SIGNUM DEI: LAS SEÑALES DE DIOS


Por la noche, después del festival Teej, asistí a un insólito espectáculo. Un grupo de músicos y bailarines realizaba diferentes prodigios al ritmo del sitar, las flautas y los tambores.

En comunión con sabe Dios qué exótica divinidad del panteón hindú, un hombre y una mujer demostraban, ante mi cámara, sus supuestas capacidades sobrenaturales. Ella bailando mientras mantenía en equilibrio una cantidad imposible de lecheras de gran tamaño sobre su cabeza, y él danzando con sus pies descalzos sobre dos sables «afilados» encajados en una peana de madera.

Disfruté del espectáculo y de otras muchas demostraciones del poder místico de los santones hindúes en mi viaje, pero en ese momento lo que vino a mi imaginación fue la brutal repercusión que tuvo en muchos misioneros católicos, menos familiarizados que yo con la picaresca del misterio, el presenciar demostraciones similares. San Agustín decía que «un milagro no ocurre contra la naturaleza, sino contra nuestro conocimiento de esa naturaleza».

A mayor conocimiento de la naturaleza, menos milagros. No obstante, durante mil quinientos años los teólogos cristianos pretendían reforzar la exclusividad de la Revelación de Jesús amparándose en sus milagros y en los de los santos católicos.

Existe una abundante literatura teológica que estudia los milagros de Jesús y de otros personajes bíblicos, intentando diferenciarlos de los prodigios atribuidos a Buda, Zoroastro o Mahoma por sus biógrafos. Naturalmente, como requisito indispensable, esos teólogos conferían a la Biblia una literalidad histórica impecable, que hoy no comparte ningún exégeta, mientras descalificaban los textos de otras religiones como redacciones tardías, llenas de añadidos y exageraciones. Es lógico.

Los judeocristianos, en nuestro empeño por fortalecer las bases de nuestra fe, nos hemos esforzado hasta lo indecible en demostrar que nuestro libro sagrado es un ensayo histórico. Ésta es la única forma de tener un referente preciso para entender el mundo en el que vivimos. Pero la verdad es que, como ya he apuntado repetidas veces, la Biblia es cualquier cosa menos un libro de historia. Y los relatos que contiene en ningún caso pueden tomarse como descripciones veraces de hechos que sucedieron tal y como son narrados.

Un observador imparcial podría suponer que, sabiendo como sabemos, sin ningún género de dudas, que la Biblia está llena de interpolaciones de diferentes autores, añadidos, mutilaciones, errores, contradicciones, etc., no es racional conferir a sus relatos una literalidad histórica.

Objetivamente podríamos aplicar el mismo tratamiento a libros aún más antiguos y por tanto más susceptibles de haber sufrido similares mutilaciones, errores de traducción, etc., como los textos budistas, la literatura védica, etc. Sin embargo, y según este argumento lógico, si nos basamos sólo en la antigüedad del texto tendríamos que reconocer que otras «revelaciones», como el Corán y sus «milagros», parecerían más fiables por ser más cercanas en la historia. Sin embargo no dejaría de ser una especulación. Al menos hasta que los primeros misioneros católicos llegaron a la India.

No me avergüenza confesar que siempre sentí una gran atracción por san Ignacio de Loyola y por la orden que fundó. Tengo grandes amigos jesuitas, y de haberme ordenado sacerdote, supongo que habría apuntado hacia la Compañía de Jesús. Basta visitar lugares como el Instituto Social de los Jesuitas en la India para sentir de nuevo esa agitación en el espíritu. Cuando uno ve como «manos tan vacías dieron y darán tanto a tantos» es imposible no recordar la perdida vocación, que se revuelve en lo más profundo del corazón.

Como antes apuntaba, el Indian Social Institute, además de su trabajo social, conserva valiosísimos archivos históricos sobre la labor de los jesuitas en la India. Y a dichos archivos pongo por testigo, como a los archivos secretos vaticanos, de una de las páginas menos conocidas de las misiones cristianas en el subcontinente.

Los misioneros cristianos llegaron a la India en una etapa de la teología católica en la que se consideraban signum Dei o «signos de divinidad» todos esos supuestos fenómenos místicos protagonizados por los santos o por los endemoniados. A ojos de la autoridad eclesiástica, los prodigios descritos en los trances de los místicos o en los exorcismos sólo podían estar originados por causas sobrenaturales. Es decir, Dios o el diablo. Evidentemente la física, la psiquiatría o la psicología eran disciplinas inexistentes todavía. Cuando un sacerdote católico presenciaba fenómenos considerados como inexplicables en aquella época (epilepsia, histeria, etc.) sólo podía pensar que aquel prodigio era obra de Dios o del diablo. Todo dependía del contexto y las circunstancias teológicas que rodeasen el fenómeno.

Pero ante los prodigios protagonizados por personas piadosas, como san Francisco de Asís, santa Teresa de Ávila o Francesco Forgione, alias el padre Pío, quién podría dudar de que el mismísimo Dios se manifestaba en sus hijos a través de los dones del Espíritu Santo. ¿Cómo si no comprender la insólita resistencia al dolor y la capacidad de sufrimiento de los místicos estigmatizados? ¿Cómo entender su capacidad para realizar hazañas que rebasan las capacidades humanas?

