MONGOLIA: BUDISMO Y TIERRA DE CHAMANES


No hay presencia misionera en Mongolia. Es decir, en comparación con otras partes del mundo, la figura de Jesús es mucho menos conocida en este país que en casi ningún otro punto del planeta. Hay una sola diócesis, llevada por un puñado de salesianos y algún comboniano, y apenas unos cientos de católicos bautizados. Si la figura del Jesús histórico —no hablo ya del Cristo de la fe— es conocida sólo por una minoría de japoneses, en Mongolia el 99 por ciento de la población no tienen ni la menor idea de quién fue el Dios cristiano. 

Cuando Juan Pablo II recibió en audiencia vaticana al presidente mongol Narsagiin Bagabandi, en junio de 2000, se quejó de que su país fuese el de menor número de católicos del mundo. Para entonces ya hacía siete años que la Santa Sede había establecido relaciones diplomáticas con Mongolia, pero el número de conversiones no crecía. Así que poco después un grupo de Misioneras de la Caridad, hijas de la madre Teresa de Calcuta, con la intención de evangelizar llegaron a Ulan Bator. No sabían ellas la competencia que se iban a encontrar a cargo de todo tipo de sectas y nuevos movimientos religiosos, incluidos algunos cristianos, que pujan por su parte del pastel espiritual tras la caída del ateísmo en los países soviéticos. 

En el fondo, no es extraño este desconocimiento sobre quién fue Jesús, ya que nunca lo necesitaron. Mongolia acogió el mayor imperio de la historia de la humanidad, y una cultura tan distinta de la occidental como enriquecedora. El todopoderoso Imperio Romano, la extensa colonización turca o los interminables dominios españoles, «donde nunca se ponía el sol», palidecen ante lo que fue el gran Imperio Mongol. Ni Ramsés II, ni César, ni Napoleón... ni siquiera el gran Alejandro Magno alcanzaron el poder que tuvo en sus manos Genghis Khan (1167-1227), quien, como no podía ser de otra manera, terminó siendo divinizado por sus semejantes, que le dieron el sobrenombre de Gobernante del Universo. 

Y casi lo fue. Su imperio duplicaba en extensión al romano y cuadriplicaba al de Alejandro Magno. Desde el mar de China Meridional hasta el Báltico, las temidas hordas mongolas controlaban al mismo tiempo la India, Budapest, Persia, Viena, Birmania y hasta las cercanías de Venecia. Sin embargo, el legado de su imperio es parco. No construyeron, no escribieron nada. Los relatos de sus conquistas los debemos, en su mayoría, a los conquistados, con lo cual no es extraño que tengan tan mala prensa. 

Los países comunistas —y he conocido unos cuantos— son un incordio para cualquier investigador. Todo es secreto. Siempre es necesaria la firma de un oficial superior, que debe consultar a un mando, que tendrá que pedir permiso a otro funcionario, para permitirnos acceder a tal o cual archivo, o a tal o cual emplazamiento arqueológico. Así que, a veces, como en la Gran Pirámide de Keops, no queda más remedio que saltarse la cadena de mando y colarse en los lugares prohibidos. Que suelen ser los únicos sitios donde encontrar cosas interesantes. 

Sin embargo, para enriquecimiento de todos, tras la caída del régimen soviético, países como Mongolia Exterior (a la que me referiré a partir de ahora como Mongolia) y Mongolia Interior (norte de China) han comenzado a abrir sus archivos históricos. Por ejemplo, en 2001, el gobierno chino accedía a la publicación de una singular trilogía sobre Genghis Khan, que incluía documentos históricos inéditos hasta el siglo XX, revisados y autorizados por el último príncipe de Mongolia, Qi Zjong-yi. 

La trilogía, editada en mongol y traducida posteriormente al chino y al inglés, se inicia con El libro de oro de Genghis Khan, donde podemos encontrar, por primera vez, algunos elementos míticos desconocidos de la biografía del conquistador. Según estos documentos, inéditos hasta ahora, el pequeño Genghis, que nació en el seno de una familia muy humilde del pueblo de los Erdos, pronto destacó por su singular carisma y dotes de mando. Su infancia está repleta de aventuras y su dominio del arco y del arte de la equitación eran asombrosos. Más que nada porque, según esta historia mítica, era tan pobre que no tenía caballo propio, con lo cual aprendió a «domar y cabalgar sobre cabras silvestres». Después de recorrer seis mil kilómetros por toda la geografía mongola durante más de un mes ahora entiendo mejor lo que eso significa. 

