Sáhara, por ejemplo, los devotos de un santón, como el de Atar, llegan a utilizar puñados de la arena que ha pisado el Chej para aplicarlos directamente sobre las heridas o los ojos de un ciego, convencidos de los poderes milagrosos del suelo pisado por un elegido de Alá. De hecho, algunos médicos y optómetras de la ruta de la luz me explicaron que, dejando de lado la atracción folclórica de los curanderos africanos, todos ellos habían atendido casos terribles debidos a la superstición irracional de los creyentes. Naturalmente, esa barbaridad provocaba graves infecciones que terminaban por hacer irreversible la incipiente ceguera. Así que llegamos al palacio del santón protegidos por una prudente coraza de escepticismo. 

Atravesamos los establos, rodeados de ovejas, camellos y vacas, y me llamaron especialmente la atención unos hermosos dromedarios blancos que eran el orgullo de la cuadra. En tan pintoresco contexto, tuvimos nuestro primer encuentro con el Chej de Atar, que aparentaba unos sesenta y cinco o setenta y cinco años. Vestía completamente de blanco, salvo sus calcetines color crema y sus sandalias marrones. Su piel oscura, maltratada por el sol del desierto, hacía resaltar más su enorme sonrisa y la profundidad de su mirada, que, aquejada de unas incipientes cataratas, confería mayor misterio a sus ojos oscuros. Inmediatamente, Miguel Angel, el médico, ofreció al Chej la posibilidad de acompañarnos al hospital para hacerle una revisión visual Sin dejar de sonreír ni un instante, el Chej nos miró uno por uno y nos respondió que no era necesario: 

«Yo no os miro con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del espíritu». 

Después de una breve conversación de diez minutos, según mi reloj, el secretario y el sobrino del Chej nos invitaron a seguirles, y cruzamos todo el fastuoso palacio. Un lujo y una opulencia que nada tendrían que envidiar al Vaticano, y que contrastaba con la austeridad de la ciudad de Atar. Allí averiguamos que la mayoría de las casas que rodeaban el palacio también pertenecían al Chej quien daba un techo a los pobres y los alimentaba, dando además educación a los niños más desfavorecidos. 

El pastor metodista Guillermo Booth, fundador de la secta cristiana Ejército de Salvación en el Londres de 1885, solía decir que «un estómago vado no puede pensar en Dios». Y da igual que el hambriento sea cristiano, musulmán, animista o judío. El Chej de Atar, como todos los grandes marabúes del Sáhara, lo sabe. Por eso primero atiende las necesidades físicas antes de impartir formación religiosa. 

Una vez en el interior de la residencia, fuimos acomodados en una gran sala, donde se encontraba un jefe tuareg, que también había obtenido una audiencia del Chej y había sido invitado a comer con nosotros. Nos acomodamos sobre las espectaculares alfombras, rodeados de confortables cojines, esperando que el Chej se reuniese con nosotros. Sin embargo, su sobrino nos explicó que el Gran Marabú, a pesar de la opulencia de su palacio, no utilizaba ninguno de sus lujos. Duerme en una esterilla, sobre un lecho de arena del desierto, come austeramente y no se sienta más que sobre el suelo, o sobre la tierra de su país. Sin embargo, para sus invitados se cocinan los manjares más exquisitos, y no tardamos en comprobarlo. 

Un joven sirviente nos ofreció la posibilidad de lavarnos con una hermosa palangana de plata labrada, sobre la que colocábamos nuestras manos mientras él derramaba un chorro de agua desde la estupenda jarra artesanal que portaba. Contra lo que se opina en las partes más desinformadas de Europa, los árabes son profundamente higiénicos. 

Nos ofrecieron leche de camella, endulzada con agua y azúcar, fuentes de dátiles y mantequilla de camella, carne de cordero joven y keffy, todo ello acompañado con el inevitable cous-cous, comido con las manos, mientras charlábamos con el líder tuareg, cuya sola presencia imponía un profundo respeto. 