En aquella época la teología cristiana tenía las cosas claras. Los milagros de una persona piadosa eran un signum Dei que garantizaba la intervención divina. Y de hecho todavía hoy, en el siglo XXI, las causas de los santos, como la que se celebrará muy pronto en torno a Juan Pablo II, continúan considerando los milagros como una condición imprescindible para la beatificación primero y para la canonización después. Pero ¿cómo explicar que santones paganos, no bautizados, y por tanto en estado de pecado mortal, protagonizasen los mismos signum Dei que los santos cristianos? San Juan Bosco podría haber aportado mucho en este sentido.

La cuestión no es baladí, y creo que hasta el ateo más descreído comprenderá que para aquellos primeros misioneros llegados a India, fervorosos creyentes en el magisterio de la Iglesia, capaces incluso de arriesgar sus propias vidas en beneficio del Vaticano, la existencia de los sannyasis implicaba una brutal contradicción con sus creencias más íntimas. Si un infiel protagonizaba los mismos signum Dei que un santo algo fallaba en su teología. Y eso es lo que sintieron los primeros misioneros al encontrar a los renunciantes hinduistas, de voluntad inquebrantable, capaces de atravesarse el cuerpo con agujas o caminar descalzos sobre las brasas sin sentir dolor, entre otros muchos prodigios.

No existe ningún fenómeno característico de la mística judeocristiana que no haya sido descrito también en las crónicas de los misioneros, con el consiguiente desagrado e incomodidad para las autoridades eclesiásticas. Quizá por ello fueron precisamente los jesuitas los principales encargados de discernir qué es y qué no es un signum Dei.

En su libro Biblia y parapsicología, publicado en 1990 por la editorial agustina Biblia y Fe, en una colección de monografías teológicas dirigidas por el conocido padre Antonio Salas, mi amigo el jesuita José María Pilón lo explica claramente:

«La característica fundamental de lo milagroso es el signum Dei. Y para dar esa "señal", ese signum a sus acciones, Dios se vale de las posibilidades secretas de su creación, que no son todavía conocidas por nosotros en su complejidad esencial. Esos mismos "hechos", pero desprovistos de un significado religioso, exentos de ese carácter de "signo" de la acción de Dios, se pueden dar en el campo de la fenomenología paranormal» (pág. 36). 

Por supuesto no es el lugar para discutir si tal «fenomenología paranormal» es o no inaceptable para nuestro conocimiento de la física (que no lo es). Baste con dejar claro que el testimonio de los misioneros causó un cambio, o al menos una evolución, a la hora de enfrentarse a un supuesto «signo de divinidad». Por eso han sido los jesuitas, como explico en mi libro Los expedientes secretos, los principales estudiosos del campo paranormal y, en algunas ocasiones, como el caso del padre Heredia o el padre González Quevedo, los mayores desenmascaradores de fraudes paranormales. Ellos fueron además, en muchos casos, quienes descubrieron que numerosos prodigios protagonizados por los místicos y que anteriormente eran causa de devoción podían tener una explicación dentro de los límites de la psiquiatría y la psicología. Y basta contemplar la evolución de la actitud de la Iglesia ante lo sobrenatural para darse cuenta. Algunos libros teológicos, como El libro de los milagros del diplomático vaticano Zsolt Aradi, o el clásico Fenómenos físicos del misticismo, del jesuita Herbert Thurston, marcaron un hito. 

Thurston (1856-1939) era conocido por sus contemporáneos como «el hombre que lo sabe todo» y «el hombre que sólo busca la verdad». Su acceso ilimitado a los archivos del Museo Británico por un lado, y a los archivos jesuitas por otro, le dio una perspectiva privilegiada sobre los fenómenos  místicos. A lo que tenemos que añadir que vivió en el Londres de la efersvescencia espiritista y metapsíquica. Contemporáneo de Conan Doyle, Omm Seti, Helena Blavatsky, lord Carnarvon o Aleister Crowley, en su autobiografía reconoce que él mismo había presenciado fenómenos psíquicos inexplicables en su infancia. E imagino que gracias a aquellos supuestos fenómenos que creyó presenciar hoy disfrutamos de su magnífica obra.

En realidad el libro de Thurston es una recopilación de ensayos escritos entre 1919 y 1938 en los que el jesuita intenta aunar historia y psicología en su estudio de los supuestos fenómenos sobrenaturales protagonizados por los grandes místicos. Sus ideas se clarificaron notablemente cuando, en 1933, un pastor luterano alemán consiguió producirle «estigmas» a una paciente histérica a través de la hipnosis, una técnica psicológica que acababa de surgir en Europa siguiendo los pasos de Messmer primero y Charcot después. Estaba claro que si la sugestión podía producir efectos físicos en el cuerpo, las marcas de Cristo que habían «autentificado» la piedad de tantos santos católicos dejaban de ser una prueba de algo sobrenatural. En el fondo no es tan extraño. Si una úlcera no es más que la somatización del estrés en el organismo, y la pseudociesis o embarazo imaginario puede provocar hasta la segregación de leche lactante en los pezones o la hinchazón del vientre de la mujer que se cree preñada, ¿cómo dudar de que el fervor religioso, el más poderoso estímulo psicológico de la historia, pueda crear efectos físicos en el cuerpo?

Pues yo estoy en disposición de afirmar, basándome en mi propia experiencia, que la mente humana es capaz de eso y de mucho más. Y Dios no entra necesariamente en esta ecuación. 





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