PERÚ: LOS CRÁNEOS TREPANADOS



Desde Pisco sólo hora y media de carretera nos separaba de otro de los enigmas arqueológicos más importantes de Perú. O al menos por tal se le tiene dentro de los circuitos internacionales del misterio. Dicen que nadie es profeta en su tierra, y quizá por eso las llamadas «piedras» de Ica no han conseguido despertar la atención de la comunidad arqueológica peruana. Sin embargo, en 1974 Robert Charroux publicó la historia de estas piedras en El enigma de los Andes. Dániken las conoció ahí y les dedicó un capítulo en La respuesta de los dioses, en 1977.


Sin embargo, antes de él Juan José Benítez publicó Existió otra humanidad (Plaza y Janés, 1975), su primer libro, dedicado íntegramente a las piedras de Ica. Durante muchos años me tuve que contentar con saborear el misterio de Ica a través de los reportajes, los documentales o los libros realizados por otros divulgadores. Pensar en que, sólo unos minutos después, iba a tener en mis propias manos aquellas incógnitas hechas piedra me ponía los pelos de punta. Creo que cualquier joven amante del misterio me comprenderá. Llevaba toda la vida esperando para ver con mis propios ojos aquel supuesto legado de los dioses, donde se relataba otra historia de la humanidad muy diferente a la relatada en la Biblia.

Pero la Providencia decidió que si había esperado tantos años, podía esperar un día más. La ciudad de Ica, capital de la provincia, tiene fama por sus cacos y carteristas. Sin llegar al atraco con violencia, es muy fácil que cualquier despiste del viajero sea aprovechado por los ladronzuelos locales, así que ojo avizor. Incluso en un lugar tan céntrico como la mismísima plaza de Armas de Tea no estás a salvo de un pequeño hurto. Y hacia ahí nos dirigíamos, exactamente al número 170 de la calle Bolívar. Aunque demasiado tarde.

Oficialmente el Museo Javier Cabrera, donde se custodian las piedras, cierra sus puertas de 13.00 a 16.00, y nosotros tardamos un poco en localizar su ubicación. No llegamos hasta las 13.15. Así que, para aprovechar el tiempo, decidimos visitar antes el Museo Regional de Ica, que tiene horario ininterrumpido y no cierra al mediodía. Y claro, se nos pasó la tarde.


El Regional no es un museo de gran continente, pero sí de grandes contenidos. Merece su tiempo. Y si te descuidas, como nosotros, corres el riesgo de que se pasen las horas, embriagado por las reflexiones que provocarán en cualquier intelecto inquieto: las colecciones de piezas de la cultura de Paracas, los nazca o los incas; las momias, en excelente estado de conservación, que poco tienen que envidiar a las egipcias; los grandes tejidos y telas, que tendrán un protagonismo importante a la hora de intentar descifrar ciertos misterios peruanos; las cabezas reducidas con técnicas «quirúrgicas» similares a las utilizadas por los jíbaros; y también los cráneos deformados, que por un momento te hacen pensar que estás antes los descendientes del faraón rebelde Amenofis IV. Y en la parte de atrás del museo, en un gran patio exterior, una réplica a escala de la cada vez más cercana llanura de Nazca, con sus fantásticas lineas.

Desde el mirador elevado del museo se pueden contemplar a placer las réplicas de los misteriosos dibujos de Nazca, y es una excelente preparación para el momento en que tuviese que enfrentarme a los reales, a bordo de una frágil avioneta, un par de días después.

Pero reconozco que, entre todas las maravillas del Museo Regional de Ica, lo que más me fascinó, lo que me hizo pegar la nariz a las vitrinas de los expositores durante horas, lo que me hundió en profundas reflexiones y meditaciones, fueron sus cráneos trepanados: la enésima prueba de los conocimientos y la pericia de los «cirujanos» moches.

La historia de los cráneos trepanados, como los que se conservan en el Museo Regional de Ica, se inicia en 1863, cuando el aventurero y explorador norteamericano Squier descubrió en Perú un cráneo que mostraba sobre el ojo izquierdo un orificio cuadrangular perfecto. El llamado «cráneo de Squier» fue el primero, pero lo siguieron los hallazgos de otros muchos cráneos trepanados por las culturas precolombinas. Las trepanaciones varían mucho de una cultura a otra, incluso a pesar de la cercanía geográfica y temporal. Lo fantástico es que, según demuestran las cicatrizaciones en los bordes de esas mutilaciones de trozos de cráneo, muchos de los pacientes sobrevivían a la intervención.

El análisis comparativo entre las trepanaciones efectuadas por los pueblos del centro de los Andes y los de Paracas o Cuzco, por ejemplo, refleja notables diferencias en cuanto a técnica y éxitos de las operaciones. Pero en todos los casos me parece un ejemplo excelente de que nuestros antiguos no eran los primitivos y pazguatos indígenas inútiles que nos presentan algunos autores.

Como apunta el antropólogo Angel Martínez Bermejo, «las trepanaciones en el área central de los Andes se caracterizan por la escisión rectilínea y la incisión simple o corte fusiforme del cráneo, sin evitar los grandes senos venosos de la cabeza, con la consiguiente hemorragia». Con gran brusquedad hacían un agujero en el cráneo y avanzaban haciendo cortes periféricos y arrancando trozos de hueso a base de hacer palanca con primitivos punzones y cinceles. Una auténtica carnicería.

