LOS BRUJOS NYAU Y LA RESURRECIÓN DE LOS MUERTOS


Los brujos, como los nómadas del Sáhara, tienen mucho tiempo libre para observar la naturaleza, sin duda la mejor facultad de ciencias del mundo. Para ver cómo los pájaros huyen antes de un terremoto, cómo los insectos se resguardan antes de la tormenta, cómo las plantas crecen mejor sobre los cadáveres enterrados, etc. Y en algún momento de la historia algún hechicero debió observar cómo, tras la picadura de una serpiente venenosa, la víctima, hombre o animal, se frotó accidentalmente sobre una mezcla de plantas o raíces, que supusieron un antídoto contra el veneno. Después descubrió que quemando esas plantas y/o raíces sus propiedades no desaparecían, pero eran más fáciles de manipular e incluso, convertidas en cenizas, podían penetrar en el organismo a través de los poros de la piel... 

Ésta es la forma más simple para explicar ese conocimiento, que otros prefieren atribuir a dioses instructores llegados de las estrellas. En el siglo XIV un fraile franciscano inglés, Guillermo de Occam, sugirió que, ante un dilema, la explicación más sencilla suele ser la correcta. En eso consiste la navaja de Occam. Y como el franciscano, mientras nada sugiera lo contrario, yo prefiero quedarme con la hipótesis más sencilla, que suele ser la correcta. De todas formas, eso tampoco afecta a mi argumentación sobre, por ejemplo, los brujos africanos que «resucitan» a los muertos. 

Si revisamos las crónicas de viajeros, exploradores y misioneros encontraremos descripciones de todo tipo de supuestos «milagros» atribuidos a estos personajes. Quizá uno de los más extraordinarios es el siguiente. Imaginemos una familia nativa. El padre (aunque la más de las veces es la madre) ha acudido a la plantación de mandioca para trabajar la tierra. Sin quererlo se ha tropezado con el nido de una terrible serpiente, la mamba negra, quizá la serpiente más venenosa que existe. La mamba, ante la agresión del humano, se defiende y ataca al invasor de su territorio. Al sentir el mordisco, el campesino sabe que le espera una muerte segura y huye despavorido hacia su casa. El veneno ya está en su sangre y avanza inexorable hacia el corazón. Le quedan pocos instantes de vida. Llega a la choza al borde de la inconsciencia. Su familia intenta ayudarlo, pero no hay nada que hacer y el hombre deja de moverse y de respirar, en los brazos de su esposa e hijos. Desesperados, acuden al brujo de la tribu. El hechicero, solemnemente, pero sin malgastar ni un segundo, comienza un extraño ritual, incomprensible para el profano. 

Entre letanías y cánticos pronunciados en alguna lengua antigua, que jamás faltan en estos rituales, cava rápidamente una «fosa» en el suelo igual a la estatura de la víctima. Después quema leña en el agujero y luego lo cubre con ciertas hojas medicinales. Una vez quemada la leña pone aparte las brasas y coloca a la persona, ya aparentemente muerta, dentro del agujero, cubriéndola con más hojas medicinales y depositando de nuevo las brasas sobre esas nuevas hojas. De pronto se produce el milagro. Entre violentas arcadas el «muerto» se revuelve en la insólita tumba y regresa de la «muerte». Para la tribu, y quizá hasta para él mismo, el médico tradicional había «resucitado» a un cadáver. 

La explicación llegó años después de que los primeros misioneros y exploradores describiesen el milagro. Cuando los químicos pudieron acceder a muestras de veneno de la mamba negra descubrieron que su efecto mortal no es inmediato. Antes de producirse la parada cardiorrespiratoria se produce una ralentización del ritmo cardíaco y respiratorio hasta niveles casi indetectables. Es una catalepsia que dura aproximadamente una hora y que precede a la muerte real. Sin la ayuda del sofisticado instrumental de los laboratorios occidentales, sólo con la experiencia de siglos y mucha observación, el «médico tradicional» había descubierto una espectacular técnica para recuperar del coma a la víctima de la terrible serpiente. Sin embargo, ningún brujo africano revelará el secreto. Ninguno desvelará que su magia se limita a un conocimiento maravilloso de la farmacopea de la selva. Ninguno descubrirá que no hay nada de sobrenatural en ese falso milagro. Para los hechiceros es mucho más conveniente que sus paisanos crean que posee un poder sobrenatural, capaz incluso de resucitar a los muertos. Los bokors vudús haitianos tuvieron buenos maestros... 

