CRIATURAS ¿SOBRENATURALES? EN MALAWI




Un vídeo, por sí mismo, no es una prueba admisible en un tribunal de justicia. Debe ir acompañado de otras evidencias. Pero en el caso de África la navaja de Occam se convierte en una curva cimitarra sarracena, ya que para ellos la explicación más sencilla siempre será la explicación mágica. En Africa todos los brujos tienen poderes sobrenaturales mientras no se demuestre lo contrario. Para los nativos, el mapa de la realidad es sustancialmente diferente del nuestro. Ellos viven en un mundo poblado de espíritus y criaturas sobrenaturales que pueden manifestarse de las formas más diversas. Sólo en un lugar como éste podemos encontrar noticias tan insólitas como las siguientes, publicadas en la prensa oficial:


Continúan con la persecución de «vampiros» en Malawi BLANTYRE, Malawi. 

El pasado miércoles cientos de indignados ciudadanos acosaron al gobernador de Blantyre, terminando por apedrearlo acusándolo de dar albergue a vampiros. Eric Chiwaya, miembro del partido en el gobierno, el Frente Democrático Unido, ha sido la última víctima del curioso rumor de que el gobierno del país se dedica a coludir con los vampiros para conseguir sangre y facilitársela a las agencias internacionales. Durante la agresión la muchedumbre coreaba el término «vampiro» mientras le infligían severas heridas en la cara y el cuerpo, aunque no consiguieron matarlo. El político explicó, ya en el hospital, que conocía personalmente a algunos de los asaltantes y volvió a acusar a la oposición de promover tan irracional campaña.

Nueve días después surgía otro titular no menos llamativo:

Sigue el asunto de los vampiros en Malawi BLANTYRE, Malawi. Un periodista de la radio fue arrestado el domingo por entrevistar a un hombre que manifestó haber sido atacado por un vampiro, dentro de la campaña del gobierno para erradicar los rumores sobre vampiros. 

Maganizo Mazeze, que trabaja en una emisora de radio comunitaria de Blantyre, fue acusado de difundir falsas noticias que pueden causar alarma social. El presidente Bakili Muluzi ha ordenado el arresto de todos aquellos que colaboren en la difusión de rumores sobre ciudadanos atacados con nocturnidad por vampiros, historia que circula en este estado africano desde octubre pasado. El entrevistado vive en el distrito sureño de Thyolo. Por su parte, el investigador Paul Chifisi reconoció que «como policía, nosotros no tenemos evidencia alguna de que tengamos chupadores de sangre en el país», añadiendo que «nadie ha venido con evidencias médicas, físicas o de cualquier otra clase». 

¿Absurdo? Nadie lo duda. O al menos yo no lo dudo, después de haber fotografiado al «monstruo blanco del río Lambwe» personalmente. 

Blantyre está a trescientos once kilómetros de Lilongwe, pero en esas pistas los kilómetros parecen multiplicar su longitud. Es una de las grandes ciudades del país. De hecho, yo sugiero a los viajeros que aprovechen esta visita para comprar libros, mapas, etc. Con un poco de suerte incluso encontrará volúmenes y objetos de la época colonial a buen precio. Muy cerca, en Zomba, existe un estupendo mercado de artesanía donde adquirir souvenirs y recuerdos africanos por una cantidad razonable de kwachas y un inquietante cementerio. Y más al suroeste, el Parque Nacional Lengwe, otro lugar de obligada visita para el viajero. 

Naturalmente, siempre que tenía oportunidad, en toda aldea o poblado que visitaba intentaba interrogar, a veces hasta por señas, a los indígenas sobre sus leyendas y creencias tradicionales. Y al igual que había hecho en el Sáhara con las manifestaciones de los yinnas, me interesaba cualquier fenómeno anómalo que los nativos pudiesen interpretar como parte de su cosmogonía mágica. Y así me encontré con el «monstruo blanco» del río. 

Según me describían aquella extraña criatura, era una bestia de gran tamaño, que por los dibujos me recordaba un rinoceronte o un elefante pequeño, provista de unas enormes fauces que podían partir una canoa o devorar a un niño pequeño de un solo mordisco. Mi imaginación hizo el resto. Cuando un occidental recoge testimonios similares, no puede evitar que su formación cultural, sus propias creencias y prejuicios moldeen el relato del testigo, o pueda adulterarlo involuntariamente al transmitirlo a terceros. Por eso siempre me ha entusiasmado la cita del ficticio director del CSI televisivo, Gil Grissom: «Los testigos mienten, las pruebas no». 

Tal y como adelanté en mi libro La ciencia frente al misterio, decidí remontar el río con la esperanza de poder avistar y fotografiar al «monstruo blanco». En alguna de las aldeas visitadas nos habían asegurado que sólo con un poco de suerte y paciencia podríamos encontrárnoslo en la orilla del río. Supuse que podría tratarse de algún tipo de mamífero que, como tantos, se acerca a la orilla del río a determinadas horas para beber. Así que pensé que podía valer la pena intentarlo y, en el peor de los casos, podría fotografiar una buena variedad de fauna y flora en torno al río. 

Después de cruzar kilómetros y kilómetros entre serpientes, cocodrilos y demás fauna salvaje, también nosotros comenzamos a considerar aquellos fantásticos relatos de los indígenas como un producto de la imaginación popular. No había rastro de voraces monstruos blancos por ningún lado. Por fin, tras horas de travesía que se hacían interminables, decidimos regresar al punto de partida. Una lagartija, inesperado polizón en nuestra barcaza, nos miraba perezosa desde la cubierta, como riéndose de nuestra ingenua credulidad. La fotografié pensando que sería el animal más extraño que podría cazar mi cámara en aquella incursión por el río, mientras el patrón viraba para poner proa hacia el sur y comenzar el retorno. 

