LA ESCRITURA DE LOS DIOSES


Probablemente si los primeros misioneros jesuitas, dominicos y franciscanos, entre otros, que contemplaron los prodigios «sobrenaturales» de los babas conociesen los recursos mágicos de Basava Premanand se habrían ahorrado la angustia teológica de ver aquellos signum Dei en manos de unos paganos que ni siquiera habían recibido los sacramentos. Claro que entonces podrían empezar a pensar que quizá nuestros propios místicos podían ser tan cuestionados como los hindúes. 

Lo cierto es que durante los días siguientes al festival Teej el viajero puede encontrar todavía por las calles de la capital rajastaní a algunos de esos santones y místicos que acuden a la ciudad durante el festival para conseguir adeptos o donativos. Y sin duda algunos de ellos tan sólo están allí para homenajear a los dioses. No sería justo generalizar. Pero además de los swamis y sannyasis y de por supuesto los astrólogos más famosos de la India, hay muchas más cosas que ver en Jaipur. 

Es imprescindible visitar la gran Ciudad Rosa, con su singular minarete, testigo del suicidio de su constructor, Iswari, hijo del astrólogo-astrónomo Jai Singh, y de lo que es peor, del asesinato de sus veintiuna esposas y concubinas que, siguiendo la tradición hindú, fueron obligadas a inmolarse en la pira funeraria del rey. 

Es recomendable visitar también el palacio de los Vientos, la fortaleza de Nahargarth y por supuesto el fuerte Amber, al que accedemos a lomos de elefantes subiendo por la ladera de la montaña, mientras el río se va haciendo cada vez más pequeño a nuestros pies. El bamboleo incesante de los elefantes que suben al Amber me recordaba a los camellos que me subieron al Sinaí. El revoltijo de estómago es más o menos el mismo. Pero merece la pena. 

Los amantes de la tecnología en el pasado encontrarán en esta fortaleza uno de los sistemas de aire acondicionado más ingeniosos de la historia. Un elaborado complejo de cámaras de aire y corrientes de agua, distribuido por todo el palacio, que mantienen una temperatura agradable incluso en los meses más calurosos. Y por supuesto, nadie atribuye a los dioses extraterrestres este invento. 

Pero antes de abandonar Jaipur hay que visitar el Museo de Indología. En dicho museo, más accesible que el Museo Central de Jaipur, podemos encontrar interesantes objetos de arte tradicional, reliquias arqueológicas, fósiles, antiguos manuscritos y hasta un grano de arroz en el que se pintó un mapa entero de la India. Pero lo que más me interesó es que en ese museo encontré una nueva pista del misterio que había dejado pendiente en Qutb Minar. 

Ignoraba que el famoso pilar «inoxidable» de Delhi había protagonizado sendas series filatélicas emitidas en 1949 y 1987. Y allí volvía a encontrármelo. Erecto. Desafiante. Provocador. Como retándome, desde los catálogos filatélicos, a que descifrase su misterio. Aunque el sello no aportaba pista alguna sobre el quién, cuándo y porqué de su construcción. Pero la escritura que aparecía en su superficie sí. Tras consultar a los anticuarios del museo y la bibliografía filológica pertinente, no tardé en averiguar que aquellas seis lineas de texto escrito sobre el pilar de Delhi, y un par de ellas prácticamente invisibles en la parte inferior, estaban redactadas en brahmi, un sistema de escritura silábico con un lapso de uso que va desde el siglo V a.C. hasta el V d.C., lo que permite hacer una datación del pilar mucho más razonable que los cuatro mil años de antigüedad que le atribuían algunos entusiastas de la AAS.

Según los lingüistas y filólogos indios, casi todas las escrituras indias contemporáneas, a excepción de las importadas por el islam, están, de una u otra manera, modeladas sobre el brahmi, incluso las del sur que sirven a lenguas pertenecientes a una familia completamente distinta, como es la dravídica. El brahmi es el antecesor de las escrituras septentrionales de la India, como el devanagari (que se usa para escribir sánscrito, hindi, nepalí y marathi), el bengalí (usado para el bengalí y el assamés), el sinhala (usado para la lengua sinhala de Sri Lanka), así como del tibetano y muchos sistemas del sudeste asiático, como el birmano, el siamés (thai), laosiano y jmer. 

Igualmente, el brahmi es el antecesor de los sistemas dravídicos de escritura como son el kannada, el telugu, el malayalam y el tamil. Esta escritura apareció en la India hacia el siglo V a.C., pero igual que sucedió con el griego, también tenía muchas variantes locales, lo cual indica que sus orígenes hay que retrasarlos todavía más en el tiempo. De hecho podríamos hablar de varios tipos de escritura brahmi, dependiendo del lugar y la época: el tipo maurya (siglo III a.C.); el dravidi o kalinga (siglo II a.C.); el sunga (siglo I a.C.); el kushana (siglo I a.C. al I d.C.); y el tipo kshatrapa (siglo II d.C. en adelante). 

Es importante decir también que el sentido de la escritura brahmi era al principio de derecha a izquierda, pero en el siglo III a.C. cambia al sentido contrario. Y la escritura del pilar «inoxidable» de Delhi está redactada de izquierda a derecha... 

No me considero ningún Holmes de la arqueología al exponer que sólo este simple dato revela que el pilar de Delhi, en el mejor de los casos, no podría ser anterior al siglo III a.C. Por lo tanto parece evidente que de cuatro mil años de antigüedad, nada. Pero quién lo construyó, cómo, cuándo y por qué eran cuestiones que aún permanecían sin resolver en mi lista de misterios pendientes. Así que recogí las maletas y continué el viaje hacia oriente. 

La carretera de Jaipur a Agra es razonablemente buena. Pese a algunas paradas para fotografiar paisajes y ruinas arqueológicas, cubrí esa distancia en cinco horas y quince minutos según las notas de mi diario. Al fin estaba en la ciudad donde se conserva el mayor monumento al amor del mundo. 





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