INDIA: EL HINDUISMO Y EL PAÍS DE LOS MILAGROS


Cuando sobrevolaba la cordillera del Himalaya, literalmente el techo del mundo, pensaba que en ningún otro lugar del planeta se puede estar más cerca de Dios. 

O al menos más cerca del cielo. 

Quizá por eso, por acoger las montañas más altas del planeta, una aureola de misterio ha rodeado siempre esa región asiática y las religiones, cultos y dioses que han nacido en esas cumbres perpetuamente nevadas. 

El cine y la literatura han terminado por convencernos de que la India es la capital mundial de la espiritualidad. El último reducto de la mística. El lugar más religioso del planeta... ¿O no? 

Pocos minutos más tarde mi avión aterrizaría en el aeropuerto internacional de Delhi, en la India, y admirando el espectacular paisaje a través de la ventanilla del avión, me conciencié de que estaba a punto de llegar al segundo país (por poco tiempo) más poblado del mundo. De los seis mil millones de humanos que habitamos en este maltrecho planeta, mil cien millones son indios. En otras palabras, de cada seis personas, una es india. Y otra china, ya que el gigante amarillo, con sus mil cuatrocientos millones de habitantes, es el único país que aventaja en población a la India. Aunque si tenemos en cuenta que las autoridades chinas someten a sus familias a un férreo control de natalidad, que no existe en India, creo poder profetizar que este siglo China ya no será el país más poblado de la tierra. 

Da vértigo pensar que de cada seis seres humanos al menos dos son indios o chinos. Y eso significa que lo más probable es que jamás hayan escuchado hablar de un carpintero judío que, en la Palestina del siglo I, inspiró una nueva religión. Por lógica, nunca habrán leído la Biblia y ni siquiera sabrán que existe tal libro. Tampoco conocerán la gracia santificante de los sacramentos, ni quién es el Papa de Roma. No sabrán cuáles son los siete pecados capitales, ni el significado de las palabras cielo, infierno o purgatorio. Aun así no me cabe ninguna duda de que esas gentes son tan buenas o tan malas personas como cualquier cristiano y que tienen el mismo derecho que yo a considerarse hijos de Dios. 

Sé que parece obvio. Sin embargo, hace muchos años, cuando acariciaba la vocación de ser sacerdote, ocurrió algo que me empujó a una reflexión similar. Estudiábamos el evangelio y la revelación de Juan. En el versículo 6 del capítulo 14 de su evangelio se lee: 

«Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí». 

El pasaje martilleaba en mi cabeza cuando llegó a mis manos un recorte de prensa. La noticia, publicada el 21 de mayo de 1988, sugería que esta afirmación de Jesús resultaba profundamente injusta. Según el teletipo, el canal de televisión japonés Tokyo Broadcasting System había realizado una encuesta en el país nipón, un país tan evolucionado tecnológicamente como respetuoso con sus tradiciones espirituales, sobre quiénes eran los diez personajes históricos más conocidos. Para espanto de mi fe, Adolf Hitler resultó ser el vencedor. Hasta un 21,7 por ciento de los japoneses sabían quién había sido el Fürher que abocó a Europa a su peor guerra. 

El ranking de celebridades continuaba con Cleopatra, conocida por un 19,7 por ciento y Napoleón (18,9 por ciento). Fuera ya del podium de los personajes más conocidos por más japoneses seguían Buda (18,7 por ciento), Da Vinci (17,3 por ciento), María Antonieta (16,4 por ciento), Yang Kwei (15,5 por ciento), Mozart (13,7 por ciento) y por fin Jesús de Nazaret, con un vergonzoso 13,3 por ciento, porcentaje que compartía con Beethoven. 

Confieso que aquella pequeña noticia —veintisiete líneas en una columna de periódico— me cambió la vida. Porque mi cerebro empezó a cuestionar la insignificancia del cristianismo en el océano humano de este planeta. ¿Cómo es posible que en un país tan culto y espiritual a la vez más personas conociesen la existencia histórica de unos asesinos de masas como Hitler o Napoleón que la de Jesús? ¿Cómo unas promiscuas —Cleopatra y María Antonieta— o un compositor loco (y por ello genial) como Mozart podían ser más famosos que Cristo? 

Supongo que noticias como aquéllas fueron las que alentaron el impulso misionero de miles de jóvenes que, como yo, se sintieron un día atraídos por la vocación cristiana y por el espíritu de servicio. Por el contrario, en mí supuso un desestabilizador impulso intelectual. Si sólo un 13,3 por ciento de japoneses habían oído hablar de Jesús (lo que no significa que fuesen cristianos), ¿qué ocurría con el 86,7 por ciento restante? ¿Significaba la cita de Juan 14:6 que estaban automáticamente condenados al no conocer a Jesús y por tanto el único camino, la verdad y la vida que llevan a la salvación? 

