MISTERIOS DE PIEDRA EN MONGOLIA


Ya en la provincia de Hóvsgol cruzamos el río Selenge y las poblaciones de Ikh-Uul, Tasantsengel y el lago Blanco, y de pronto, después de la población de Morón, y en medio de la estepa, aparecieron los menhires y los petroglifos. Se trataba de grandes estelas de piedra, de varias toneladas de peso y hasta dos metros ochenta de altura según mis mediciones. 

Mi brújula sugería que todas estaban orientadas perfectamente hacia los puntos cardinales, aunque seguramente sería más correcto decir que hacia la puesta y la salida del sol. Y presentaban en sus superficies elaborados petroglifos con formas geométricas, círculos, etc., completamente indescifrables. Invertí todo el tiempo que fue necesario en realizar calcos, dibujar, medir y fotografiar cada uno de ellos. Yo sólo pude reconocer algunos motivos astronómicos y algunos cérvidos, y quizá algo que, según mis guías, podría ser un «espejo de chamán», un elemento mágico que continúa utilizándose en la actualidad como probaría pocos días después. Sobre los demás lo único que puedo decir que eran formas aparentemente caprichosas pero idénticas a las que ya había visto en el desierto del Sáhara, en las selvas del África negra o en las montañas de la mística India, y a las que iba a ver posteriormente en América o Europa. Los arqueólogos mongoles sugieren la fecha del 800 a.C. para datar petroglifos y los menhires de Morón, pero quién sabe. En mi viaje por Mongolia me encontraría muchos de esos menhires y monolitos, con o sin petroglifos, en distintas regiones del país, y terminaría por sacar mis propias conclusiones. Pero cada cosa en su momento. 

Viéndome tan enfrascado con los petroglifos, el general se interesó por mi trabajo. Como relato en Los expedientes secretos (Planeta, 2001), mi traductor había ocupado un cargo de responsabilidad en la Administración. Formado en Moscú, había estado destinado en EE.UU. y en Cuba, donde había vivido mil anécdotas desde su cargo diplomático, para mí fundamentales en mi estudio sobre la utilización de las creencias por parte de los servicios secretos. Además disponía de envidiables contactos por todo el país y también en la ex Unión Soviética. Así, enfrascados como estábamos en la realización de calcos y mediciones de arte rupestre, decidí pedir su ayuda para descifrar uno de los misterios que encabezaban mi lista de tareas pendientes en aquel rincón del planeta: las pinturas de Fergana, una de las imágenes del misterio que durante años me ha tenido obsesionado. 

Erich von Dániken publicó dicha imagen en varios de sus libros, como El mensaje de los dioses (pág. 75) o El oro de los dioses (pág. 96), aunque en unos utiliza la escena completa y en otros sólo el detalle. Pero es evidente que se trata de la misma fotografía. Y no es extraño que Dániken y muchos otros autores repitan la imagen en varias de sus obras porque no existe ninguna otra que pueda ejemplificar con tanta nitidez la visita de astronautas no humanos en el pasado, una evidencia irrefutable que fue reproducida una y otra vez en cientos de libros y artículos sobre esta audaz teoría. Lo raro es que sea siempre la misma foto. En el caso del «avión» de Saqqara, el pilar de Asoka, o las «máquinas» de Abydos, aunque se trate de los mismos objetos, se han publicado fotos diferentes; pero en el caso de Fergana la imagen repetida mil veces parecía siempre la misma... Extraño. 

Una pintura, según Dániken, descubierta en una cueva del gigantesco valle de Fergana, y que en el momento de la publicación de sus libros pertenecía a la Unión Soviética. Actualmente el valle de Fergana es compartido por Tayikistán, Kirguizistán y más que nada Uzbekistán. Se trata de una de las zonas más pobres de Asia central, no muy lejos de Mongolia. Empero, ese gran valle se ha convertido en un hervidero de bandas de narcotráfico, traficantes de armas y grupos islamistas radicales que aspiran a crear un califato musulmán en la región. 