En 1206 Genghis Khan consiguió unificar a las tribus y clanes que entonces combatían entre sí y se lanzó a conquistar el mundo. Las ocho tiendas blancas de Genghis Khan y Las ocho tiendas blancas del pueblo de los Erdos completan la trilogía, ofreciendo a los investigadores una nueva visión de la historia del imperio más grande del mundo. Un imperio que comenzó a desmembrarse tras la muerte del conquistador, cuando sus hijos y herederos se repartieron sus dominios. Su nieto Kublai Khan, fundador de la dinastía china Yuan, fue quien acogió a Marco Polo en su épico viaje. 

A pesar de todo, Mongolia sigue siendo un país grande. Triplica en extensión a España, aunque tan sólo cuenta con un censo de dos millones y medio de habitantes. Para colmo, casi la mitad de la población continúa siendo nómada. Hay pocas ciudades que merezcan ese nombre en comparación con cualquier otro país del mundo. Así que una vez te lanzas a las carreteras, que nunca pasan de austeras pistas casi invisibles en la inmensa estepa, es conveniente ir preparado para no encontrarte a ningún otro ser humano en muchos kilómetros a la redonda. Eso nos da una idea de lo desagradable que podría resultar tener una avería, o una emergencia, en medio de la nada. No iba a ser fácil encontrar una gasolinera, un taller, o simplemente ayuda en caso de necesitarla. 

Así que es prudente pertrecharse bien antes de abandonar el refugio de Ulan Bator, la capital, para echarse a la estepa. Y yo lo hice. A conciencia. Pastillas potabilizadoras, un nutrido botiquín, una buena brújula y muchos mapas. No sólo del país, sino uno más detallado por cada región. 

Me hubiese gustado contar con la cobertura de algún jesuita, tan curtidos en patearse los países donde establecen sus misiones y conocedores de todos sus secretos arqueológicos, religiosos y sociales; pero, como he dicho, la presencia misionera, y cristiana en general, es casi inexistente. 

Afortunadamente tuve suerte, y gracias a la Divina Providencia pude conocer a Iván Sánchez Mateos antes de perderme en las estepas mongolas. Iván es un cooperante que pertenece a la Fundación Francisca Mateos - Lucha por la Paz. Tiene la suficiente audacia e iniciativa como para enfrentarse a grandes empresas. En 1998, y aunque nadie se lo haya agradecido como merece, tuvo la generosidad de obsequiamos a todos con el primer diccionario mongol-español, que tanto me ayudaría en mi viaje. El destino quiso que Iván y un servidor terminásemos compartiendo aventuras posteriormente en otros rincones del planeta. 

Y tuve más suerte aún al encontrar al mejor guía que podría soñar en un país tan distinto al mío: el ex viceministro de Seguridad mongol, el general Battsagan Tsiiregzen. Formado como diplomático y espía en Moscú, cuando Mongolia aún era un país comunista, Battsagan había estado destinado en la ONU (Nueva York) y Cuba. Por eso hablaba un divertido castellano caribeño. Al principio se molestaba cuando no podía evitar una sonrisa al escuchar sus típicos dejes cubanos, pero ¿quién no sonreiría al oír a un espía mongol hablando como Fidel Castro? 

Donde la fortuna ya se explayó conmigo fue al poner en mi camino una expedición española que pensaba recorrer el país para recuperar las rutas de los antiguos rallies de aventura en 4x4, que Camel Tropic celebró por última vez justo aquí. Amén de realizar un documental de televisión. Difícil imaginarse mejores compañeros de viaje. 

La última noche en Ulan Bator cenamos fuerte. A saber cuándo volveríamos a comer bien. Y nos acostamos pronto, mas no sin antes desvalijar completamente la habitación, lo que suelo hacer normalmente en los hoteles donde me alojo si se trata de países como aquél. Confieso que hurto los jabones, toallas, bolígrafos y cualquier cosa que pueda distribuir después en los núcleos rurales más desfavorecidos por los que pase. 





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