ARCO IRIS: EL ARCO DEL PACTO



Me alojé en el hotel Capital, un lugar razonable en cuanto a calidad y precio, y sin duda el más lujoso de los lechos donde dormiría durante mi estancia en el país. Durante un par de días aproveché para conocer Lilongwe, hacer algunas compras y contactar con los misioneros y otros personajes que esperaba visitar en este viaje. En mi lista de misterios pendientes había uno especialmente perturbador. Un enigma que ha sido recurrentemente incluido en cientos de libros y artículos sobre la supuesta presencia de «dioses» tecnológicamente avanzados en el pasado.

Me encontraba a apenas un par de horas de la frontera con Zambia donde, en 1921, se descubrieron los restos de la víctima de un presunto homicidio por arma de fuego. Nada diferenciaría este presunto crimen de otros que llegan diariamente a los laboratorios de criminalistica del mundo entero de no ser porque la escena del crimen había sido ligeramente alterada por el paso del tiempo. De hecho, desde el presunto homicidio quizá había transcurrido... un millón de años.

Varios trabajadores de una mina en Broken Hill (Zambia) extraían zinc cuando se toparon con una galería obstruida que desembocaba en una caverna. La gruta estaba llena de restos humanos y tenía todo el aspecto de un enterramiento prehistórico. Los mineros no eran criminalistas ni pertenecían al CSI; tampoco eran arqueólogos, ni siquiera anticuarios, así que no tuvieron demasiado cuidado al recoger los huesos. De hecho, pocos llegaron en buen estado al Museo Británico de Londres, pero entre los que terminaron en manos de los paleontólogos destacaba un cráneo de frente huidiza, grandes arcos superciliares y una estructura facial muy brutal y primitiva, de tipo netamente neanderthaloide.

Pese a que no se pudo establecer una estratigrafía precisa, la antigüedad de los restos óseos parecía evidente. Los paleontólogos situaron al «hombre de Broken Hill» en la estirpe filogenética humana y le llamaron «neanderthal africano». Estudiando el cráneo detectaron algo anómalo: aquel humanoide, que había vivido quizá hacía un millón de años, había sufrido una enfermedad dental. Pero lo verdaderamente curioso es que a ambos lados del cráneo presentaba dos orificios circulares y de igual diámetro, que dejaron perplejos a los expertos.

A juicio del profesor Mair, de Berlín, parecían los orificios de entrada y salida de un impacto de bala. Pero ¿quién disparaba balas en la antigüedad? Encontré una bibliografía interesantísima en las librerías de Lilongwe. Ensayos sobre antropología, religión animista, exploraciones africanas, etc.; por supuesto, todo en inglés o francés. Pero nada relacionado con el cráneo de Broken Hill. Lo que sí encontré —y me parece una anécdota deliciosa— fue un pequeño librito sobre extraterrestres, en cuya portada aparecía un platillo volante tripulado por dos extraterrestres de raza negra. Y me pareció un detalle extraordinario. Si en Europa o América el cine y la televisión nos presentan unos extraterrestres altos, rubios y de aspecto nórdico, ¿por qué en África esos mismos extraterrestres no van a ser negros, de pelo lacio y nariz achatada? Está claro que Freud tenía razón. Somos los hombres los que creamos a los dioses a nuestra imagen y semejanza.

Por fin salí hacia el lago Malawi, uno de los grandes lagos africanos. La forma más rápida de llegar al lago desde la capital es la carretera de Salima. Ciento tres kilómetros de pistas de tierra batida hasta dicha población, y luego unos treinta más hasta la orilla del lago. El viajero que recorra esas pistas dejará a ambos lados diferentes iglesias cristianas y mezquitas islámicas que llamarán su atención. En esta región de África, como en casi todo el continente, los cristianos y los musulmanes han intentado obtener el mayor número de conversiones posibles y se reparten, en mayor o menor porcentaje dependiendo del país, la conversión «legal» de los nativos, a pesar de que todos mantienen en sus genes las tradiciones antiguas.

Según las estadísticas del gobierno, en Malawi un 55 por ciento de la población está adscrita a alguna comunidad protestante, un 20 por ciento a alguna misión católica y otro 20 por ciento a alguna mezquita islámica. Sin embargo, sospecho que el 100 por ciento compatibilizan sus creencias y supersticiones ancestrales con esas «nuevas» religiones que les llegaron de Europa o de La Meca. Y en este viaje tendría oportunidad de comprobarlo una y otra vez.

Una vez en las costas del gran lago, el hotel Livingstonia Beach, en honor al célebre misionero y aventurero, es un buen lugar para retomar fuerzas. Además dispone de un camping para las economías más austeras. Advierto que las tiendas de campaña, al menos las que yo conocí, no eran excesivamente higiénicas. 