Apenas habían transcurrido unos minutos cuando un espantoso bramido a escasos metros de la barca me hizo caer al húmedo suelo de la barcaza del susto. Instintivamente dirigí la cámara hacia la fuente de aquel terrible rugido, pero no pude apretar el disparador antes de que dos enormes ojos redondos desapareciesen bajo las aguas. Apagamos los motores de la lancha y permanecimos en sepulcral silencio unos minutos. Minutos que aproveché para sacar el magnetófono de mi mochila, dispuestos a grabar de nuevo aquel bramido si llegaba a producirse. Y vaya si se produjo. Poco a poco, a unos escasos metros de la barcaza, comenzaron a asomar de las aguas pares de ojos redondos flanqueados por divertidas orejas oscuras. 

Eran hipopótamos. Una manada de hipopótamos que rodeaban la embarcación. Con graves bramidos parecían saludarnos, o quizá advertirnos. Y doy fe de que aquellas gigantescas bestias no tienen mucho que ver con los bonachones «hipos» de los dibujos infantiles. Las fauces de un hipopótamo africano son una de las armas más peligrosas de la naturaleza, capaz de triturar y machacar la carne y los huesos de sus víctimas sin piedad. Y hasta una pequeña canoa de madera.

Pero, pese a su inquietante escolta, al fin lo vimos. En medio de la manada, como si de un ser de leyenda se tratase, surgió de las aguas un hipopótamo distinto. Parecía un poco más grande que los demás, pero lo que realmente lo diferenciaba de todos los otros hipopótamos es que era totalmente blanco. Se trataba de un hipopótamo albino. Una anomalía genética que había creado una leyenda. 

Ante mis cámaras se encontraba el origen de aquellos relatos que habíamos escuchado en algunos poblados. No se trataba de un mito, ni de un rumor, pero tampoco de una criatura sobrenatural. Los indígenas habían descrito, sorteando las limitaciones del lenguaje, exactamente lo que habían visto: un animal de enormes fauces absolutamente blanco. 

Una caprichosa mutación genética había marcado la diferencia entre aquel hipopótamo y sus demás congéneres, creando un mito que, de no haber confirmado personalmente, para nosotros seguiría siendo un «cuento de niños». Y muy al contrario, era la fiel descripción de un fenómeno absolutamente real y natural. Como tantos otros en África. Posteriormente tendría la oportunidad de encontrarme en otros poblados africanos con mutaciones genéticas similares, esta vez en seres humanos. Seres humanos que, diferentes a causa de esas mutaciones, eran marginados por su comunidad. No ha de extrañarnos que, ante el nacimiento de una niña albina en una aldea indígena que no ha tenido contacto con los occidentales de tez blanca, la imaginación y la superstición busquen explicaciones sobrenaturales a tan incomprensible fenómeno. De hecho, en algunas tribus del Calabar y Congo los albinos eran las víctimas predilectas para los sacrificios humanos a los dioses. 

En todos mis viajes suelo reservar algunos carretes para fotografiar a los niños. De hecho he realizado muchas exposiciones fotográficas sobre los niños del Tercer Mundo en diferentes ciudades españolas. Y en cada viaje, siempre hay uno o dos niños que se te cuelan especialmente en el corazón. Polizones en el alma que no sólo quedan inmortalizados por la cámara. Chiwondi sin duda fue uno de ellos. La otra fue aquella niña albina, cuyo nombre no pude averiguar, y que tenía el cuerpo cubierto de cicatrices. Si los niños occidentales son crueles por naturaleza, podemos imaginar el infierno que habrá vivido esa pequeña, tan diferente a sus compañeros. En otro tiempo, no tan lejano, sin duda habría sido la candidata perfecta para el holocausto. La mejor ofrenda a los dioses de la superstición. Y en este momento toda la admiración que pueden despertar en nosotros los conocimientos químicos y «mágicos» de los hechiceros se tornan desprecio y frustración por unas creencias supersticiosas que a lo largo de los siglos han generado tanto dolor. Igual que los marabúes musulmanes que operaban las cataratas con una curia de madera y una piedra, o que aplicaban arena del suelo que pisó el Chej sobre las heridas del enfermo. Son la cara y la cruz de una misma realidad social. Paradójica, contradictoria. Como la vida. 

En Malawi, como en toda el África animista, conviven pícaros y sabios. De hecho, con frecuencia, ambos conceptos se reúnen en el mismo personaje. Un brujo animista puede utilizar con la misma tranquilidad el poder de la sugestión, a través de aparatosos rituales o incluso con simples trucos de ilusionismo, que sus conocimientos químicos de la farmacopea natural. Para sanar o para enfermar, para salvar o para condenar a un paciente. Y los «dioses» no tienen nada que ver con esto. De hecho, en el animismo africano no encontré ninguna evidencia irrefutable que me permitiese concluir que tales «dioses» existen más allá del ingenio y la habilidad humanas. 

Como sentenció el filósofo griego Epicuro: «En el caso de que haya dioses, no se ocupan para nada de los hombres». 

Sin embargo, existe un lugar, justo en la frontera del continente negro con el continente amarillo, donde los «dioses» dejaron más evidencias que en ningún otro lugar del mundo. O al menos eso es lo que afirman todos los libros relacionados con los misterios de nuestro pasado. 

¿Qué mejor lugar en el mundo que el Egipto faraónico para encontrar las huellas de los «dioses»? Estaba claro que mi búsqueda debía dirigirse ahora hacia El Cairo. 




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