EL DOCTOR LIVINGSTONE, SUPONGO...


Lilongwe, como muchas capitales africanas, es una ciudad de extensas plazas y avenidas. No tienen problemas de espacio, así que crecen a lo ancho, no a lo alto. En ella tienen su base de operaciones numerosas misiones cristianas, tanto católicas como protestantes, que desarrollan proyectos humanitarios en la zona. Carmelitas, hermanas blancas, teresianas, etc., encabezadas (por cierto) por la hermana Mercedes Serrano Rouco, sobrina de monseñor Rouco Varela, comparten su lucha feroz contra el hambre, el sida o la malaria, con ONGs como Manos Unidas, Yamba, Wawitai, Solidaridad con Malawi o Ayuda en Acción. Y fue precisamente Colin Andrews, director de Ayuda en Acción en Malawi, el que asestó el primer mazazo a mi conciencia europea con un comentario demoledor.

Nos encontrábamos en una cafetería del centro de Lilongwe, entre Presidential Way, Youth Drive y Kenyatta Road, muy cerca del jardín botánico. Disfrutaba de una enorme cerveza fría en la terraza del bar, por la que pagaría tres kwachas y medio (menos de un par de dólares de entonces), mientras interrogaba al responsable de esta ONG sobre la colaboración que los brujos y médicos tradicionales prestan a algunos de sus proyectos y sobre el coste de los mismos. Curiosamente, kwacha, la moneda local, significa «amanecer» en chewa. De pronto, Colin, sonriendo, señaló a mi cerveza y me soltó a quemarropa:

—Por ponerte un ejemplo, con lo que cuesta esa cerveza que te estás tomando se puede escolarizar a un niño durante un año... No volví a beber cerveza en aquel viaje. Sin embargo, a partir de mi experiencia en aquel país, intentaría compensar a mi conciencia por todas las cervezas que había consumido antes.

La culpabilidad es una fuerza extraña y poderosa. Supongo que, de alguna manera, esa culpabilidad que atenaza a quienes piensan que no han hecho todo lo que podrían hacer por sus semejantes es el motor que movió a muchos misioneros, convertidos en aventureros y exploradores, a adentrarse por aquellas mismas selvas hace más de un siglo. Sin duda, el más famoso de todos fue el doctor Livingstone.

El doctor David Livingstone nació en la población escocesa de Blantyre (no confundir con la ciudad homónima de Malawi) en 1813. Cursó los estudios de medicina y teología, al tiempo que trabajaba en una fábrica para costeárselos. En 1840 ingresó en la Sociedad de las Misiones de Londres, con la esperanza de ser médico misionero en China, pero Robert Moffat, su futuro suegro y la personalidad más influyente en dicha sociedad, cambió el objetivo de sus ilusiones de Asia a África, y se lo llevó a la misión protestante de Lattakoo, en el río Kuruman. Allí conocería a Mary, hija de Moffat, nacida allí mismo, en Suráfrica, y quien sería su esposa y compañera de aventuras durante veinte años.

Livingstone llegó en un momento álgido en la historia de las misiones. Católicos y protestantes pujaban por «convertir» Suráfrica a su respectiva «religión verdadera», y decidió huir hacia el norte, para buscar lo que llamaba la «autopista de Dios»: una nueva ruta hacia el interior del continente negro, aún inexplorado, para llevar el evangelio a todos los nativos.

Su primera incursión le llevó hasta Botswana, a cuatrocientos kilómetros al noroeste de Kuruman, donde contactó y convirtió al cristianismo a Sechele, jefe de los kwena. A partir de ese instante fue imparable. Después de dedicar seis meses a aprender el idioma y la cultura tribal, se adentró en el desierto del Kalahari y descubrió el lago Ngami, pero ése tampoco era el «mar interior» que Livingstone buscaba. No obstante, aquellos primeros viajes y sobre todo aquellos contactos íntimos, amables, afectivos del misionero con los indígenas sirvieron para mentalizarle de lo vergonzoso de una realidad social: el tráfico de esclavos. Y el doctor se convirtió en uno de los principales luchadores contra ese vergonzoso negocio.

En 1851, y en una nueva expedición, contactó con el gran jefe del norte, Sebetwane, de los makolo, una de las tribus zulúes que durante la gran revuelta de Chaka se había trasladado al río Zambeze. El viejo rey zulú quedó muy impresionado con el doctor Livingstone, tanto por su fe inquebrantable como por haberse embarcado en una cruzada africana tan arriesgada, llevando consigo a su esposa, Mary, y a sus tres hijos: Robert (de cuatro años), Agnes (de tres) y Tom, apenas un bebé. Ante esto, al misionero se le permitió continuar su expedición hasta llegar al curso superior del Zambeze, que tampoco constaba aún en ningún mapa. «Abriré un camino hacia el interior o pereceré... Iré pese a quien pese, porque es la voluntad de nuestro Señor», escribió Livingstone antes de embarcarse en una nueva expedición que pretendía encontrar un cauce fluvial, o un mar interior, que permitiese salvar la barrera natural del desierto del Kalahari hacia la evangelización del interior de África: la «autopista de Dios».

Para entonces ya se había convertido en una celebridad en Inglaterra. Toda la sociedad británica seguía con entusiasmo sus descubrimientos geográficos. Una influencia que el doctor Livinsgtone supo aprovechar para denunciar las crueles matanzas que estaban generando en África los traficantes de esclavos. Desde el Zambeze embarcó hacia las cataratas de Kebrabasa, pero éstas eran irremontables. Lo intentó por un afluente del Zambeze, pero una vez más encontró su paso cerrado. A doscientos cincuenta kilómetros se topó con rápidos imposibles de navegar que bautizó como «cataratas de Murchison». Así que siguió a pie. Y así fue como descubrió el altiplano de Shire y el lago Malawi, hacia el que yo estaba a punto de dirigirme.

Muchos años después partiría en una nueva y última expedición, desde el lago Malawi hasta los lagos Bangweulu y Tanganika. Allí, uno de sus porteadores huyó con el botiquín de Livingstone, lo que supuso una circunstancia fatal cuando el doctor contrajo unas graves fiebres en medio de la selva. Aun así consiguió llegar hasta Zambia, donde su cadáver sería descubierto una mañana por uno de sus ayudantes. Su corazón fue enterrado en suelo africano y su cadáver enviado a Gran Bretaña, donde recibiría sepultura y honores. En su tumba grabaron un epitafio extraído de una carta que envió al New York Herald durante su último viaje y que sintetizaba su lucha contra el tráfico de esclavos:

«Todo lo que puedo añadir desde mi aislamiento es: que el cielo bendiga abundantemente a cualquiera, americano, británico o turco, que ayude a curar esta sangrante herida de la humanidad». 

Esto es lo más importante, a mi juicio, de la obra misionera de Livingstone. Creyentes y agnósticos debemos a este hombre un avance colosal en la mentalización de los británicos primero, y de los europeos después, contra la vergonzosa trata de esclavos. Amén del conocimiento de muchas zonas de África antes de él inexploradas.

Los mapas que pude examinar en la Biblioteca Diocesana de Túnez de la mano del padre Donaire presentaban el África de antes y las nuevas Áfricas que fueron dibujándose después de Livinsgtone en los tratados de cartografía, a medida que nuevos misioneros, aventureros y exploradores siguieron los pasos del tenaz médico y religioso. Muchos de ellos continúan ahora haciendo su trabajo en Malawi. 





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