Medioambientalmente hablando, el lago Malawi tiene un enorme interés científico. Está considerado como una de las maravillas naturales del mundo. Con sus setecientos metros de profundidad máxima, es uno de los lagos más profundos y más antiguos del planeta. Cinco millones de años de antigüedad. Quién sabe cuántos homínidos de la cadena evolutiva bebieron en sus aguas. Y aún hoy tiene una colección de especies biológicas única en el planeta. Está situado en latitudes tropicales, cuyo papel climático no está totalmente comprendido pero que sirven de motor térmico de la atmósfera. Merece la pena tumbarse en una de sus orillas y admirar este auténtico mar interior africano. No es difícil encontrar a grupos de niños jugando, bañándose en sus orillas. No están acostumbrados al turismo de Kenia o Suráfrica, así que no te atosigarán pidiéndote limosna. Al contrario. Los más pequeños rompían a llorar al ver mi piel blanca. Aún no estaban acostumbrados a los pocos occidentales, cooperantes o misioneros fundamentalmente, que se dejan caer por ese rincón perdido del mundo. 

En algunos puntos del lago, por un puñado de dólares, es factible alquilar una barcaza y dar un paseo por aquellas aguas prehistóricas, sintiéndote un poco el doctor Livingstone en busca de la «autopista de Dios». 

Desgraciadamente, tarde o temprano, deberás volver a puerto. Y al abandonar la lancha y pisar tierra volverás a toparte de bruces con la cruda y despiadada realidad que te espera pacientemente. Mi próxima escala estaba en Dowa, una de las zonas más castigadas por las hambrunas contra las que luchan desesperadamente varias misiones cristianas. Como el St. Mary's Rehabilitation Center, dirigido por la asturiana sor Mercedes Abesú, y que acoge a ciento cincuenta niños huérfanos internos, junto con otros cuatrocientos más que viven con sus familiares más cercanos bajo los cuidados y la supervisión de las religiosas misioneras de María Mediadora. O el hospital de Nambuma, fundado por misioneras de Nuestra Señora de África, en 1948. Desde 1954 son las teresianas malawitas las que llevan el proyecto, encabezadas actualmente por la hermana Modesta Chilembwe. Las teresianas de Nambuma llevan años intentando exorcizar a tres de los peores demonios que asolan África: el hambre, el sida y la malaria. 

En Dowa me encontraría otra de las claves fundamentales de mi búsqueda. Una pista que tampoco supe comprender, en toda su trascendencia, en ese momento. Necesitaba todavía superar mil aventuras y completar una vuelta al mundo para comprender aquel indicio del secreto de los dioses. 

A sesenta y siete kilómetros de Salima y a cincuenta y tres de Lilongwe se encuentra el albergue de Cruz Roja Internacional en Dowa. Allí, el carné que me acreditaba como miembro de la organización en España me abrió muchas puertas. Tom, un enano risueño y simpático, era el encargado del mantenimiento del albergue, y enseguida hicimos buenas migas. Tom me invitaba a escuchar los insoportables discursos del presidente de la nación a través de la radio, y también me enseñó a jugar al bau, un juego de mesa muy conocido en toda África, que consiste en mover las piezas en un tablero de madera, con treinta y cuatro agujeros, y robando las piedras de la segunda fila del contrincante hasta dejarlo sin ninguna pieza. Naturalmente, el puñetero me ganaba siempre. 

El pequeño Tom pertenecía a la etnia shona, una de las muchas existentes en Malawi y en toda el África central. Los shona se creen descendientes de la cultura conocida como «Gran Zimbabwe», que en el siglo vil erigió una civilización desconcertante en plena selva. Sus majestuosas construcciones y los vestigios arqueológicos que nos han legado han hecho que algunos autores comparen a los arquitectos del «Gran Zimbabwe» con los enigmáticos constructores de Machu Picchu, la Gran Pirámide o los moai de la isla de Pascua. Aunque en realidad los shona son una pluralidad de etnias, unificadas a partir del siglo XIX, por la complejidad de sus respectivos lenguajes: el zeseru, el manyika, el nadu, el kirekore o el kananga. 

En Malawi, como en cualquier país africano, existen cientos de dialectos diferentes. Pero el idioma oficial es el chewa o chichewa. Así que intenté estudiar algunas palabras en la lengua local, porque sabía que el mayor problema que han tenido arqueólogos, antropólogos, etnólogos y demás investigadores es que muchos conceptos europeos no tienen equivalente ni traducción en la lengua nativa, lo que hace que a veces sea especialmente complicado interrogar a los testigos. Sobre todo en cuestiones tan lingüísticamente complejas como lo sobrenatural o místico. 

Aprendí a decir «Hola», Mony, y «¿Cómo estás?»: ¿Muli wanji? Y a responder «Estoy bien, muchas gracias»: Nidili wino, sicomo wan viri. Aprendí a pedir las cosas «por favor»: chondi; especialmente el agua: madchi, tan importante para el viajero. Y así, en mi cuaderno de viaje, iba anotando, fonéticamente, todas las palabras que podía aprender del pequeño Tom. «Sí»: Inde; «No»: Iyayi; «Hombre»: Ababo; «Mujer»: Umncashi; «Hermana»: Chemwari; «Hermano»: Achimuini.. . Día tras día. Palabra tras palabra. Después lo intenté con frases cortas, como «¿Cómo se llama este pueblo?»: ¿Shinara lamushi indiyani?; o «Queremos conoceros»: Tchichashe naru; o incluso «¿Qué danza bailan?»: ¿Makuonda wruanchi? 

