EL RITUAL DE LA MUJER CHAMÁN EN MONGOLIA



En el día y hora concertados, puntual como un reloj británico, la mujer chamán estaba de regreso en el campamento tsatan. Los visitantes, para los que se celebraría el genuino ritual de chamanismo tsatan, no eran sino una humilde familia de pastores que habían llegado al lago Hüvsgol desde Tsontsenguel, a unos ciento setenta kilómetros de distancia. Me gustaría subrayar este punto porque sé que el camino de la estepa es duro y puedo certificar que esa familia debía tener mucha fe en los poderes de Dúhzi Ragchá como para recorrer esa distancia: sólo para consultar a la chamana. 

Antes de iniciarse el ritual invertimos algún tiempo en compartir comida y bebida con nuestros anfitriones para intentar ganamos su confianza y conseguir que se sintiesen cómodos con la presencia extranjera. Por fin llegó el momento tan ansiado, que resumo telegráficamente, siguiendo al pie de la letra las notas que iba tomando en mi cuaderno de viaje: 


A las diez de la noche comienzan los preparativos. Y mientras la chamana es ayudada por su asistente, yo compruebo por enésima vez las cámaras de fotos y las de vídeo, las grabadoras magnetofónicas, etc. Baterías nuevas, cinta virgen, trípodes estratégicamente situados para no perder ni un momento del trance. Y comienza el ritual. 

Con gran solemnidad Nasanhuyan y Enkhe (diminutivo cariñoso de Enkhbat), hermano y marido respectivamente de la chamana, presentan sus saludos al «altar» de los espíritus y toman el vestido sagrado, que sacuden enérgicamente tres veces. Este vestido, que el chamán siberiano sólo se pone en los rituales, es su «armadura» en el reino de los espíritus. Está confeccionado con infinidad de símbolos, que tienen, todos y cada uno de ellos, una función concreta. Y todos son sospechosamente similares a los tambores y vestidos de los chamanes pieles rojas de Estados Unidos. 

Las plumas y los flecos que atiborran el sombrero y el traje de chamán simbolizan las alas del águila con las que volará a los mundos invisibles; las campanillas y los huesillos que adornan la espalda (considerado el punto más débil del chamán en sus viajes al mundo de los espíritus) deberán espantar a los malos espíritus con su tintineo, y a la vez atraer a los buenos. 

El tambor, hecho de piel, y la «baqueta» con que se golpea, hecha de espinas de pescado (animal sagrado), supondrán el «telégrafo» con el que hablar con los espíritus y cuyos toques y ritmos nos indicarían en qué momento del viaje se encuentra la chamana... Antes de entregarlo a la chamana, uno de sus asistentes lo hace sonar tres veces. 

No puedo evitar, en este instante, recordar a Oguedó, el brujo nyau que había conocido en la sabana africana de Malawi. Sé que no existe ningún vínculo cultural, social ni religioso entre el chamanismo siberiano y la brujería africana, pero resulta extraordinario observar cómo los elementos del ritual son tan parecidos. Como si realmente ésos fuesen los instrumentos necesarios para viajar al mundo de los espíritus. O como si, por el contrario, los símbolos arquetípicos de los que hablaba Carl Gustav Jung fuesen tan reales como los estados de conciencia alterada en los que caen todos los chamanes. 


La colocación del vestido sagrado se hace en medio de un respetuoso silencio. A la vez, la madre de Dúhzi Ragchá arroja al aire gotas de leche a ahuyentar a los malos espíritus. 

Mientras, yo me tomo la molestia de contar el número de personas que estamos dentro de la tienda tsatan, que no pasa de los cuatro metros de diámetro. Somos treinta y tres (durante el ritual oscilaríamos entre treinta y treinta y cinco al entrar y salir algunas personas más). Por fin, una vez «armada» con su tambor, hecho con piel de ciervo, y traje sagrado, la chamana comienza sus cánticos y letanías para llamar a los espíritus. Al principio muy lentamente, y ganando ritmo poco a poco, la chamana es acompañada en dichos cánticos por su madre. 

23.00. Los toques de tambor son cada vez más enérgicos, y las letanías parecen más sentidas. Enkhe está situado en todo momento detrás de su esposa sujetándola con fuerza por la espalda. Los mongoles siguen con todo detalle y gran reverencia las evoluciones de la danza chamánica. Nosotros comenzamos a impacientarnos. El espacio es muy reducido y el ambiente está muy cargado. Apenas hay espacio para el tiro de cámara y no quiero invadir el espacio de que dispone la chamana para su baile. Me sorprende observar con qué soltura se mueve a pesar del escaso sitio que tiene para la danza. 