Para un agnóstico, estas preguntas existenciales de un adolescente sumido en las dudas de su fe son absurdas y ridículas. Y no pretendo explicar a quienes siempre han carecido de inquietud religiosa la angustia que pueden provocar en el alma y el ánimo del creyente. No sabría cómo hacerlo. Pero intuyo que la inmensa mayoría de los lectores me comprenderán. Ya que la fe, o al menos la esperanza, en que existe «algo superior», con todos sus matices, es la creencia más universal. Es decir, por suerte o por desgracia —más bien lo último—, el porcentaje de seres humanos que cree en una forma u otra de religiosidad es infinitamente mayor que el número de ateos. 

Sin embargo, la forma de modelar esa creencia es diferente y con frecuencia incompatible. El avión comenzaba a realizar la maniobra de aproximación al aeropuerto de Delhi y yo seguía sumido en mis reflexiones, recordando un texto de mi querido amigo Bruno Cardeñosa, que expresó de forma genial esas diferencias religiosas que nos separan, más que unirnos; incluso en algo tan nimio como comerse una hamburguesa. Hace años escribió:

«"¡Deme un menú Mac!". En este preciso instante, en el lapso de tiempo que dura un segundo, cuatrocientas noventa y siete personas han efectuado esta solicitud en los mostradores de los veintisiete mil restaurantes de la cadena de hamburgueserías más importante del planeta, extendida a ciento diecinueve países. Podríamos pensar que ese sencillo menú (una hamburguesa de ternera, tocino de cerdo, pepinillo, cebolla, ketchup, patatas y la inefable Coca-Cola) une culturas distanciadas por miles de kilómetros y enfrentadas por diferencias religiosas. Un menú que, sin duda, se antoja como un icono de la edad moderna integrador y en clara expansión... ¿O quizá no? Los datos son los datos: de los seis mil millones de personas que habitamos la tierra, casi cuatro mil, un 61 por ciento para ser más precisos, rechazarían el presunto manjar. ¿La razón? Porque ofendería a sus convicciones religiosas. Los islámicos no pueden comer cerdo; los hindúes, ni vaca ni sal; los taoístas, pan; los budistas evitan el tocino; los ortodoxos, los lácteos; los jainistas, los refrescos gaseosos... Por no hablar de los cristianos, que aun perteneciendo a ese 39 por ciento de personas que lo admitirían, se lo pensarían dos veces si éste les fuera ofrecido un viernes de cuaresma». 

No, está claro que las creencias religiosas no unen a los hombres. Al contrario. Y quizá el único país del mundo donde están representadas todas ellas sea aquél: la India. Así que aproveché los últimos minutos de viaje para limpiar, una vez más, los objetivos y mecanismos de las cámaras, repasar la cantidad de baterías, los filtros, las grabadoras, etc. En la India hay muchos dioses que conocer e iba a necesitar que mi equipo estuviese operativo al 100 por ciento.

Mi enfermiza obsesión por el dato me hace conservar todos los tickets, billetes de avión, resguardos, tarjetas de hoteles, restaurantes, museos y notas de cada precio, hora y kilómetro recorrido. Por eso puedo decir que el tren de aterrizaje del Indian Airlines tocó la pista del aeropuerto exactamente a las 2.43 de la madrugada (6.13 hora local). Con una envidiable eficiencia pasamos el control de pasaportes y para las 6.31 ya recibía el típico collar de flores de mi guía, Angit, que me recogía en la sala del aeropuerto.

A las 6.35 salimos del parking y tardamos treinta y tres minutos en recorrer los veinte kilómetros que nos separaban de Janpath, donde me alojé en la habitación 501 del hotel Meridien. ¿Exagerado? En absoluto. Existen formas y formas de hacer las cosas, y yo necesito refugiarme en el dato exacto y preciso para evitar en lo posible malinterpretaciones. Porque sé que son las interpretaciones las que con frecuencia originan los conflictos. Por esa razón, las hojas de mis cuadernos de viaje están repletas, desbordadas, por las notas de fechas, lugares, nombres y sucesos que no confío a la memoria. Y según mi diario de viaje, al llegar a la habitación, en lugar de echarme a descansar después del agotador viaje, decidí que no quería desaprovechar ni un segundo en aquel país. Así que dejé la maleta, me di una ducha y salí del hotel en busca de los dioses. 





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