Supimos por él del drama que viven los «hombres azules», que en otro tiempo fueron temidos y respetados señores del Sáhara, cruzando con sus caravanas de dromedarios distancias de hasta más de tres mil kilómetros en el desierto. Mauritania, Argelia, Níger, Mali o Libia... Los tuaregs conocían todos los secretos de la arena, moviéndose entre las dunas en busca de mejores pastos y agua para su ganado. Corre la leyenda entre las tribus del desierto de que la lluvia sigue a los «hombres azules». Sin embargo, una vez más la ciencia ofrece una alternativa a la superstición. Son los conocimientos de los tuaregs, transmitidos de generación en generación durante siglos, los que les permiten prever dónde se va a producir la ansiada lluvia. El comportamiento de ciertos animales, el color de las hojas de ciertas plantas y su «aliado secreto», el viento, les permiten adivinar en qué zona es más probable que descarguen las nubes, y hacia allí dirigen sus caravanas Sin embargo, los otros nómadas sólo pueden constatar el efecto inverso: llegan los tuaregs, llega la lluvia. Así se han gestado muchas leyendas y creencias ancestrales, hoy explicables por la ciencia. En ese momento no podía sospechar que iba a encontrarme exactamente el mismo fenómeno en lugares tan distantes como la frontera mongola de Kazajistán, o las pistas de Nazca en Perú. Como decía Werner Heisenberg: 

«Lo que observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de cuestionamiento». 

Sin embargo, los conocimientos ancestrales de los tuaregs, como los de tantos otros pueblos, están condenados a la desaparición. El establecimiento de fronteras y gobiernos nacionales allí donde sólo había dunas y montañas, el sedentarismo de algunas de las tribus nómadas en «reservas» establecidas por dichos gobiernos y la globalización han diezmado las filas de la nación tuareg, condenada, como los indios americanos o los nativos amazónicos, a una nueva forma de esclavitud. El sometimiento al sistema. 

El Chej de Atar no hizo su aparición hasta que habíamos terminado de comer. Sólo en ese momento se unió a nosotros. Charlamos durante unos deliciosos instantes sobre la tristeza de Alá, que soñó con un mundo de armonía y ahora sufre la pesadilla del odio y la guerra entre los hombres en su nombre. Como el padre de dos hermanos que se matan entre sí, invocando en cada golpe el nombre de su progenitor. ¿Cómo se sentiría cualquier padre que viera a sus hijos matándose entre sí en su nombre? 

El Gran Marabú, como todo hombre sabio, sabía poner a Dios en su justo lugar. Que no era, sólo aparentemente, el prioritario. Y nos enseñó una filosofía, de una contundencia humanamente irrefutable, aunque teológicamente discutible: 

«Antes de acudir a la mezquita, para orar a Alá —decía—, debes haber comido moderadamente. Lo justo para no sentir somnolencia pero tampoco apetito. Porque si estás hambriento no puedes concentrar tus plegarias en Alá. Estarás demasiado preocupado por el hambre, y eso distraerá tu atención de la plegaria. Por eso también debes acudir a la mezquita después de haber descansado bien. De lo contrario, el sueño, el cansancio, te atontarán mientras rezas, y estarás faltando al respeto a Alá. Y por esa razón, también, nosotros creemos que el hombre debe compartir su vida con alguna mujer. De lo contrario, en lugar de concentrar tus pensamientos en Alá, estarás consumido por el deseo, por la lujuria o por la culpabilidad por sentir ambas, y eso no te permitirá concentrar toda tu atención en Alá». 

La filosofía de aquel sabio del desierto era demoledora. Práctica. Evidente. Lejos de disquisiciones teológicas inútiles, el Chej, como el chamán, la meiga, el médico tradicional o el hechicero, anteponía el bienestar ato y mental de los hombres a la teología. Y opinaba, como el fundador del Ejército de Salvación, que sólo cuando el estómago está lleno, y la salud restituida, se puede pensar en Dios... 




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