TRAS LA PISTA DEL BUDA



Salimos de Ulan Bator con rumbo norte, directos justo hacia la frontera rusa. Pero a los pocos kilómetros encontramos nuestro primer ovoo, y los conductores, Kanaa y Pabta, claro, se empeñaron en parar. Los ovoos son una especie de tótems construidos amontonando piedras y ofrendas religiosas de todo tipo en determinados «lugares de poder», o simplemente en estratégicos cruces de caminos.

Me sorprendió ver sobre ellos muletas y bastones, similares a los cristianos exvotos. Pero lo que más me sorprendió fue encontrar cabezas de caballo en muchos de esos ovoos. A ellos acuden con gran devoción los creyentes para pedir la ayuda de los dioses. Cuando un mongol creyente pasa por delante de un ovoo, no lo ignora. Por el contrario, se detiene en su camino y gira tres veces en el sentido de las agujas del reloj. Después contribuye a mantener el ovoo aportando algún objeto a manera de ofrenda, o simplemente una piedra del camino. Así el tótem seguirá creciendo, piedra a piedra. Y garantizo que los hay enormes. Lo que deduzco es el mejor faro geodésico de los lugares sagrados en Mongolia. Porque si el viajero se encuentra un ovoo de grandes proporciones en algún monte, valle o cruce de caminos, es porque los nativos llevan generaciones colocando piedras en él. Por tanto es símbolo inequívoco de que ese lugar era considerado sagrado desde tiempos antiguos. 


Los ovoos tienen su origen en la tradición chamánica, tal vez la primera religión del mundo, nacida en las regiones de Siberia y Mongolia. Pero a partir del siglo mil, con la llegada del budismo lamaísta al país a manos de Kublai Khan, nieto de Genghis Khan y cicerone de Marco Polo en su viaje por Asia, el chamanismo comienza a perder adeptos a medida que el budismo los gana por la fuerza. Kublai Khan fue para Mongolia lo que Asoka para la India y Constantino para el Imperio Romano. Sin embargo, algunos elementos tradicionales del chamanismo fueron adoptados por la nueva religión y los ovoos son un buen ejemplo. 

Mientras los conductores concluían su ritual, y según consta en mi diario de viaje, intenté tomar del ovoo una de las características cintas azules que son depositadas allí como ofrenda, y que suponen un elemento religioso básico en el budismo. El chófer me fulminó con la mirada. Mi intención no era mala, lo prometo. Sentía curiosidad por examinar más de cerca un elemento de la nueva religión que me disponía a conocer. Pero en los ovoos se da, no se toma. Yo todavía no lo sabía. Así que dejé la cinta donde estaba y me limité a tomar fotos. 

Después de completar el ritual, volvimos al coche y seguimos nuestro camino. Seguimos, claro, hasta encontrarnos con el siguiente ovoo, donde una vez más los conductores se detuvieron, y otra vez las tres vueltecitas, y otra vez la piedrecita... Y así cada vez que nos encontrábamos un ovoo en el camino. El lector comprenderá que al viajero le fascina encontrarse este nuevo elemento religioso por primera vez. Y por segunda, y quizá hasta por tercera. Pero cuando los ovoos se convierten en una monótona rutina, que el agnóstico sólo ve como un retraso en su viaje, se empieza a acordar uno de la respetable progenitora del que inventó los ovoos. Y esto es una prueba inequívoca de que todavía no has entendido nada. 

Los ovoos, pese a su origen chamánico, son ya un elemento de la religión budista. Y no descubro nada nuevo al afirmar que el budismo no comparte las prisas y el frenesí del mundo occidental. Si no desea angustiarse en este país, como en la India, que permanece anclado en el pasado por sus tradiciones, el viajero debe esforzarse en cambiar la mentalidad. Tiene que conseguir ver las cosas como ellos las ven. Y ellos entienden que en un viaje lo interesante no está en llegar al destino. Eso es lo menos importante. Lo verdaderamente importante es el viaje en sí. Disfrutar, aprender y gozar durante el camino, no intentar que éste sea lo más corto posible para llegar a la meta sin haberse dado cuenta siquiera de los lugares que has recorrido. El camino es la enseñanza, no el destino del viaje. Tardé en entenderlo, y por eso sufrí mucha angustia en mi camino personal tras el secreto de los dioses. 

Si el viajero que recorre la estepa consigue olvidarse del reloj, le prometo solemnemente que disfrutará del viaje. Hay un millón de estampas diferentes en cada valle, en cada montaña, en cada río y en cada colina. Dicen que en Mongolia puedes tener las cuatro estaciones del año cada día. Y yo doy testimonio de que así es. Mientras le ganábamos kilómetros al camino, pronto la carretera se convirtió en pista y luego en pura estepa. Entonces veíamos cómo el paisaje primaveral se cubría de nubes espontáneamente, y el otoñal cielo gris dejaba paso a una invernal tormenta, tan breve como espontánea, tras la cual un sol veraniego volvía a iluminarlo todo. Inevitable en esos contrastes climáticos que los arco iris más espectaculares del mundo surjan de los veraniegos rayos de sol, descompuestos en las invernales gotitas de lluvia. En Mongolia el arco de la alianza de Yahvé es más contundente y espectacular que en ninguna otra parte del mundo. 

