MÁRTIRES EN EL PAÍS DEL ESPÍRITU


India «parió» dos de las religiones más multitudinarias del mundo: el hinduismo y el budismo. Pero también acoge un sinfín de formas de culto minoritarias, algunas extendidas por todo el planeta, como los sijs; y otras condenadas a la incomprensión de Occidente, como los jainistas; pasando por los últimos vestigios del monoteísmo más antiguo de la historia, el zoroastrismo. 

Al lado de religiones tan antiguas y asentadas como el zoroastrismo, la religión de Zaratustra, que ya hablaba de un dios único cuando los faraones aún construían pirámides, el cristianismo es un fenómeno nuevo que llegó a India de la mano de mi apóstol favorito: el escéptico Tomás. 

Tomás, como Grissom, no confiaba en los testigos, sino en las pruebas. Por eso necesitó, muy respetuosamente, meter los dedos en las llagas de Jesús para creer. Sólo después de contrastar la evidencia, su fe (que ya no era fe, sino certeza empírica) se robusteció lo suficiente como para salir al mundo y comenzar su peregrinación apostólica. El Libro de los Hechos de los Apóstoles, el Libro de Revelación o Apocalipsis, veintiún epístolas y cuatro evangelios son las obras que forman el Nuevo Testamento; las últimas, en concreto, son los únicos documentos históricos que hablan sobre la vida de Jesús de Nazaret y es una lástima que ninguna de ellas fuese redactada por el apóstol escéptico (el apócrifo de Nag Hammadi probablemente no es suyo). Estoy seguro de que su redacción sería más metodológica, crítica y por tanto fiable que ninguna otra. 

Ya que el término escéptico, si respetamos su etimología griega, skeptikoi, sólo significa «el que duda». O ateniéndonos a la raíz indoeuropea skep («mirar», «observar»), podríamos interpretar como «el que busca». En realidad ese nombre era aplicado a los seguidores de la escuela del filósofo Pirrón (360-270 a.C.), quien creía que no existía nada verdadero o falso, bueno o malo, inmundo o sagrado totalmente. Pirrón estaba contra el pensamiento dogmático, y a él se atribuyen frases tan lúcidas como: «No digas "Así es", sino "Me parece que es"», o «La diversidad de opinión existe entre sabios igual que entre legos. Cualquier opinión que yo tenga puede ser repudiada por personas igual de listas y preparadas que yo y con argumentos tan válidos como los míos». Y Thomas Henry Huxley lo sintetizó en una frase genial: «Soy demasiado escéptico como para negar la posibilidad de nada». 

Tomás no era un mojigato, como ninguno de los discípulos de Jesús. Como ningún misionero. Tenían que ser tipos bragados, audaces, dispuestos a enfrentarse a cualquier situación, e incluso a la sociedad de su tiempo. No es raro que algunos exégetas los identifiquen más con activistas revolucionarios que con ñoños y pusilánimes «corderos de Dios». De hecho, ciertos episodios de las escrituras o de la tradición, como el ataque a espada de Pedro contra uno de los soldados romanos que captura a Jesús en Getsemaní, o la vengativa profecía que hace Tomás al maestresala que le golpea en las bodas de Pelagia y Dionisio, nos intentan demostrar que los doce eran hombres fuertes y de gran carácter. De otra manera sería impensable que fuesen capaces de echarse a los caminos, solos, para recorrer distancias de miles de kilómetros, sorteando todo tipo de peligros, en países que no conocían, con lenguas que no hablaban y costumbres que les eran ajenas, dispuestos incluso a jugarse la vida por llevar la palabra de Dios. ¿Puede concebirse una forma más audaz de aventurero? 

Si admitimos la tradición hindú, mientras sus compañeros de mesa en la última cena partían hacia África, Europa, etc., en el año 52 d.C. Tomás dirigió sus pasos a la India, donde terminaría asesinado por unos brahmanes en la cueva donde oraba. Todavía hoy se conserva su tumba en Mylapore, cerca de Chennai (Madrás). Justo donde terminaría sus días Niccolo da Pistoia, el primer dominico que llegó al país en 1291 camino de China con algunos franciscanos. Aunque, si somos justos, debemos reconocer que ya hay una presencia cristiana documentada en la India hasta el siglo III con la implantación de la iglesia siria en la costa malabar. 

La presencia misional cristiana permanente no llegaría hasta 1498, desafortunadamente de la mano de los invasores portugueses, tan torpes en la India como lo fuimos los españoles en América. Las expediciones comerciales del patronato regio portugués portaban con frecuencia misioneros en sus barcos. Vasco da Gama llevó consigo a dos trinitarios. Ambos morirían torturados. Cabral trasladó a ocho sacerdotes seculares y ocho franciscanos con fray Enrique de Coimbra a la cabeza. La armada de Alburquerque condujo hasta la India al vicario general, Domingo de Sousa, con otros cinco dominicos, etc. 

