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ESPÍAS PÍSIQUICOS: 007 Y LA BOLA DE CRISTAL




Hostal La Nava, Madrid 18.13 horas

El sonido del móvil me arrancó de los acogedores brazos de Morfeo con impía violencia. Había conducido toda la noche para poder llegar puntualmente a la cita con el James Bond español y al llegar al hotel caí rendido. El espía sólo me había dicho que una vez en Madrid esperase su llamada. Si todo salía según lo previsto, esa tarde, el ex coronel Juan Alberto Perote, todo un jefe de unidad del Cesid, me presentaría a un agente de la CIA destinado en España, quien me facilitaría algunas informaciones sobre la utilización de los ovnis y lo paranormal como elementos de guerra psicológica. Y, lógicamente, salí disparado hacia la capital. 


Cuando el timbre del teléfono sonó por segunda vez, yo ya me había levantado de la cama de un brinco. 

—¿Manuel? Soy Juan... 

Leí su número en la pantalla del móvil. Perote me estaba telefoneando desde su celular. Me sorprendió su forma de hablar, casi en clave. Sinceramente, daba la impresión de que el ex coronel del Cesid temiese que alguien más estuviese escuchando la conversación ilícitamente. Al menos a mí me dio esa impresión —y me la continuaría dando en ocasiones posteriores—, así que decidí seguir esa línea de conversación. Había notado que los espías agradecían notablemente toda forma de discreción, y yo puedo ser más discreto que nadie.

—¿Te acuerdas del amigo del que te hablé? —me preguntó Perote. 

—¡Claro! He conducido toda la noche para poder conocerlo. 

—Bien. ¿Recuerdas dónde nos vimos por primera vez? 

—¿Cuáando quedamos con tu prima? Sí. 

—Bajando esa calle, a la izquierda, encontrarás una cafetería después de la iglesia. Te esperamos allí... 

Vale, tal vez yo sea un paranoico, pero en nuestra conversación para acordar mi primera cita con el de la CIA ni Perote ni yo habíamos pronunciado un nombre, una calle... Quizá ésa sea la costumbre entre espías, pero a mí tanta precaución no me tranquilizaba. 

Naturalmente, mientras cortaba la llamada ya estaba saliendo de la habitación como alma que lleva el diablo. Decidí dejar mi destartalado coche y tomar un taxi; no podía perder tiempo buscando un lugar donde aparcar en la zona a la que me dirigía, cerca de Moncloa. Confieso, con cierto pudor, que mentí al taxista al decir que a mi mujer se le había adelantado el parto y estaba rompiendo aguas en casa, donde debía llegar lo antes posible... En realidad yo no vivo en Moncloa, ni en Madrid, ni siquiera tengo esposa, pero no podía arriesgarme a que el conductor sintiese la tentación de darme un paseo por la capital, como si fuese un turista despistado. Me aguardaban dos espías y no podía llegar tarde a esa cita. 

Mientras azuzaba al taxista para que hundiese el acelerador bajo el zapato, recordaba cómo había llegado a contactar con Juan Alberto Perote. La verdad es que los caminos del Señor son inescrutables. Todo empezó en 1986, cuando viajé hasta Valladolid para investigar un aterrizaje de un ovni, mi primera investigación sobre un caso de «encuentros en la tercera fase». Se trataba de un avistamiento acontecido el 18 de marzo de 1982 en la granja Pinarillo, cerca de Simancas, a 8 kilómetros de Valladolid. Al final de la tarde varios testigos habían observado una luces extrañas en los cielos vallisoletanos y a las 21.3o horas, según sus relatos, una de esas luces había descendido del cielo para posarse a pocos metros de la vivienda de Carmen Pellón y Antonio García. Carmen, la testigo principal, me describió con todo lujo de detalles las características del objeto, un artefacto anaranjado con forma de «cigarro puro», que desprendía una luz plateada que iluminaba todo a su alrededor y estaba rodeado por «ventanillas» de color naranja intenso. 


Según los cálculos de la testigo, la longitud del ovni era de unos sesenta a ochenta metros y su altura de tres —ésta la calculó al comparar el objeto con un cobertizo y una presa cercanos—. 