23.14. Algunos devotos se arrodillan a los pies de la chamana en señal de saludo y sumisión a los espíritus. La tsatan, que ya está en trance, lanza violentas patadas que pasan rozando la cara de los devotos, a los que golpea con las colas de su vestido. Yo concentro toda mi atención en intentar avistar el rostro de la chamana a través de los flecos de su sombrero, que le cubren toda la cara, pero al fin, en alguno de los giros que hace durante el baile, observo que, efectivamente, tiene los ojos cerrados. 

23.26. La chamana se desploma por tierra llevándose por delante mi grabadora magnetofónica, que escupe las pilas por todo el tipi. Sus asistentes intentan sujetarla para que no se haga daño al caer al suelo, pero aun así la caída es aparatosa. Sólo en ese instante, en que aparentemente se ha desvanecido, deja de tocar el tambor. Una vez puesta en pie de nuevo por sus asistentes, éstos le entregan con gran solemnidad el tambor y continúa la danza. 

0.02. Llega el momento del oráculo. Uno a uno todos los mongoles y un europeo, quien esto escribe, nos arrodillamos ante la chamana y tendemos ante ella una prenda de nuestras ropas. Ella deja caer sobre dicha prenda la maza de espinas con la que toca el tambor. Dependiendo de la posición en la que caiga la maza reaccionará de una forma u otra. Observo que ante unos dispara una patada o se revuelve violentamente, mientras que ante otros vuelve a tirar una y otra vez su «baqueta» sobre nuestras ropas como si quisiese obtener más información. Más tarde me explicarían que este sistema sirve para consultar al mundo sobrenatural sobre la existencia de espíritus «buenos» o «malos» a nuestro alrededor. Afortunadamente en mi caso los supuestos «espíritus», según el oráculo tsatan, eran favorables. En base a esta información más tarde la chamana elaborará un diagnóstico en torno a la consulta que le haya hecho el devoto y, si procede, emitirá un tratamiento «mágico». 

0.14. La madre de la chamana parece establecer en todo momento un diálogo con el espíritu que posee a la chamana. Y llegados a este punto comienzan a despedir a las entidades que han visitado el tipi... 

Más tarde, con la misma solemnidad con que se lo colocaron, los asistentes desprenden a la chamana de sus «herramientas» y del vestido sagrado. 

A continuación nos ofrecen a todos los presentes dulces, airag, carne y leche; debemos celebrar que los espíritus nos han sido propicios. Aprovechando la armonía reinante pude hacer algunas preguntas a Dúhzi Ragchá, que no estaba muy acostumbrada a las entrevistas. Mientras disfrutamos durante un buen rato de la hospitalidad tsatan. Sus desconfianzas iniciales se tornaron en simpatía, y llegaron al extremo de ofrecernos pasar la noche en su tienda. 

Después, Dúzhi Ragchá me explicó que se inició en el chamanismo a los tres años, siguiendo los pasos de sus abuelos, que también eran chamanes. Me dijo que hay que estudiar mucho para ser chamán, y que además es imprescindible tener un maestro. El suyo fue Kom Boshara. También me explicó la persecución que sus predecesores sufrieron cuando llegó el budismo a Mongolia e intentó erradicar el chamanismo del pueblo. Con cierto despecho me dejó muy claro que no existe vínculo entre la tradición de Buda y la chamánica: «El budismo es una religión amarilla, mientras que el chamanismo es una religión negra». 

Y sobre todo (y esto es lo más extraordinario e increíble de mi entrevista con la mujer chamán) me aseguró que el chamanismo es una religión tan antigua como el culto a los antepasados, algo que ratifican muchos estudiosos del arte rupestre siberiano. Pero lo magnífico es que la forma de entender el más allá y la naturaleza de los espíritus con los que la chamana tsatan realizaba sus trabajos es absolutamente idéntica a la que tenía Oguedó, el hechicero nyau de Malawi, o las demás etnias africanas: 

«Son espíritus de los muertos porque después de la muerte los humanos pasan al cielo y desde allí acuden. Pero sólo los espíritus más nobles y más fuertes, como los de los héroes antiguos, llegan a ser dioses después de muertos». 

Esta frase literal de la mujer chamán me lleva a pensar que no sólo en África el más allá no es un lugar, sino un periodo de tiempo. Extraordinario. Para mí, el descubrimiento de esta sincronía de creencias en dos culturas tan alejadas en el espacio y el tiempo me pareció maravillosa e inexplicable. Casi tanto como el descubrimiento arqueológico que estaba a punto de vivir. 





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