Los portugueses consideraban, como conquistadores que eran, que el nuevo señor de una tierra decidía la religión de sus súbditos. Así es fácil hacer conversiones. Pero los enfrentamientos entre los primeros misioneros y los marinos portugueses están sobradamente documentados en los archivos vaticanos. Por esa razón la Iglesia decidió que debía prescindir de los colonizadores si pretendía que los nativos acogiesen voluntariamente el mensaje cristiano. 

Y así surgieron personajes tan singulares como el jesuita Robert de Nobili, que llegó a India en 1606. Adoptó el estilo de vida y la cultura autóctonos. Presentó el evangelio utilizando la cultura hindú, de suerte que las castas hindúes no sintieran el cristianismo como una invasión de su estilo de vida. Llegó a dominar el tamil y el sánscrito. Ése es el perfil de muchos misioneros anteriores y posteriores a Nobili. Franciscanos y jesuitas sobre todo heredaron la templanza y el arrojo, calificado de psicótico por muchos psiquiatras, de sus fundadores san Ignacio de Loyola y san Francisco de Asís. Y es que hace falta estar muy loco, o ser muy valiente, para iniciar una aventura como la de esos misioneros. Solos en tierra extraña y enfrentados a dioses con miles de años de historia. Sin duda el mejor ejemplo es el de Francisco Javier, santo patrón de las misiones católicas y ejemplo a imitar por todos. 

Francisco Javier, como tantos misioneros, partió del puerto de Lisboa en 1541. Dobló el cabo de Buena Esperanza, subió hasta Mozambique, donde se vio obligado a invernar aprovechando la escala para asistir a los enfermos de peste, y tras un extenuante viaje arribó a la costa India de Goa el 6 de mayo de 1542. Existe suficiente bibliografía para que el lector interesado pueda imaginarse a aquel frailecillo español recorriendo las calles de Goa con una campana, invitando a los presentes a escuchar su sermón en una lengua que no conocían. Allí empezó a hablar la lengua universal, la del amor, que se entiende en todos los dialectos del mundo. Asistía a los leprosos, moribundos, apestados y sobre todo a las castas más humilladas de la cultura hindú, donde comenzó a obtener sus primeras conversiones. A Francisco Javier le gustaba dormir en los hospitales para estar cerca de los enfermos y más aún de los niños. Y entonces es cuando solía pronunciar aquella frase tremenda y maravillosa: «¡Basta, Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor!», que yo he tardado tantos años en comprender. Somos nosotros quienes debemos agradecer a los desfavorecidos la oportunidad de ayudarles, y no al revés. 

A fuerza de cariño y perseverancia consiguió inaugurar su primera misión entre los paravas, los pobres entre los pobres, en septiembre de 1542. Allí consiguió la ayuda de algunos nativos que hablaban portugués para, con inimaginable esfuerzo, componer un pequeño catecismo en la lengua parava. Javier lo memorizó entero para poder iniciar su evangelización por pueblos y aldeas. Remito al lector interesado a las cartas que el mismo Javier escribió a sus hermanos de Roma para conocer la deliciosa sensibilidad del jesuita, que, por supuesto, visitó la tumba de santo Tomás en Mylapore. 

Supongo que los agnósticos contemplarán con desdén el proceso de beatificación y posterior canonización de Francisco Javier. Las crónicas de los supuestos milagros que protagonizó serán observadas con profundo escepticismo por el ateo, y así debe ser. Sin embargo, el mayor milagro de todos, a mi juicio, es la fuerza de voluntad inconmensurable que llevó a este santo a recorrer, en sus viajes por Asia, más de veinticinco mil kilómetros; bautizando, sólo entre paravas, a más de veinte mil personas, y otras cincuenta mil en las Malucas. Por no hablar de los cientos de miles de enfermos, tullidos, moribundos, leprosos, apestados y mutilados que atendió a lo largo de su vida. Ése es el poder de la fe. 

Al lado de la colosal obra de Francisco Javier, la construcción de pirámides de piedra en el Egipto de Ra, Amón y Horus me parece un juego de niños. Sólo con el esfuerzo titánico, gigantesco, inimaginable de aquel enjuto jesuita se puede comprender el inmenso poder que tienen las creencias. 

Como Francisco Javier, muchos jesuitas, franciscanos y dominicos viajaron a la India para intentar, con mayor fracaso que éxito, sustituir al prolífico panteón hindú, al bonachón Buda o al antiquísimo Zoroastro por Cristo en las almas de los hindúes. Y como ocurrió en África, América u Oceanía, muchos pagaron aquel atrevimiento con su vida, y lo siguen pagando. Cualquier viajero que se acerque al Indian Social Institute, fundado por los jesuitas en la India en 1951, entenderá a qué me refiero. 

