INDIA, TRESCIENTOS MILLONES DE DIOSES


Delhi es la capital cosmopolita de un país que tiene bomba atómica y carrera espacial propia, donde el legado europeo de la ex colonia británica ha dejado una huella indeleble. Abundan los restaurantes de lujo, las delegaciones multinacionales y los grandes cines donde se estrenan los últimos éxitos de Bollywood, el Hollywood indio, que aprovisiona de cine asiático a todo el continente. Grandes hoteles para ejecutivos internacionales, prestigiosas pasarelas de moda de alta costura y en los hogares que pueden permitirse un televisor, la última edición de Fame Gurukul, la versión asiática del programa Operación Triunfo. Está claro que no somos tan distintos.

El problema de buscar a los dioses en la India es que hay demasiada India y demasiados dioses. Hasta trescientos treinta millones de divinidades, desperdigados por sus más de tres millones doscientos mil kilómetros cuadrados de extensión. Delhi es un lugar tan bueno como otro cualquiera para empezar a conocer la orgía teológica del país.

Mi primer contacto con ellos fue la Gran Mezquita de la vieja Delhi, un colosal recinto religioso que no tiene nada que envidiar a ninguna catedral europea. Construido entre 1644 y 1658, esta nueva extravagancia de Sha Yahan tiene un patio central con capacidad para veinticinco mil devotos que son llamados a la oración desde sus dos imponentes minaretes, de cuarenta metros de altura.

Cuatro sólidas torres dan a la mezquita un aspecto de fortín poco tranquilizador pese al imponente acabado de sus salas, puertas y fachadas, sobriamente labradas. La arenisca roja y el mármol blanco de la construcción tientan a la cámara fotográfica, pero mi objetivo se dejó seducir mucho más por los rostros de cientos, quizá miles de musulmanes indios que se agolpaban en todas las esquinas.

Hombres, mujeres y niños, de todas las edades. Unos vestidos con trajes occidentales, otros con túnicas y turbantes. El gran patio central de la mezquita de Jama Masjid es un hervidero de vida. Y una de las primeras cosas que llama la atención del profano es ver cómo miles de personas rodean la piscina del patio para lavarse indistintamente manos, pies y boca. Pensé en la cantidad de microbios que Grissom podría encontrar en esa piscina central, y en lo sorprendente que resultaba que nadie pareciese sufrir ninguna infección. Ingenuo de mí. Tendría que esperar a visitar los ghats de Benarés para ver ese inexplicable «milagro» en toda su dimensión.

A manera de anécdota, sin mayor pretensión, recuerdo cómo eran aquellos musulmanes, los que se acercaban a mí para pedirme hacerse una foto conmigo. Esto es algo que sorprende al viajero, acostumbrado a pedir a los nativos permiso para robarles una foto. En Delhi primero, y en otras partes de la India después, me ocurrió al revés. Allí nosotros somos el trofeo a cobrar por las cámaras de los indios. Y eso es bueno porque te permite entablar una conversación e intercambiar sonrisas con la mayor naturalidad. 

Como en todos los recintos sagrados, sólo se requiere un poco de respeto y una ropa apropiada (incluyendo descalzarse para pisar el suelo sagrado). Hecho esto, podemos recorrer toda la mezquita sin mayor problema y admirar, desde la parte más alta de la misma, una excelente vista de la vieja Delhi presidida, cómo no, por el gran Fuerte Rojo.

Raj Chat, el Fuerte Rojo a orillas del río Yamuna, es el lugar donde fue incinerado el Mahatma Gandhi, aunque su memorial se encuentra en otro lugar. El hindú Gandhi, como el cristiano Martin Luther King, demostró que la palabra es más fuerte que las armas. Que es posible vencer a la violencia con el diálogo. Que un hombrecillo pequeño y menudo como un suspiro tiene más fuerza y poder que todo el Ejército de su Graciosa Majestad. Gandhi demostró, empíricamente, que la fuerza de la razón puede vencer a la razón de la fuerza.

Y cerca de la Gran Mezquita y del Fuerte Rojo, la vieja Delhi ofrece al viajero mil destinos posibles, como por ejemplo el santuario del santo sufí Nizam al-Din Chishti; el templo de Bahá'u'llah, único fundador de una religión del que conservamos sus escritos originales, o la Casa-Museo del Tíbet, con una interesante colección de objetos portados por el Dalai Lama en su éxodo tras la invasión de China. 





Leave a Reply

COMPARTE EN TUS REDES SOCIALES

Entrada destacada

EL SECRETO DE LOS DIOSES

Hace ya varios años que un grupo de investigadores soviéticos presentaron esta teoría en un congreso mundial de arte rupestre celebrado...

ACCEDE GRATUITAMENTE A LOS CONTENIDOS DE EOC

ACCEDE GRATUITAMENTE A LOS CONTENIDOS DE EOC
¡DESCARGA TU REVISTA EN PDF GRATIS!