TSATAN, EL PUEBLO DE LOS RENOS


Poco antes de iniciar este viaje, había conocido al escritor y aventurero Cherna Rodríguez en una reunión de la Sociedad Geográfica. El fue quien primero me detalló las enormes dificultades que implicaba acceder a los tsatan. 

Según me explicó Cherna, a partir de Hüvsgol los coches ya no podían continuar el camino hacia sus territorios. Ni siquiera los poderosos helicópteros soviéticos pueden acceder a las montañas donde viven los últimos tsatan. La única forma de llegar hasta estos nómadas, entre los que se encuentran los últimos chamanes siberianos, es a caballo. El escritor y aventurero había pasado diez días a caballo recorriendo valles y montañas en busca de los tsatan del lago Hóvsgol hasta que pudo ver a la primera familia. Una experiencia que relata en su muy recomendable obra El diente de la ballena (El País-Aguilar, 1999), y que le llevó al límite de su resistencia física. Yo tuve más suerte. 

No soy tan fuerte como Cherna y no creo que hubiese resistido diez días a caballo por aquellas montañas. Sólo tuve que cabalgar una jornada por las montañas del lago Hüvsgol para encontrarme con unas escoceduras, agujetas y excoriaciones infernales y con una familia tsatan. Pero mi fortuna aún era mayor. Aquella familia, que sólo desciende hasta el lago en los meses de verano, estaba liderada por una mujer chamán. 

La palabra «chamán» se utiliza indistintamente para definir a los curanderos asiáticos, a los médicos tradicionales africanos, a los brujos latinoamericanos y a todo tipo de personajes de poder pertenecientes a las más variadas tradiciones. Pero en realidad se trata de una transpolación siberiana del término manchur xaman, sustantivo derivado del verbo scha, que significa «saber». Por tanto el chamán es un hombre o mujer que sabe, un hombre o mujer de conocimiento. 

Otros autores no obstante sugieren que el término proviene del sánscrito «sramana», que significa «monje budista itinerante», aunque personalmente no comparto esa teoría. El chamanismo es una religión anterior al budismo. Quizá anterior incluso al culto a los antepasados. Para numerosos autores, como A. Leroi-Gourhan (1964) o J. Campbell (1960), el chamanismo se remonta a la prehistoria, apareciendo escenas que representan ritos chamánicos en pinturas rupestres coreanas y siberianas. 

Yo mismo he podido reconocer elementos alusivos al chamanismo en petroglifos y pinturas rupestres desperdigados por todo el mundo, lo cual indica la antigüedad prehistórica de esta forma de religión. Y lo que es más, idénticos pese a encontrarse a miles de kilómetros entre sí. Como por ejemplo los «hombres con cuernos», símbolos de poder (no son antenas) que se repiten en cavernas rupestres y emplazamientos arqueológicos de todo el planeta. 

Sin embargo, el texto más antiguo documentado alusivo al chamanismo es un libro ligur: el Khutadghu Bilik, escrito hacia 1069. Pese a ello, y en base a esos elementos arqueológicos y a las tradiciones orales, algunos autores afirman que el chamanismo fue la primera religión, propiamente dicha, de la historia. Anterior incluso al culto a los muertos. Durante milenios los chamanes siberianos tutelaron la vida espiritual de las comunidades nómadas de la taiga y la estepa, pero con el paso del tiempo el chamanismo se fue paulatinamente debilitando por el avance del budismo primero. En este caso ni el cristianismo ni el islam lo han influenciado.

Sin embargo, ese fascinante fenómeno de mimetismo espiritual que es el sincretismo también ha influenciado el chamanismo. Tanto es así que, según eruditos como el gran Mircea Eliade, a finales del siglo XIX algunos chamanes de la estepa invocaban a Alá o a personajes bíblicos como Noé, Abrahairi o David en sus trances extáticos, y la presencia de elementos budistas era aún más evidente. Afortunadamente éste no es el caso de los tsatan. 