Los hechiceros africanos no resucitan a los muertos. Al menos yo opino que es mucho más razonable suponer que utilizan sus extraordinarios conocimientos químicos para mantener la aureola de superstición y de temor que les rodea. Esa es la única forma de que funcione la otra «magia». Su otro «secreto». Si sus seguidores descubriesen que cualquier médico blanco, cualquier químico o cualquier experto en venenos podría «resucitar» a los muertos con la misma eficiencia, el brujo perdería una de sus mayores fuentes de poder: el miedo. 

Cuando en África un hechicero desea maldecir a una persona, infringirle un «mal de gentes», lo que aquí llamamos un «mal de ojo», sólo necesita realizar un fetiche que represente a su víctima y —esto es lo más importante— hacerle saber que el ritual contra él se ha llevado a cabo. Colocará el fetiche a la vista de la víctima, marcará la casa del «hechizado» con los restos de un animal, dibujos hechos con sangre, etc. Cuanto más aparatoso y espectacular sea, mejor. Da igual como lo haga, lo importante es que la víctima sepa que el hechicero le ha lanzado la maldición. El terror, el pánico, la aureola de misterio que rodea al brujo y la fe en el poder sobrenatural de la «magia» harán el resto. 

La sugestión de la mente humana es capaz de obrar auténticos milagros. Tanto en un santuario mariano en Lourdes, como en lo más profundo de la selva africana. De hecho, la Iglesia católica ha aprendido, mejor que nadie, a utilizar el poder de la fe. Ignoro hasta qué punto los informes y las crónicas remitidos por los misioneros que evangelizaron la India, África o América pudieron inspirar a sus «fabricantes de milagros», pero hoy sé que muchos de los supuestos prodigios y reliquias milagrosas venerados en el cristianismo tienen tanto de sobrenatural como los resucitados por la picadura de la mamba negra en África. El origen del prodigio es el mismo, y no es Dios. Pero debo insistir en que esa aplicación de la sugestión, esas triquiñuelas de los brujos para rodearse de una aureola sobrenatural, no desmerecen en absoluto sus grandes conocimientos científicos. 

En la vecina Zambia, por ejemplo, existe un árbol que al ser cortado expulsa una corrosiva savia que, de alcanzar un ojo humano, produce un terrible dolor y daña gravemente la retina. El brujo, sin perder tiempo, trae ante la víctima una mujer en periodo de lactancia. Con descarada audacia presiona el pecho de la mujer y extrae un poco de leche de sus senos, que inmediatamente aplica al ojo del herido. Éste calmará su dolor y se recuperará rápidamente. Sin duda debemos admirarnos de esos conocimientos, dejando de lado el entramado de creencias sobrenaturales en que nos los presente el hechicero. Porque sólo así podemos aprender y beneficiamos de los conocimientos químicos y científicos de una cultura que nació en el valle de Rift al mismo tiempo que la raza humana, y que por tanto nos lleva miles de años de adelanto. 




Leave a Reply

COMPARTE EN TUS REDES SOCIALES

Entrada destacada

EL SECRETO DE LOS DIOSES

Hace ya varios años que un grupo de investigadores soviéticos presentaron esta teoría en un congreso mundial de arte rupestre celebrado...

ACCEDE GRATUITAMENTE A LOS CONTENIDOS DE EOC

ACCEDE GRATUITAMENTE A LOS CONTENIDOS DE EOC
¡DESCARGA TU REVISTA EN PDF GRATIS!