LAS MIL Y UNA RELIQUIAS


En el siglo IV, a finales, ya se habían “localizado” las principales reliquias de Cristo, que se han multiplicado “milagrosamente” con el paso de los años: como la Cruz de la Pasión, los clavos, la columna donde fue flagelado por Pilatos, y posteriormente llegaron la corona de espinas, la lanza de Longinos (que ha llegado a identificarse con la mítica espada del rey Arturo, Excalibur) o la vara que se sirvió de cetro.

En el siglo VI ya no existía iglesia o ermita que se preciase, que no poseyese al menos una reliquia importante Todavía hoy, los poseedores de esos fetiches religiosos, pueden narrar simpáticos episodios, que ilustran como la mitificación de estos objetos pervive entre los creyentes actuales.




Jose Mª Kaydeda, que entre otras cosas posee una pluma del ala del Arcangel Gabriel, o un prepucio de Cristo, ha sorprendido a mas de un visitante a su museo postrado en devota oración ante el lujoso relicario que escolta su colección privada.

El mismo Juan Eslava Galán relata como en octubre de 1981 presenció el robo, a punta de pistola, del cuerpo incorrupto de Santa Lucía, en la Iglesia de San Jeremías, en Venecia.

Y es que las reliquias, más que paz de espíritu, han supuesto auténticos torbellinos emocionales entre los creyentes, encendiendo apasionadas polémicas, provocando hurtos, peleas y hasta guerras. 

Las Cruzadas descargaron sobre occidente un auténtico aluvión de reliquias religiosas importadas por los “santos” Cruzados desde Tierra Santa. La mayor parte de ellas llegaron a Europa entre el siglo XIV y el siglo XIV. Y el Camino de Santiago expandería posteriormente esa sacrosanta costumbre.

Los peregrinos que acudían desde Europa, por el “camino francés” reconfortaban su fe visitando los mil y un monasterios y capillas, en los que un dedo de la santa de turno, o un diente de un beato cualquiera, les otorgaban los presupuestos dones sobrenaturales. Todavía hoy continúan llegando a Santiago reliquias de peregrinos que se quedaron por el camino, o que eran transportadas por viajeros desde Jerusalén, y que, al morir antes de concluir la ruta Jacobea, fueron “adoptadas” por iglesias o monasterios de El Camino, siento cedidas a la Catedral Compostelana, 5 siglos después de haber iniciado su viaje.

Esa pasión por las reliquias, fomentada en la Edad Media, no se limitaba al pueblo lleno de escasa formación cultural, en absoluto. Por el contrario, los mayores amantes de estos fetiches eran los nobles, que llegaban a empeñar grandes fortunas en pos de completar tan irracionales como abundantes colecciones de reliquias.

En 1509, por citar solo un ejemplo, el Príncipe elector Federico el Sabio legó a la iglesia palatina de Witembers su colección de 5000 reliquias, muchas adquiridas personalmente en Tierra Santa. Entre las piezas más valiosas de tan inaudita colección –de un valor teológico y crematístico incalculable, destacaban cinco gotas leche de los senos de la Virgen, así como 4 pelos y varios trocitos de su camisa.

Algunas de esas reliquias, como el trozo más grande de la cruz de Cristo, conservada en Cantabria, o el Santo Grial, conservado en Valencia, o el Santo Sudario, conservado en Oviedo, palidecen ante otro tipo de reliquias que, según la clasificación de Eslava Galán, definiríamos como del tipo “cristicas”, suptipo “divinas”, y clase “carnicas”, como el Santo Prepucio.



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