Pero además de una asesoría espiritual, como apunta Mohály Hoppal (presidente de la Society for Shamanic Research), el chamán euroasiático cumplía las funciones de profeta, sanador, sacerdote, etc. Lamentablemente, y a pesar de que el concepto «chamán» se extrapoló a todo tipo de hombres-medicina, brujos y hechiceros, los genuinos chamanes comenzaron a convertirse en una especie en vías de extinción cuando el comunismo de los países satélite de la antigua URSS prohibió todas las creencias y prácticas religiosas. 

El chamanismo es un conocimiento de transmisión oral, y la prohibición imperante en los países comunistas de difundir ese conocimiento hizo que muchos viejos chamanes desapareciesen sin poder legar sus secretos a jóvenes discípulos. Por esa razón etnólogos, antropólogos y estudiosos de las religiones comparadas encontramos cada vez más difícil acceder a genuinos chamanes depositarios de las tradiciones orales siberianas. En este caso, lo inaccesible de esas regiones, tanto para los viajeros actuales como para los soldados estalinistas, propició que algunas de esas tradiciones se hayan conservado. Aunque quizás por poco tiempo. 

En las inhóspitas regiones de Mongolia y Siberia existen numerosas etnias nómadas como los hanty, los mansi, los altaicos o los darkhad, todos ellos practicantes del chamanismo. Pero entre todos ellos existe un grupo étnico especialmente interesante: un pueblo en vías de desaparición al que tal vez le queden pocas generaciones de vida. Y es que frente a los veintinueve mil nentsi, los trescientos mil yakutos o los trece mil evenki diseminados por las desérticas regiones de Siberia, hace quince años un censo realizado por el etnógrafo mongol Badamkhatan contabilizó tan sólo a unos doscientos tsatan en la región del lago Hóvsgol, repartidos en treinta y nueve familias. 

El término tsatan (o tsaatang) no tiene nada que ver con el Satán hebreo, sino que proviene de la palabra tsa, que significa «reno». Por tanto podemos definir a los tsatan como el pueblo de los renos. De hecho estos nómadas basan toda su economía en sus «hermanos» los renos, que utilizan como montura, cuya leche les da los productos lácteos de sustento económico y alimentación y que usan como animales de tiro. Igual que con los pescadores y delfines del litoral mauritano, la alianza entre hombres y animales crea un vínculo espiritual reflejado en sus ritos religiosos. 

Los tsatan realizan entre seis y ocho migraciones al año, siempre en busca de mejores pastos para sus renos. Viven en unas tiendas cónicas, idénticas a los tipis de los indios norteamericanos, y de hecho tienen muchos puntos en común con los amerindios, incluidas sus prácticas religiosas, que durante la época del imperio comunista tuvieron que ocultar, y que a partir de 1991, tras la caída del bloque del Este, ya no están proscritas por el gobierno. Como todos los pueblos chamanistas, creen que todos los elementos de la naturaleza tienen un espíritu que puede influir benéfica o maléficamente en las personas. Con esos espíritus trata el chamán en sus «viajes» al otro mundo. Especialmente con el espíritu de los renos, un animal con el que los tsatan tienen un vínculo que trasciende al pastoreo. Igual que los imaghens mauritanos con los delfines. 

Para los pueblos chamanistas, especialmente los tsatan, la sangre es sagrada y por eso no puede ser derramada llegado el caso de necesitar la carne de un animal para alimentarse. En esas ocasiones el sacrificio se hace de una forma asombrosa, que en cierto momento del viaje pude presenciar personalmente. Tras pedir perdón al animal por necesitar su cuerpo, el matarife realiza un pequeño corte en el vientre del animal, y con un gesto rápido y certero, introduce su mano en el cuerpo, atraviesa el diafragma y estrangula la femoral, con lo que el animal muere en el acto con el mínimo dolor posible y sin derramar sangre. Doy testimonio de que resulta un espectáculo asombroso. Ellos opinan que si necesitas la vida del animal, ¿para qué has de causarle además un dolor innecesario? Tal vez la tauromaquia debería aprender algo de estas gentes primitivas. 