Las trepanaciones cuadriláteras, como la del cráneo de Squier, son mucho más toscas y primitivas que las trepanaciones ovales o «en corona» del sur de los Andes, efectuadas como barrenos múltiples, a base de instrumentos puntiagudos usados con movimientos rotatorios. De hecho los especialistas han catalogado cinco tipos de trepanaciones en relación a su forma y técnica. A saber:

—Cuadriláteras: la trepanación se efectúa a base de incisiones rectilíneas que se cortan en ángulos de noventa grados.

—Poligonales: es una variante de la anterior, originada por la multiplicación de las incisiones rectilíneas que se cruzan en ángulos más obtusos.

—En corona de ebanista: numerosos agujeros redondos, alineados para circunscribir un área circular.

—Oval o circular: agujeros de tamaño variable en el cráneo, aparentemente obtenidos a base de un raspado continuo del borde del hueso, dejando normalmente un borde biselado.

—Incisiones óseas variadas: no consideradas auténticas trepanaciones por algunos autores, son incisiones que generalmente se limitan a la tabla externa del hueso, sin perforar totalmente el cráneo.

Los instrumentos utilizados para tan sorprendentes y arriesgadas operaciones quirúrgicas eran simples cinceles, espátulas, palancas y cuchillos de obsidiana utilizados con un movimiento de vaivén, a manera de primitivas sierras de cirujano.

Y la anestesia: únicamente la intoxicación alcohólica.

En cuanto a la asepsia —inexistente— y a la imprescindible sutura no existen referencias. Por lo tanto, que un paciente sobreviviese a una trepanación resulta casi milagroso. Y sin embargo sobrevivían.

Existen cráneos trepanados con cortes angulosos, secos, no cicatrizados, lo que indica que el paciente no superó la operación, o bien que ésta fue realizada sobre un cadáver. Esto probablemente demuestra el carácter curioso y experimental de los antiguos, que realizaban experimentos médicos sobre cuerpos muertos antes de ejercitar la técnica con los vivos. Pero existe un elevado porcentaje de cráneos trepanados con bordes redondeados y cicatrizados, e incluso se conserva alguna momia paleoperuana trepanada que todavía tenía el cuero cabelludo, que continuó creciendo mucho tiempo después de la intervención quirúrgica.

Cómo sobrevivían los pacientes de esos toscos cirujanos preincaicos es difícil de entender. Pero si ya es complejo e increíble el quién y el cómo de las trepanaciones, más enigmático resulta el por qué. No existen evidencias de que las trepanaciones, al igual que otras amputaciones de miembros, cumpliesen una función médica. Para algunos autores sólo podía tratarse de ritos mágicos o castigos penales. Algo similar a la deformación de cráneos, una práctica en común que tenían los pueblos del sur del Pacífico con los egipcios de Akenatón, y que también conserva numerosos ejemplos en el museo de Ica.

Según nuestra concepción de la historia, los conocimientos médicos de los indios eran parcos. Además, los pueblos andinos, como casi todas las culturas primitivas, creían que las facultades sensitivas e intelectuales estaban localizadas en el corazón. Como Aristóteles, que supuso que la conciencia estaba en el corazón y no en la cabeza, al ver cómo el cuerpo recién decapitado de una gallina continuaba corriendo sin cabeza, todas las culturas antiguas ubicaban la esencia vital en el corazón y no en el cerebro. ¿Por qué entonces operar en la cabeza?

La asociación del cerebro con el intelecto y los sentimientos es un descubrimiento científico muy posterior, ¿o no? Por insólito que parezca, todavía hoy, en el siglo XXI, existen personas que consideran la trepanación como una forma de potenciar sus capacidades psíquicas, y continúan realizándose trepanaciones en países tan desarrollados como Inglaterra, Francia o Estados Unidos. De hecho se habla de un movimiento internacional por la trepanación, uno de cuyos pilares fundamentales, sin duda, es el excéntrico médico Bart Hughes. En realidad Bart Hughes nunca llegó a ejercer la medicina. Es muy importante resaltar esto.

Sin embargo, en 1965, por su cuenta y riesgo, cogió un taladro eléctrico, un escalpelo y una jeringa hipodérmica con un poco de anestesia local. Después se aplicó el taladro en el cráneo y se perforó la cabeza, extrayéndose un fragmento de hueso. La operación duró cuarenta y cinco minutos. De esta forma pretendía concluir una búsqueda iniciada años atrás experimentando con LSD, marihuana y otras sustancias psicotrópicas, en pos de un estado de conciencia alterada permanente. ¿Absurdo? No seré yo quien lo discuta.

Aun así Hughes no es el único. Tras la publicación de su insólita historia, otros trepanados de todo el mundo se pusieron en contacto con él. Esas personas, como quizá los antiguos pobladores de Perú, creen que es posible liberar la conciencia si se crea un orificio al exterior en el cráneo. Y, personalmente, no creo que haya tantas diferencias entre esta absurda pretensión y las historias que publicaba el ficticio Lobsang Rampa a finales de los 50, cuando aseguraba que para abrir el tercer ojo, los lamas budistas se clavaban una cuña de madera en el entrecejo.

El hecho de que culturas como la de Paracas, que demuestran conocimientos técnicos en su arquitectura, astronomía y demás disciplinas, presenten trepanaciones más sofisticadas que las de sus vecinos de más al norte sólo parece venir a apoyar la tesis de que esos pueblos poseían mayores conocimientos técnicos globales de lo que hasta ahora sospechamos. Y por méritos propios. 







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