MALAWI, LA CUNA DE LA HUMANIDAD


Mwalandiridwa ndi manja awiri quiere decir algo así como: «Ustedes son bienvenidos». Creo recordar que ésas fueron las primeras palabras que escuché al aterrizar en el aeropuerto internacional de Lilongwe. Es la capital de Malawi, un pequeño país situado en lo más profundo del África negra, rodeado por Tanzania, Mozambique y Zambia. Tan pequeño y poco conocido, en comparación con los grandes destinos africanos como Kenya, Zimbabwe o Suráfrica, que el turismo todavía no ha fagocitado ni la dignidad ni las tradiciones de esa región del África profunda. 

Malawi puede representar perfectamente la realidad africana con todos sus contrastes. Desde las antiguas religiones animistas, que pueden resultarnos incomprensibles a los occidentales, hasta las hambrunas, las sequías y el sida, que diezman sin piedad a la población. Quizá por ello hay una gran presencia misionera cristiana, y también de ONG laicas que se dejan literalmente la piel para intentar cambiar la durísima realidad social del continente negro. 

Antes de aterrizar, mi avión sobrevoló la selva africana, permitiéndonos admirar el origen de la raza humana. En aquellas llanuras y montañas, en aquellos valles y colinas, en aquellos lagos y ríos nació el homo sapiens tal y como hoy lo conocemos, y su fe. Aquí comienza el valle de Rift. Esta enorme herida en el terreno, que se extiende desde el sur de Mozambique y Malawi hasta el extremo más meridional de Turquía, supuso la cuna de nuestra humanidad. 

Hace millones de años el continente africano comenzó a resquebrajarse lentamente y sus fragmentos a alejarse unos de otros a causa de las fallas que dieron lugar a este valle, cuyas dimensiones son variables pero que en algunos puntos mide hasta ochenta kilómetros de ancho por trescientos metros de profundidad. La existencia de este valle supuso cambios extraordinarios de altitud y de drenaje en distancias cortas, lo cual, junto a la existencia de las cordilleras acabadas de formar, dio como resultado un mosaico de hábitats mucho más complejo y variado. Es posible, según opinan los científicos, que esa variedad de ambientes contribuyera eficazmente en el origen evolutivo del primer homínido erguido, es decir, el precursor del ser humano. 

Cuando el 27 de septiembre de 1831 el naturalista —y también teólogo— Charles Darwin zarpaba del puerto de Plymouth a bordo del buque de guerra H.M.S. Beagle, no sabía nada del valle de Rift, ni de la trascendencia mundial que alcanzarían sus estudios, publicados en 1859 bajo el concreto título "El origen de las especies mediante la selección natural y la supervivencia de las razas favorecidas en la lucha por la vida". 

Es difícil comprender hoy en día la revolución que supuso en la sociedad de su tiempo, que seguía todavía la Biblia como libro revelado y único referente fiable para millones de creyentes. Los trabajos de Darwin provocaron una revolución sin precedentes en lo que se creía hasta entonces sobre la creación del hombre, y encaminaron a los investigadores del futuro a rastrear fósiles y restos prehistóricos para intentar encadenar todos los eslabones de la cadena evolutiva. 

Aunque aún quedan cristianos creacionistas, la teoría evolutiva está más que aceptada. Según esa cadena evolutiva, el hombre y el mono descienden de un mismo tronco común. Tronco que se habría separado por razones desconocidas hace seis u ocho millones de años, precisamente en el valle de Rift. Tras esa división se habrían originado dos especies de chimpancés y una de gorilas por un lado, y los homínidos de los que desciende el hombre por otro. 

Tras esa supuesta división, hace millones de años, de un antepasado común que todavía se desconoce (el famoso eslabón perdido), nuestro ancestro más antiguo fue el ramapithecus (un simio especial de costumbres omnívoras y dotado de pequeños dientes parecidos a los de los humanos, que todavía caminaba torpemente sobre cuatro patas). A él seguirían varios tipos de australopithecus que poco a poco irían irguiéndose sobre dos piernas y utilizando herramientas. 

Hace unos dos millones de años aparece el homo habilis, después llegaría el homo erectus y el homo neanderthalensis, y por fin el homo sapiens. Aunque los nuevos descubrimientos, desde el homo florensis hasta Atapuerca, nos hagan replantear cada día esta cronología. Esa especie de primate inteligente (nosotros) evolucionó en el uso de herramientas, el descubrimiento del fuego, la estructuración de grupos sociales y el arte. Y gracias a esas primeras obras artísticas, los petroglifos y las pinturas rupestres, hoy podemos saber que su siguiente inquietud, una vez asegurado el alimento y la descendencia de la especie, fue la religión. 

No hemos evolucionado tanto. Autores como el antropólogo Eduard B. Taylor o el español Gonzalo Puente Ojea, ex embajador de España en el Vaticano y «ateo practicante», han analizado escéptica y desapasionadamente ese origen del pensamiento religioso, que con el paso de los siglos dio lugar a todas las religiones conocidas. Taylor, en su segundo volumen de La cultura primitiva, y Puente Ojea, en sus Ateísmo y religiosidad, El mito del alma y más recientemente Animismo, ofrecen una visión radicalmente descreída del primer pensamiento religioso de ese animal convertido en hombre. 

A mí, sin embargo, bajo el calor africano, inmerso en aquel paisaje salvaje, no me cuesta demasiado trabajo imaginar qué pensamientos pasarían por la mente de los primeros homínidos al descubrir que mientras dormían eran capaces de experimentar sensaciones y vivencias imposibles en el mundo real. En sus sueños podían volar, nadar, enfrentarse a las bestias de la selva sólo con las manos, revivir momentos pasados con familiares ya fallecidos... ¿Cómo no iban a considerar los sueños como un fenómeno sobrenatural o un mundo paralelo? ¿Y qué decir de las mujeres embarazadas? (siempre utilizo este ejemplo). 

Si imaginamos por un momento una caverna neolítica, en la que una de las hembras de la tribu de pronto comienza a engordar, y engordar, hasta que al cabo de nueve meses se arranca un trozo de carne de su interior, con vida propia... ¿Cómo no iban a ser adoradas como diosas creadoras de vida las primeras mujeres? Es imposible que, careciendo de conocimientos sobre el proceso de fecundación del óvulo femenino por parte del espermatozoide masculino, nuestros antiguos pudiesen relacionar el coito con el parto que se producía nueve meses después. Por tanto es lógico y razonable que ese maravilloso enigma de la naturaleza que es el embarazo fuese divinizado por nuestros ancestros. Y es que, como repetiré una y otra vez, todos los cultos ancestrales y todas las creencias religiosas del mundo tienen una razón lógica para existir. 





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