Dejamos atrás Bayanchandmani, Bornuur y Jasgalant, y justo después abandonamos la región de Tov, donde se encuentra Ulan Bator, y entramos en la región de Selenge, cuya capital y única ciudad relevante es Darkhan. Atravesamos Bayangol, Salkhit y Khongor, siempre en dirección norte y mientras avanzamos, yo incordiaba constantemente al general Tsiiregzen. Quería detallar en mis mapas cada kilómetro del viaje, el nombre de cada montaña, de cada valle, de cada paisaje. Según mis notas habíamos salido de Ulan Bator a las 9.30 hora local, y habíamos llegado al campamento de Amarbayasgalant más de diez horas después. Allí pasaríamos la primera noche. Y allí entendí por qué a Mongolia se la llama «país del cielo azul». 

Me encantaría poder consultar a algún meteorólogo mongol qué es lo que ocurre en su atmósfera, porque esos ocasos y esos amaneceres no son normales. Después de disfrutar, y así lo describí en mi diario, de «cordilleras de montañas superpuestas hasta el horizonte» y unos prados verdes, unos ríos de plata y un cielo azul de colores demoledores, llegó la puesta de sol. Sin prisa, tan lenta y parsimoniosa como el viaje. Dios es un graffitero en Mongolia, y pinta de colores el ocaso del sol. Utiliza sprays naranjas, violetas, dorados, superponiendo unos tonos con otros, en un espectáculo embriagador, y sobre todo lento. Como si disfrutase exhibiéndose. Dejándonos boquiabiertos a los mortales, al contemplar ese singular collage de colores en el cielo. Eso que llamamos anochecer allí se prolonga durante horas, y a cada minuto los colores del cielo mutan caprichosamente. Definitivamente, el cielo en Mongolia no es normal. 

Pasé mucho frío esa noche. Las temperaturas bajan de forma estrepitosa cuando el sol se va. No era la primera vez que comprendía, al sufrirlo en carne propia, por qué nuestros antiguos adoraron al sol. En Occidente, cuando Ra se oculta, encendemos la calefacción o nos ponemos un jersey. En el pasado, o en los países que aún viven en él y con todas las carencias, no hay más calefacción que el fuego, y no puedes mantenerlo encendido y dormir a la vez. Así que terminas por comprender que no hay nada más lógico que venerar el sol por su luz y su calor como la verdadera expresión de Dios. 

A las 3.30 de la madrugada, según mi diario, ya decidí que prefería calentarme que dormir, así que me ocupé de mantener el fuego. Todavía no nos habíamos internado en las regiones más profundas de la estepa, y todavía había troncos de madera para quemar. Pronto no tendríamos ni eso, y habría que utilizar excrementos resecos. En esas circunstancias uno aprende a valorar unos pedazos de madera como si fuesen un lujo asiático. Y es que así es. ¡Cómo se agradece un trozo de leña cuando hace tanto frío! Y eso que yo aún no sabía lo que era pasar frío. Lo peor estaba por llegar. 

Por la mañana salí a ver amanecer no por un impulso romántico ni poético, sino porque ansiaba que el padre sol volviese a abrazarme con sus rayos. Cielos, ¡cómo ansiaba que saliese el sol! Después de esa noche, y de todas las que la siguieron, llegué a la conclusión de que la mayoría de nuestros sesudos antropólogos de salón no tienen ni la menor idea de lo que significa el culto al sol en las religiones primitivas; igual que concluí, navegando con los pescadores del Nilo, que muchos egiptólogos, los teóricos, no comprenden quién era Nut, Ra o Sobek. Estoy convencido de que en esas experiencias, viviendo en mis carnes las mismas sensaciones que ellos —el temor ante la negra oscuridad del Nilo, o el frío paralizante de la estepa—, he comprendido mejor el origen de esos «dioses» que con los miles de libros que engrosan mi biblioteca. 

El sol te resucita cuando nace de las entrañas de la tierra. Al principio, cuando asoma sobre la línea del horizonte, puedes mirarlo directamente a los ojos. Una semiesfera naranja perfecta. Pero a medida que dicha esfera se completa y los rayos ganan intensidad, debes bajar la mirada, como en señal de reverencia, si no quieres quedarte sin retina. Ese es el momento en que comienzas a sentir su calor en la piel de la cara. Y ése es el preciso instante en que el hombre debe adorar el sol. Y el café. Porque un café caliente, después de una noche gélida, al calor del amanecer, es lo más parecido a un orgasmo que puede sentir un viajero en la estepa mongola. Y tras él recogimos el campamento y seguimos el viaje. 

A sólo siete kilómetros nos esperaba el monasterio budista de Amarbayasgalant y sus pequeños niños lamas. El famoso monasterio de Amarbayasgalant, uno de los más importantes del país, se encuentra a unos cuatrocientos kilómetros de la capital. Fue construido alrededor del año 1700 por un rey de la dinastía Manchú, y desde entonces ostenta el honroso título de ser el segundo centro budista del país después del gran monasterio de Karakorum. 