Carmen entró en la casa para avisar a su compañero, que se encontraba preparando una oposición, y que no había podido escuchar los gritos de su compañera desde el exterior porque llevaba auriculares. Cuando Antonio salió, el objeto ya había alzado el vuelo y sólo lo pudo ver un instante, antes de que desapareciese en el firmamento. Pero la aventura no había concluido aún. Hacia la medianoche los perros comenzaron a ladrar frenéticamente y las gallinas a mostrarse agitadas, como había ocurrido con la primera aparición del ovni; una vez más las extrañas luces surcaron el cielo de Simancas en dirección a Valladolid. 

De nuevo Antonio y Carmen presenciaron el fenómeno y además observaron algo mucho más extraño. A poca distancia de su vivienda se movía «una especie de animal o robot», que avanzaba al ritmo de unos extraños «pitidos», que ambos escucharon con toda nitidez. La «criatura» se movía y se paraba siguiendo el sonido de aquellos «pitidos», hasta desaparecer entre la vegetación. Su perro, Chicho, no dejaba de aullar y ladrar en aquella dirección, lo que no ayudaba a tranquilizar a la pareja, que decidió guarecerse en la casa hasta la mañana siguiente. Ya de día, envalentonados por la luz del sol, exploraron la zona en la que habían observado a la «criatura» y descubrieron unas misteriosas huellas de 12 cm de ancho por 25 de largo, que amablemente dibujaron en mi cuaderno de campo... 

Mientras el taxi dejaba atrás la calle de Alcalá y afrontaba el diabólico tráfico de la Gran Vía acaricié el dibujo de aquella huella en mi cuaderno. No existe forma humana de saber si lo que vieron Carmen y Antonio aquella noche tenía o no una sencilla explicación racional. La verdad es que ni siguiera existe forma humana de saber si realmente vieron algo. Pero lo cierto es que aquella investigación me ayudaría, más de diez años después, a acercarme al coronel Perote. Y es que, hacia 1997, volví a coincidir con Calmen y Antonio, que en ese momento vivían en Pontevedra. La providencia quiso que me encontrase con la pareja mientras me dirigía al campo de tiro en el que me había «colado» en busca de contactos con policías y funcionarios del Cesid que entrenaban en esas instalaciones. 

Al igual que mis investigaciones en torno a los avistamientos de ovnis protagonizados por pilotos, controladores y radaristas me llevaron a «infiltrarme» en un grupo de paracaidistas ocho años antes, mi búsqueda de contactos con funcionarios del Cesid me llevó a ingresar en campos de tiro, que sabía que eran frecuentados por espías y policías amantes de las balas, como el de Ponte Bora, donde compartí mostrador de tiro y cargadores con ellos durante meses. Cuando Carmen y Antonio me preguntaron si me gustaban las armas mentí. Sabía que Carmen tenía militares en su familia y pensé que tal vez podría ayudarme a contactar con algún mando que me facilitase información sobre los «expedientes secretos», y vive Dios que lo hizo. Como diría Anatole France: «La casualidad es quizá el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar.» «Pues igual coincides en el campo de tiro con alguno de mis primos, porque llevan muchos años en el ejército y alguno está destinado aquí. Precisamente, uno de ellos, Beto, estuvo estos días en La Coruña, aunque ahora está muy liado con los juicios por lo de los papeles del Cesid...» 

Se me heló la sangre en la venas. Carmen se estaba refiriendo al coronel Juan Alberto Perote, que en esos instantes acaparaba las portadas de la prensa nacional, acusado de haber sustraído microfichas de informes y expedientes secretos del Cesid. Y entonces caí en la cuenta de que el primer apellido de Carmen era ciertamente el segundo apellido de Perote: Pellón.

Los contactos que hice en los campos de tiro, mientras vaciaba los cargadores y despedazaba las dianas sin conseguir un maldito blanco, me sirvieron para localizar a dos de los tres hermanos de Perote (Francisco Javier, Curro, y Miguel Ángel) y para conocer, por otro lado, a funcionarios tanto del Cesid como de otros servicios. Y aunque esa experiencia me hizo acumular anécdotas extraordinarias, como compartir mostrador de tiro con una exuberante agente australiana que espiaba a importantes industriales españoles o contribuir humildemente en una operación contra la banda ETA, todavía tardaría más de ocho meses en entrar en el domicilio particular de Perote en Madrid.

