LA ARQUEOLOGÍA DE DIOS


El Museo Misionero-Etnológico, al igual que la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra, fue fundado por el papa Pío XI en noviembre de 1926, tras la conclusión de la Exposición Universal Misionera, que el mismo pontífice había organizado con motivo del Año Santo de 1925. 

El 1 de febrero de 1927 se inauguró el museo en la sede del palacio de Letrán, donde quedó hasta 1963. En 1973, bajo el pontificado de Pablo VI, fue reorganizado en la actual sede del Vaticano. El núcleo original de la colección, de unas cuarenta mil obras, había sido seleccionado por una comisión especial de expertos entre cien mil objetos procedentes de todo el mundo. Entre esos tesoros destacaban la colección de numismática china del padre José Kuo, las retratos de yeso de las poblaciones amerindias realizados por el escultor alemán Ferdinand Pettrich, y también la colección de descubrimientos prehistóricos de la Escuela Británica de Arqueología de Jerusalén y la preciosa colección de objetos ceremoniales de la zona de Sepik (Nueva Guinea) del padre Kirschbaum. 

Con el paso de los años, nuevas piezas, algunas de incalculable valor, fueron ingresando en los fondos «confidenciales» del museo. La colección actual, que asciende a unas ochenta mil obras, se halla estructurada en dos recorridos diferentes. En el primero, abierto al público, se exponen objetos principalmente de tipo religioso, procedentes de cuatro zonas geográficas (Asia, Oceanía, África, América). A este recorrido se une un sector llamado «Síntesis Misionera», que reúne obras realizadas después de la evangelización. 

Basta echar un vistazo a la parte del museo abierta al público para descubrir algo evidente, pero que ha pasado desapercibido a numerosos investigadores. Ellos, los misioneros cristianos, fueron los primeros aventureros, exploradores y arqueólogos de la historia. Su afán por evangelizar a otros pueblos, culturas y razas les llevó por todos los rincones del planeta. De esta forma el Vaticano creó una red de exploradores e informadores a lo largo y ancho de todo el mundo conocido, e incluso del que entonces estaba por conocer, que haría palidecer a los más eficientes agentes de la CIA, el Mossad, el KGB o el CNT. Wilhelm Schmidt (Harde, 1868-Friburgo, 1954) fue el primer director del Museo Etnológico del Vaticano. 

Misionero alemán de la orden de los verbitas y antropólogo, fue además profesor de etnología, lingüística e historia de las religiones en las universidades de Viena y de Friburgo, y en 1906 fundó la revista Anthropos, que dio origen a la teoría del círculo cultural, según la cual la cultura de una etnia es un conjunto estratificado y correlativo de rasgos que evoluciona al contacto con la cultura de otras etnias. Sus principales investigaciones versan sobre la génesis de la idea de Dios y sobre la formación de las representaciones religiosas en las sociedades primitivas. De su extensa bibliografía cabe destacar El origen de la idea de Dios (1912-1955) y Pueblos y culturas (1922). 

A Schimdt hay que unir un sinfín de nombres de misioneros y misioneras que con su dedicación y esfuerzo, y muchas veces con el sacrificio de sus propias vidas, contribuyeron y contribuyen a la expansión del Evangelio y a engrosar los archivos secretos vaticanos. 

La historia de la arqueología, los viajes y las grandes exploraciones está llena de nombres de misioneros cristianos que no podemos relegar al olvido. Por ejemplo, José Gumilla (Cárcer, 1686-Amazonas, 1750), misionero y lingüista superior, tras su llegada al Nuevo Reino de Granada en la expedición de 1705, se pasó más de treinta años con los indígenas, especialmente de la región de los Macas y de las tierras de los anabalis, siendo autor de los primeros descubrimientos científicos del Orinoco; Gregorio García (Baeza, 1554-1627), dominico español destinado como misionero en Perú y México, donde estudió las antiguas civilizaciones y publicó su revelador Origen de las Indias del Nuevo Mundo e Indias Occidentales en 1607; Henri Alexandre Junod (Neuchátel, 1863-Ginebra, 1934), misionero y antropólogo suizo que vivió veintiséis años con los baronga, y con los tonga de la República de Suráfrica, de los que estudió, en concreto, su organización social y su religión; Luis de Valdivia (Granada, 1561-Vallado-lid, 1642), jesuita español que desarrolló su labor con los indígenas de Chile y Perú y, como estudioso de la lengua mapuche, en 1606 publicó en Lima su Arte y gramática general de la lengua que corre en todo el Reino de Chile; Henri Breuil (Mortain, 1877-L'Isle-Adam, 1961), sacerdote y arqueólogo francés a quien debemos insuperables reproducciones de las cuevas de Altamira. Y muchos otros, como Gustavo Le Paige, sacerdote y arqueólogo nacido en Bélgica en 1903, que llegó a Chile en 1954 y hasta su muerte investigó las antiguas culturas del norte del país, fundando el Museo San Pedro en el misterioso desierto de Atacama; Franz Kirschbaum, misionero verbita particularmente activo a comienzos del siglo XX entre las poblaciones papúas de Nueva Guinea, y recolector durante veinte años de muchos de los objetos religiosos del Museo Misionero Etnológico del Vaticano; o su compañero Martín Gusinde, sacerdote y antropólogo alemán, discípulo de Schmidt y autor de extraordinarias investigaciones antropológicas en Tierra del Fuego, amén de responsable de una sugerente colección de objetos provenientes de la misteriosa isla de Pascua, ahora custodiados en el museo, y que sitúan a las enigmáticas esculturas pascuenses (moai) a años luz de cualquier fantasía alienígena. 

Son cientos, quizá miles, los nombres que habría que unir a esta desconocida lista Auténticos mártires muchos de ellos, y no de la religión, sino de la ciencia. 

Por mi propia experiencia sé que muchos misioneros que dejan atrás casa, familia y amigos parten hacia los rincones más remotos del planeta con la intención de llevar la palabra de Dios. Sin embargo, al convivir con esos indígenas a los que pretendían convertir, al compartir sus enfermedades, sus miedos, sus angustias y también sus alegrías, con frecuencia su afán evangelizador pasa a un segundo término; y su prioridad es la de ayudar y conocer a esos otros hijos de Dios. Gracias a eso, en muchas ocasiones, son los únicos exploradores a quienes dichos indígenas confían sus mayores secretos. Así que ¿quién mejor que los misioneros para guiarme en mi búsqueda del origen de las creencias religiosas del planeta? 

Un viaje que me haría convivir con chamanes siberianos, hechiceros africanos, sacerdotes vudús, monjes budistas, yoguis hindúes, místicos islámicos, brujos incas y mayas, etc. 

Desde los misterios de las estepas mongolas a las pirámides de Egipto; desde los zombis haitianos a los enigmas del Sáhara; desde las selvas africanas a los templos de la India... 

Los misioneros cristianos fueron el «hilo de Ariadna» en mi viaje tras el secreto de los dioses. 




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