El instituto combina la investigación con la acción social y junto con otras organizaciones no gubernamentales, como la española ALBOAN (promovida también por la Compañía de Jesús), trabaja con los intocables, la casta más baja, y con los pueblos indígenas, especialmente con sus mujeres. Cualquiera de sus responsables, como Walter Fernández, director de Estudios Indígenas, podría facilitarle una lista de los últimos misioneros jesuitas asesinados en la «capital mundial de la espiritualidad» cuando intentaban ayudar y proteger a las castas más pobres de la India. Hermann Rasschaert, Francis Louis Martin-sek, Matthew Mannaparambil, Thomas Anchanikal o Thomas E. Gafney son algunos de los jesuitas asesinados en este supuesto enclave místico. Y los here-deros de san Ignacio no son los únicos. 

Llegados a este punto, no voy a perder la oportunidad de homenajear a los mártires de una fe que ya no comparto pero que respeto profundamente. Hombres y mujeres que acudieron a la India, como a otras partes del mundo, con la intención de servir y ayudar, pero condicionados por las creencias religiosas que les tocaron en suerte. Todos los lectores saben que miles de ellos han sido violados y violadas, torturados y torturadas, y asesinados y asesinadas de las formas más crueles e imaginativas a lo largo de dos mil años de cristianismo. Pero lo grave es que continúan siéndolo. Porque el martirio es una realidad del siglo XXI, no del pasado. No sólo se ha matado y se mata en el nombre de Jesús. Ayer y hoy, se ha muerto y se muere también en el nombre de Jesús. Sin ir más lejos, las iglesias católicas de Goa, donde reposa el cadáver «milagrosamente» incorrupto de Francisco Javier, sufrieron una serie de ataques, incendios y atentados desde los primeros meses del año 2005 que pusieron en serio peligro la vida de los misioneros. 

Esos asaltos llevaban produciéndose cada vez más intensamente en los estados de Orissa, Bihar, Rajastán, Karnataka y Madhya Pradesh, en una ola de violencia religiosa apenas investigada y menos todavía perseguida, que cuenta como telón de fondo con algunas leyes anticonversión aprobadas por diferentes estados de la República India gobernados por el Baratiya Janata Party (BJP), un partido nacionalista hindú cuya política fundamentalista ha sembrado la semilla de la violencia contra los cristianos durante los últimos cinco años. Violencia acrecentada tras la proyección, en los cines indios, de la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. 

Ya en 1999 se presentó en la quincuagésima quinta sesión de la Comisión Internacional de Derechos Humanos la Pax Christi, que condenaba todos los crímenes cometidos por causas religiosas y que estaban afectando especialmente a los misioneros cristianos, tanto protestantes como católicos, en la India. Uno de los momentos más trágicos se produjo el 24 de enero de ese año, cuando un grupo de hinduístas fanáticos quemó vivo a un misionero australiano de cincuenta y cinco años y a sus dos hijos, de diez y ocho años. 

Muchos de los autores de los actos de violencia cantaban consignas hindúes en apoyo del movimiento extremista Bajrang Dal, vinculado al BJP en el poder. El misionero, Graham Staines, había trabajado con enfermos de lepra en la India durante más de treinta años y era el secretario y tesorero de la Sociedad Misionera Evangélica de Mayurbhanj, cerca del lugar donde se cometió el crimen: Orissa, en Gujarat. Se dijo que la muchedumbre que atacó y rodeó el jeep estaba compuesta por entre cincuenta y cien hombres. Los habitantes del pueblo que trataron de ayudar al misionero fueron atacados y rechazados. Y los leprosos —y doy fe de que ésta es una terrible enfermedad— se quedaron sin ayuda ni consuelo. 

Graham Staines era sólo un nuevo nombre en la lista de misioneros cristianos que son asesinados cada año en algún remoto rincón del planeta. En una lista publicada el 5 de enero de 2000 por la Agencia Vaticana figuraban los nombres de más de seiscientos misioneros asesinados esa década. Y la cosa no ha mejorado en los primeros años del siglo XXI. Treinta y tres misioneros fueron asesinados en 2001, otros veinticinco en 2002, treinta y dos más en 2003 y quince en 2004. Creo que, al margen de que seamos ateos, agnósticos o creyentes en cualquier forma de espiritualidad, estas cifras reclaman un profundo respeto por los hombres y mujeres que se juegan la vida por desarrollar la más ejemplar forma de cristianismo: la solidaridad. 

Creo que es bueno tener presente esta dimensión, poco conocida, de las misiones. Porque incluso en un país como la India, mitificado en Occidente como el último gran reducto de la trascendencia, el espíritu y la mística, las cosas no son tan bonitas como nos las pintaron los Beatles. Yo lo tenía claro cuando abandoné el hotel de Nueva Delhi para empezar mi búsqueda personal del secreto de los dioses en el país del Ganges. 




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