Además, en el valle se encontró petróleo, y desde 1989 se vienen dando en Fergana disturbios armados y auténticas masacres que han conseguido eludir los titulares internacionales una y otra vez. Lo que ocurría en Fergana nada tenía que envidiar a las matanzas de Bosnia o de Chechenia. Vamos, que lo de ampliar mi viaje hasta el valle el general lo veía poco aconsejable. Así que intentaría utilizar todos sus contactos en embajadas, universidades, etc., para seguir la pista de aquella pintura rupestre. Y el Museo de Estudios Locales de Fergana, localidad homónima del valle y su capital, era un buen lugar para comenzar. A partir de ese momento, y durante el resto del viaje, visitaríamos numerosos museos y nos entrevistaríamos con arqueólogos por todo el país. Y poco a poco me iría haciendo una idea del origen y naturaleza de la famosa escena rupestre de Fergana... 

A fuerza de viajes, uno va aprendiendo pequeños trucos. Para llevar un control de las distancias que recorríamos, yo utilizaba el cuentakilómetros del coche. En los monolitos de Morón, el vehículo marcaba sesenta y siete mil trescientos cuarenta y ocho kilómetros. Cuando llegamos a nuestro siguiente destino, sesenta y siete mil cuatrocientos cuarenta y uno. Habíamos tardado tres horas y quince minutos, según mis notas, en recorrer noventa y tres kilómetros. Eso puede dar una idea de la angustiosa lentitud con que debíamos atravesar algunos tramos, como el torrente seco de un viejo río, donde de nuevo el cambio de marchas empezó a dar problemas. 

El antiguo cauce estaba compuesto por miles de piedras redondeadas por la erosión, el coche avanzaba con dificultad, dando trompicones y derrapando cuando las ruedas no hacían firme en aquellas piedras. Tuvimos que parar un par de veces para empujar, improvisar rampas, o escarbar bajo las ruedas en busca de un piso más firme. Y entonces nueva avería. 

Mientras la reparaban, se nos acercaron tres muchachos atraídos por el escándalo que montaban los motores en aquel idílico silencio. Eran hermanos, y muy pobres. El pequeño ni siquiera tenía zapatos. Caminaba descalzo sobre los guijarros del río con la misma temeridad con que los penitentes andan sobre las brasas. Y se me encogió el corazón. No es la primera vez. 

En todos los viajes, en todos los rincones del mundo, nos podemos encontrar niños en condiciones de vida extremadamente duras. Yo suelo robar todas las toallas, jabones y demás souvenirs de los hoteles donde me alojo, precisamente para este tipo de casos. E invito a todos los turistas a hacer lo mismo, por ilegal que sea esta inducción. Supongo que los jabones y toallas, junto con algunas de mis camisetas, que dejé a aquellos muchachos no les serían de gran ayuda. Afortunadamente me había llevado también las frágiles zapatillas que obsequiaban a sus clientes en el hotel donde había pasado mi primera noche en Ulan Bator. Con ayuda de una cuerda y un poco de cinta americana, le fabriqué unas alpargatas al crío, que me pagó el servicio con la sonrisa más resplandeciente del imperio del gran Khan. Y una vez más, los más necesitados se ponen a nuestro servicio para hacernos el gran favor de permitir que nos sintamos útiles. Incluyo esta anécdota en la crónica porque estoy seguro de que culturas y civilizaciones tan antiguas como la mongola pueden enseñarnos mucho. Pero nosotros a ellos también. 

Por fin llegamos a nuestro destino, uno de los puntos más importantes de nuestro viaje. Un auténtico mar interior de agua dulce en medio de la estepa: el lago Hóvsgol. Encontrar el hermoso lago y el tropical ecosistema que le rodea fue tan reconfortante como llegar al oais de Tarjit, en Mauritania, o al de Bahariya, en Egipto, después de tantos kilómetros de desierto. 

Descansamos unos días en el lago y aprovechamos para recorrer sus alrededores. Merece la pena ascender hasta lo alto del monte Jirvesteg para tener una perspectiva del lago en todo su esplendor, aunque ese ascenso resulta agotador. Allí conocí a un interesante personaje, Battsenguel Dashzeveg, que me narró las leyendas del lago. Desde los pescadores de las orillas a los habitantes de las montañas, todos tienen algo que enseñar al viajero que quiera aprender. Espectaculares vistas, fauna salvaje, gentes amables... 

Pero lo que a mí más me interesaba era una tribu en vías de extinción que, según decía Battsenguel, todavía conservan las prácticas chamánicas ancestrales: los tsatan. 






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