LAS IMPONENTES ESCULTURAS DE GWALIOR



Mi consejo al viajero es que una vez en Agra deje la visita al Taj Mahal, si consigue controlar la tentación, para el final. Porque al lado de este monumento único, el mausoleo de gran emperador mongol Akbar, la fortaleza de Agra o el pequeño Taj (tumba del caballero persa Mirza Ghiyas Beg, de espectaculares detalles arquitectónicos también) palidecen totalmente. 


Para seguir el viaje opté por dejar momentáneamente las carreteras indias y conocer uno de sus reclamos turísticos más elegantes: el Palace on Wheels. Este tren legendario llevaba antiguamente los vagones de los marajás, y los colonos ingleses también hicieron buen uso de él. Aunque poco queda ya de la tradicional flema británica en los trenes indios, merece la pena la experiencia. 

En realidad el Palace on Wheels, último tren de lujo de la época, ofrece un trayecto de ocho días que parte de Delhi y pasa por ciudades como Jaipur o Agra. Su leyenda es sólo comparable a la del mítico Transiberiano, que conocería poco después al llegar a las regiones centroasiáticas en mi búsqueda de los dioses. 

Por supuesto no pensaba tirarme una semana en tren sólo para saborear la leyenda colonial. En realidad simplemente quería llegar hasta mi siguiente etapa, la ciudad de Gwalior, y pensé en comprobar si los trenes indios son tan interesantes para observar a la gente como los egipcios, que también he experimentado alguna vez. Respuesta afirmativa. Hay algo especial en el run-run del tren que ayuda a pensar y que invita a la observación. Así que partí de la estación de Agra con destino a Gwalior a las 8.28, ocupando la plaza 26 del vagón de primera clase. E invertí el viaje en revisar mis notas, leer alguno de los libros que había adquirido en las librerías del museo de Jaipur, y sobre todo en pensar. 


Gwalior es una ciudad de leyenda. Literalmente. Porque leyendas es lo que más abunda en su historia. De hecho, dice la tradición que Gwalior se fundó cuando el soberano Suraj Sen, enfermo de lepra, se encontró con el swami Gwalipa y fue curado milagrosamente por éste utilizando el agua milagrosa del lago Suraj, que todavía se conserva en la fortaleza de Gwalior. Una fortaleza, por cierto, que ha sido testigo de innumerables conspiraciones e intrigas a lo largo de la historia. Pero mi objetivo no estaba en Gwalior, sino más en el interior. Aunque uno no puede abandonar la ciudad por carretera sin detenerse unos minutos en las estatuas jainistas del barranco de Gwalior. 

Esos colosos esculpidos en la roca llegan, en algún caso, hasta los diecisiete metros de altura. Y como ocurrió con las grandes estatuas de Buda destruidas por los talibanes ante las cámaras de la prensa internacional en Afganistán, las esculturas de Gwalior también han sufrido las agresiones de catres y saboteadores como las tropas musulmanas de Babur, que en 1527 las castraron. Incluso así, esas titánicas obras de arte, pulidas en la pared del acantilado con la misma pericia empleada por los nabateos en Petra (Jordania), merece la atención de nuestras cámaras. 

Por suerte o por desgracia, la AAS nunca llegó hasta esta remota región, o de lo contrario es probable que también atribuyesen las estatuas jainistas de Gwalior a manos no humanas, o a tecnologías de otros mundos. Yo no creo que los jainistas sean extraterrestres, pero sí son terrestres extra, porque ninguna religión del mundo iguala el respeto a toda forma de vida que tienen ellos, aunque a veces rayen incluso el absurdo. 

En Gwalior abandoné el tren y continué por carretera hacia el sudeste de la región. Dejaría atrás Sonagir, Jhansi, Dhubela y también Chatarpur, visitando en el camino cosas interesantísimas que podrían por sí mismas haber justificado cualquier viaje hasta esos lugares. Aunque la osadía de abandonar la seguridad que da el tren por la independencia que implica la carretera tiene un precio. Y ése fue un retraso horroroso en mi viaje. Pinchamos primero una rueda... y a los quince minutos pinchamos también la de repuesto. Así que tendría que esperar ayuda. Afortunadamente los nativos de Madhya Pradesh son tan amables con los viajeros como los del oasis de Bahariya, y no tendría mayor problema que el retraso. Evidentemente, no llegué a tiempo de cenar. 

Situada a cincuenta y cinco kilómetros al sur de Mahoba, a cuarenta y cinco al este de Chatarpur y al noroeste de Palma, Khajuraho es una ciudad de ocho mil habitantes, accesible por carreteras o por el ferrocarril central, aunque también existe un aeropuerto que recibe un servicio diario desde Delhi, Agra y Benarés. Y hasta allí peregrinan diariamente cientos de turistas atraídos por las famosas escenas sexuales que ofrecen los templos de su complejo religioso. En realidad, en la India existen diferentes tratados sobre el sexo y la sexualidad mística como el Rati Rahsya o el Ananga Ranga. Pero, sin duda, de todos ellos, el más famoso mundialmente es el Kama Sutra, un compendio del arte erótico escrito por el sabio Mallanaga Vatsyayana en el siglo III d.C. para la nobleza hindú. 


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