Muchas de esas palabras, que me enseñó el pequeño Tom, eran al mismo tiempo adjetivos, o nombres comunes, y también nombres propios. Por ejemplo, los nombres de algunos niños que nos visitaban cada noche para regalarnos canciones, porque no tenían ninguna otra cosa que obsequiarnos: Cimwemwe («felicidad»), Cikondi («amor»), Cifundo («misericordia»), Mpatso («regalo»), etc. Y por supuesto, y dado mi interés fundamental por las creencias humanas, aprendí algunos de los nombres de los dioses: Mulungu, el gran espíritu; Namalenge, la fuerza creadora; Mphambe, el dios del trueno; y por supuesto el gran Chiuta. 

Chiuta es el «gran arco en los cielos». Es el dios supremo del Tumbuka en Malawi, un dios de gran fuerza y omnisciencia, y en algunas regiones identificado con el dios de la lluvia. Chiuta se convirtió en uno de mis dioses favoritos porque me recordó cuando, en aquellos años dedicados al estudio de la Biblia, las dudas comenzaron a corroer los cimientos de mi fe al descubrir en los textos sagrados evidentes fenómenos de la naturaleza que habían sido divinizados por los antiguos judíos primero y por los paulinos (quise decir cristianos) después. Y el Chiuta africano es uno de los más evidentes. 

Recuerdo que la primera vez que leí en la Biblia: 

«Y añadió Dios: "Ved aquí la señal del pacto que establezco entre mí y vosotros, y cuantos vivien-tes están con vosotros, por generaciones sempiternas: pongo mi arco en las nubes para señal de mi pacto con la tierra, y cuando cubriere yo de nubes la tierra, aparecerá el arco...» (Génesis 9:13-14), supe que aquel arco en el cielo, que aparecía cuando éste se cubría de nubes, no podía ser otra cosa que el arco iris. Y era lógico. Imaginemos por un momento a nuestros antiguos al contemplar cómo, en ciertos momentos, antes o después de una tormenta, un arco multicolor era dibujado en el cielo de forma inexplicable. ¿Cómo podían suponer nuestros antiguos que aquel fenómeno, la refracción de los rayos del sol en las gotas de agua suspendidas en la atmósfera, tenía una sencilla explicación física? 

En esos contextos y en ese momento de la ciencia, es decir, antes de existir como tal, la explicación más lógica, natural y razonable es que aquel fenómeno de la naturaleza, como tantos otros, era de origen divino. Por eso los antiguos judíos consideraron el arco iris como una señal de Yahvé, y por eso los antiguos africanos divinizaron a Chiuta. Y por eso, además, yo me encontraría, en mis viajes por el mundo, otras culturas, tradiciones y religiones antiguas que divinizaron el arco iris, las auroras boreales, los truenos o tantos fenómenos de la naturaleza que, en aquel momento, no podían explicar. 

Si debo ser sincero, no he encontrado mejores formas de definir a Dios. Porque en el fondo Dios es así: escurridizo, imposible de atrapar, como el agua, como el aire, como el fuego. O como el arco iris. No importa los miles de kilómetros que recorramos intentando alcanzarlo, nunca llegamos al final del arco iris Siempre se aleja a medida que intentamos acercarnos a él. Por eso es tan razonable que veamos en esas manifestaciones de la naturaleza a la divinidad. No hay nada vergonzante en ello. Era el primer paso de aquellos hombres y mujeres del pasado para intentar comprender a los dioses. Así nació la ciencia. 

Los shona, además de en los grandes dioses, como Chiuta, creían también en multitud de espíritus, como los vadzimu o los espíritus de los antepasados. Porque, para ellos, el más allá no es un lugar, sino un período de tiempo... Pero yo aún no estaba preparado para comprender esa sorprendente visión del más allá, tan diferente del cristianismo, y tan lógica a la vez. 

Por las noches, en el albergue de Cruz Roja, jugaba al bau con Tom, y algunos niños del poblado se acercaban al albergue para cantarnos. Son documentos entrañables que conservo en mi memoria y en las cintas magnetofónicas que grabé. Pero lo más interesante es que una noche Tom comenzó a fascinarnos con ingeniosos trucos de magia. «Witchcraft» («brujería»), me dijo Tom al oído, después de una serie de juegos de prestidigitación. Todavía no sabía que la magia, ese tipo de magia, era una de las prácticas secretas de los hechiceros africanos... Y de todo el planeta. Tiempo después esa ignorancia casi me cuesta la vida en Haití, la patria del vudú. 





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