ARQUEOLOGÍA CATÓLICA EN CARTAGO


Herederos de san Agustín, los padres blancos no se limitaron, a principios del siglo XX, a la labor evangélica, sino que, con el padre Delattre a la cabeza, llevaron a cabo importantes excavaciones arqueológicas en Cartago. Por esa razón, al llegar a la antigua Reina de los Mares, dirigí mis pasos al Museo Paleo-Cristiano de la ciudad, donde cualquier visitante puede encontrar todavía restos de la presencia cristiana preislámica en Túnez. A pesar de haber sido convertida en una moderna ciudad residencial, donde el mismísimo presidente Bourguiba erigió su fastuoso palacio (que está prohibido fotografiar), los alrededores de Cartago están salpicados de interesantes restos arqueológicos tanto púnicos, romanos e islámicos como cristianos.

Requeriría demasiadas páginas resumir todos los atractivos arqueológicos de Cartago, pero debo confesar que el que más me impresionó, y me que pensar, se encuentra en el extremo más recóndito de la ciudad. Me refiero al Tophet. 

Descubierto fortuitamente en 1921, en el barrio de Salambó, cerca de antiguos puertos cartagineses, el Tophet fue un santuario consagrado a diosa Tania y al dios Baal-Hammon. 

En el espectacular Museo del Bardo, situado a pocos kilómetros, de Túnez, y que está considerado como el princial museo islámico de Africa (sin nada que envidiar al colosal Museo Arqueológico de El Cairo), pude fotografiar una de las estatuas del dios Baal-Hammon. Sin embargo, visitar las criptas y los cientos de lápidas de sus víctimas, en Cartago, resultó mucho más sobrecogedor. 

Varios historiadores romanos, árabes y griegos mencionaron los brutales sacrificios humanos que se celebraron en el Tophet. Según la leyenda, miles de niños, de pocos meses o años de edad, nunca de más de cinco añitos de vida, eran conducidos por sus familias a unas piras sagradas, donde eran quemados vivos. Sus cenizas se introducían en unas siniestras urnas que después eran enterradas bajo las miles de estelas que ahora me rodeaban en el Tophet, en honor al tan siniestro dios Baal-Hammon. 

Al abandonar Cartago en dirección sur, hacia el Sáhara, y con el ánimo mermado por la crueldad que a veces alcanzan las creencias religiosas de los hombres, me atormentaba la misma duda que sentí en tantos lugares del planeta donde la vida humana era, y es, considerada la mejor ofrenda a los dioses. 

¿Cómo es posible que civilizaciones tan aparentemente evolucionadas, capaces de crear las mayores maravillas arquitectónicas, poéticas y artísticas, pudiesen ejercer la mayor crueldad imaginable: sacrificar la vida humana y más de un niño? 

Ninguna fe en un dios merece un precio tan alto... 

Poco podía imaginar al iniciar mi viaje —siete enormes zancadas para dar la vuelta al mundo en busca de la fe perdida— que una y otra vez me encontraría con esos dioses. Dioses absurdos que exigen la vida de los hombres y de los niños como vasallaje para su redención. 

Y buscando la mía, me vería envuelto en mil situaciones delicadas, que podrían haberme obligado a pagar tan alto peaje, durante esa búsqueda del secreto de los dioses. Desde verme obligado, para salvar la vida, a utilizar la fuerza, y el machete, contra los brujos vudús en Haití, a perderme sin provisiones en las estepas de Mongolia, pasando por ser detenido por la policía egipcia tras colarme de madrugada en las cámaras prohibidas de la Gran Pirámide de Keops... 

Nadie prometió que sería fácil. 




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