Los renos proveen al tsatan de todo lo que necesitan, e incluso le obsequian productos que, de haber tenido interés en comerciar, podrían haber resultado muy lucrativos para estos nómadas, como el pantocrino, una piel verde y vellosa que se desprende de los cuernos del reno macho y que se considera un poderoso afrodisíaco. Pero los tsatan no tienen ningún interés en mantener contactos con otras culturas. Eso es lo que los hace tan inaccesibles aunque los convierta en el pueblo más pobre de Siberia. 

Además, sabíamos que hace quince años ya sólo quedaban treinta y nueve familias, pero sabíamos también que ese número descendía paulatinamente debido a las prácticas endogámicas que habían comenzado a realizar los tsatan, casándose entre primos o hermanos a causa de su aislamiento. Lo que había producido que en las últimas generaciones se diesen muchos nacimientos de niños con problemas psíquicos o físicos. Este punto había sido confirmado por el aventurero Cherna Rodríguez meses atrás, al localizar a una de esas treinta y nueve familias tras recorrer durante más de una semana a caballo aquellas montañas en las que ahora me encontraba. 

Mientras intentaba hacerme con el control de mi caballo (posteriormente, en otro punto del viaje mi montura se desbocó, y no le deseo a nadie pasar ese mal trago), intentaba imaginarme lo que le habría costado a Rodríguez soportar aquellas particulares sillas de montar que te producen dolorosas excoriaciones en los muslos a causa de sus adornos de plata, mientras recorría una región que alcanza los treinta grados bajo cero en invierno, congelando todo el lago Hóvsgol y convirtiéndolo en una inmensa pista de patinaje de ciento veintisiete kilómetros de longitud. Hace falta mucho frío para congelar ciento veintisiete kilómetros de lago. 

En los días que pasamos en la región del Hóvsgol pudimos contactar con varias familias nómadas pertenecientes a otras etnias. De hecho nuestros caballos nos los alquiló una familia darkhad que, literalmente, nos «secuestraron» para agasajamos con las ofrendas que la proverbial hospitalidad mongola obsequia al extranjero: airag, queso y demás lácteos hechos con leche de yak, vodka, tabaco de esnifar, etc. Y de su mano pudimos conocer algunas tradiciones y costumbres rituales ancestrales. 

En realidad ellos fueron los que me pusieron en la pista de una familia tsatan que, al parecer, se había acercado al lago para disfrutar de los mejores pastos para sus renos en el corto verano. Al llegar el cambio de estación retornarían a las lejanas montañas. Así tuvimos mucha suerte de encontrar aquella familia tsatan en el lago. Y más suerte aún de que la madre de familia fuese una mujer chamán. 

Cuando atisbamos entre la densa arboleda el característico tipi tsatan, tan diferente de los gers tradicionales, y la nutrida manada de renos, mi entusiasmo era indescriptible. Se trataba de una familia tsatan completa compuesta por el matrimonio de Enkhe y su esposa, la chamana Dúzhi Ragchá, sus dos hijas (una de ellas con visibles indicios de deficiencia mental), el hermano de la chamana y asistente suyo en los rituales Nasanhuyan, y la madre de ambos, que también asistía a su hija en los rituales más importantes. 

La primera impresión al ver el tipi, la fogata y aquella familia con sus largos cabellos y sus ojos rasgados fue la de estar ante una familia apache, comanche o arapahoe. Desde esta perspectiva no resulta difícil dar la razón al etnólogo francés Paul Rivet, para quien la población indígena americana es el resultado de determinado número de migraciones que se realizaron por el estrecho de Bering y a través del océano Pacífico de expedicionarios mongoles y esquimales hace doce mil años. Esta teoría antropológica resultará importante más adelante. 

Pero mi gozo se volvió decepción cuando la chamana se negó a mostrarnos sus facultades y a contarnos sus vivencias chamánicas. La proverbial hospitalidad nómada no incluía que unos extranjeros profanasen sus creencias sagradas. Afortunadamente, tras una larga discusión, el general y los conductores consiguieron convencerla de nuestro absoluto respeto e interés sincero y profundo por conocer su religión. 

El caso es que al final abandonamos el campamento tsatan autorizados a regresar un par de días después para presenciar un ritual que se celebraría «para alguien que venía desde muy lejos...» (?). 





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