Desde aquel primer contacto en el domicilio de Perote, me había reunido con el 007 español en más de una docena de ocasiones y había conseguido ganar su confianza hasta el punto de que accediese a presentarme a miembros de otros servicios secretos con los que aún mantiene contacto. Supongo que le agradó que hubiésemos compartido algunas experiencias intensas, como el paracaidismo. O quizá simplemente sentía curiosidad por ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar aquel tozudo gallego, empeñado en encontrar una esquiva y ansiada verdad. El caso es que decidió facilitarme algunas pistas sobre los «expedientes secretos». 

Pero todo eso había ocurrido tiempo atrás, ahora estaba dejando la plaza de España mientras insistía al taxista en que apretase el acelerador sin piedad; mi primer hijo estaba a punto de nacer... Increíblemente, crucé Madrid en 34 minutos. Perote me había llamado exactamente a las 18.13 horas y yo me apeaba del taxi, frente a la cafetería indicada, a las 18.47 horas. El local estaba cerrado.

Al otro lado de la calle, en la acera contraria, vi al ex coronel en pie, junto a un tipo de aspecto absolutamente normal. Aparentaba unos treinta y cinco años. Tenía el pelo castaño claro y espeso, cara redondeada, con mentón y pómulos prominentes, cejas espesas y nariz achatada. Pesaba unos ochenta kilos y medía entre un metro setenta y metro setenta y cinco. Vestía un anorak azul y pantalón claro, zapatos náuticos marrones y gorra oscura marca Lee.

Me encaminé hacia ambos y Perote, José —así dijo llamarse—y yo charlamos durante unos minutos mientras esperábamos a que se abriese la cafetería. En esos minutos el tipo de la CIA me dejó asombrado; reconocía mi voz de escuchar el programa «Mundo Misterioso», que yo dirigía en Radio Voz. Cruzamos la calle y justo antes de entrar en el local ocurrió algo que me intranquilizó profundamente. El de la CIA se detuvo un instante y le dijo a Perote literalmente: «Voy a decirle a ése que ya no pinta nada ahí.»

A continuación se giró, cruzó de nuevo y se dirigió hasta la esquina, donde un tipo con aspecto de pordiosero pedía limosna en el cruce. Desde la distancia no pude verlo bien. Sólo observé que el tal José se le acercaba, le decía algo al oído e inmediatamente el «tercer hombre» se dio media vuelta, se quitó el raído abrigo de mendigo y se marchó. Mientras se alejaba comencé a inquietarme; si todo esto no era una broma y me estaba enfrentando a un auténtico operativo de espías, ¿hasta dónde me iba a llevar esa aventura? Creo que sólo me relajé cuando me senté ante una taza de café y pude iniciar la batería de preguntas al agente de la CIA... 

Dos horas después de haber sido presentados por Perote, el de la CIA empezó a mirar el reloj con insistencia y supe que se había terminado mi tiempo. Entonces me percaté de que, durante toda la tarde y a pesar de hacer una buena temperatura en el local, José en ningún momento se había quitado el anorak azul. Ni siquiera se lo había abierto. Eso es lo que suele ocurrir cuando un agente o un policía de paisano oculta su arma bajo la ropa. Lo sé por experiencia.

Tras despedirnos me las apañé para seguir a José hasta su coche, un Jeep azul marino cuya matrícula memoricé. En ese instante no podía imaginar que ese todoterreno estaba preparado con cámaras de vídeo ocultas, sistemas informáticos altamente sofisticados y todo tipo de instrumentos técnicos necesarios para el espionaje... Todavía habría de pasar casi un año hasta que yo pudiese entrar en ese coche...

Pero ahora me aguardaban otras gestiones. Según Perote y el de la CIA no sólo los cubanos utilizaban psíquicos. Ambos espías afirmaban que tanto la CIA como la policía habían utilizado a videntes y sensitivos en investigaciones criminales y en operaciones de inteligencia yanqui. Y, según aseguraban, eso también había ocurrido en España. Ahora yo debía obtener pruebas de esas increíbles historias. Así que regresé al hotel para organizar mi estrategia. Tenía que conseguir una entrevista con uno de los magistrados mas famosos del Tribunal Supremo. Tres semanas de gestiones telefónicas y la entrevista se consumó... 

Fragmento extraído de "Los Expedientes Secretos"
Autor: Manuel Carballal.
Editorial Planeta. 2001



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