Treinta y dos monjes intentan hacerle recuperar el esplendor perdido antes de la llegada de las tropas estalinistas que arrasaron los monasterios y asesinaron o apresaron a los monjes. Aquí pude entrevistar al anciano rembuchi (una especie de director) Gurdava Zhambachultem. De sus labios, y de otros lamas que entrevistaría en otros muchos monasterios, conocí el drama que sufrieron los lamas cuando llegaron los soviéticos, y con ellos la persecución de todas las religiones. 

Gurdava Zhambachultem consiguió escapar a Taiwán a través de China, donde vivió hasta que, en 1990, el desmembramiento del comunismo hizo que los viejos lamas se atreviesen a regresar a sus monasterios. Y él volvió para hacerse cargo de Amarbayasgalant. Por cierto, este rembuchi resultó ser el padre del embajador de Mongolia en Washington. Era por tanto un hombre cultivado y conocía perfectamente las leyendas que rodean los antiguos monasterios budistas. Y como líder religioso de su comunidad y hombre sabio, no niega ni afirma, sino todo lo contrario. A fuerza de tratar con esa ambigüedad religiosa uno termina por pensar que fueron los gallegos los que fundaron las grandes religiones. Porque la retranca de los lamas, que ni suben ni bajan, sino al revés, me recuerda a los paisanos de las aldeas orensanas. 

En 1956 un monje budista llamado Tuesday Lobsang Rampa publicó las experiencias místicas que protagonizaba en su monasterio en el libro El tercer ojo. A partir de entonces millones de personas en Occidente creyeron ver en los lamas budistas el paradigma de la espiritualidad, el misticismo y los poderes sobrenaturales. En realidad Lobsang Rampa no se llamaba así, sino Cyril Henry Hoskin, y nunca había pisado un monasterio budista. Sin embargo, el daño ya era irreparable. Gracias a él muchos conocimos la existencia de los monasterios y de los lamas, como gracias a Dániken millones de lectores conocieron las pirámides, Machu Picchu o la isla de Pascua, aunque con un punto de vista un tanto sesgado. 

En aquella época, además, en Mongolia no quedaban lamas. Lo que hoy es el segundo país budista del mundo había sido espiritualmente arrasado por los treinta mil soldados desplegados por Stalin en Mongolia en 1937. El dirigente ruso soviético detuvo -0 ejecutó a los lamas que no huyeron a tiempo y que permanecerían en el exilio hasta la desaparición del bloque soviético. Por esa razón, hasta hace pocos años sería imposible contemplar aquella escena: un grupo de niños con sus cabezas afeitadas y sus túnicas color azafrán nos obsequiaron con unas canciones religiosas; con menos ritmo y salero, quizá, que las canciones que me regalaban los niños africanos en el albergue de Dowa, pero igual de entrañables. 

Pero por detrás de esa fachada exótica y amable se oculta la dura realidad. Una realidad social que, como en todas las religiones del mundo, tiene poco que ver con Dios. La formación de los pequeños lamas incluye una instrucción férrea y estricta y más de un buen coscorrón. A quienes tenemos la imagen bucólica e idealizada de los lamas budistas como una especie de místicos sobrenaturales que levitan serenamente sobre las stupas de sus templos en un perpetuo estado de paz y sosiego espiritual, nos impresiona ver cómo uno de esos espirituales maestros puede estamparle una colleja en la cabeza afeitada a uno de sus pequeños monjes. Exactamente igual que lo podía hacer cualquier cura de los años 60 que impartiese clase en un colegio rural. Claro que esa colleja del lama en cualquier país occidental le valdría una denuncia por malos tratos, mientras que en Mongolia aún se considera que la letra con sangre entra. Y los niños mongoles, por mucha túnica que vistan, son tan niños y por tanto tan traviesos, rebeldes y divertidos como cualquier niño del mundo. 

Yo no soporto la violencia, y menos si es contra los niños. Me da igual que sea un cura que enseña primaria en Europa o un espiritual lama budista del centro de Asia el que la ejerza. Y confieso que no me esperaba esa actitud, tan humana, en un maestro espiritual que imparte la doctrina de Gautama en un lejano monasterio mongol. ¡Dios mío, cuánto me queda por aprender! Como si por ser exóticos, lejanos, y budistas, los monjes mongoles fuesen mejores o peores que los sacerdotes católicos o mis profesores de teología. Si les cambiamos la túnica azafrán por el alzacuello, en el fondo todos son iguales. Ni Buda ni Cristo son responsables de ello. 

Después de una tarde sumamente instructiva, continuamos el viaje dejando a los pequeños lamas con sus collejas, sus cantos y sus textos budistas. Tal vez ellos consigan convertirse en los verdaderos Lobsang Rampa del siglo XXI. Quizá logren la iluminación y la paz de espíritu, o tal vez una forma como otra cualquiera de ganarse la vida en el futuro. 





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